Análisis epistemológico del concepto nación; el punto de partida marxista e “indianista-katarista”

taLa década de los 90 y principios del s. XXI, se halla marcada en Bolivia, por la emergencia indígena y por una reactivación del problema nacional1; esta emergencia marca un hito que revela, no sólo lo lejano que está la tendencia a la unificación unidimensional de los pueblos y culturas en torno del modelo cultural de la civilización capitalista imperialista, sino que la vigencia de los Estados nación, es un estadio del desarrollo de la sociedad que aún persiste, porque las condiciones objetivas que han provocado su emergencia aún subsisten.

La Cuestión Nacional tiene que ver, ante todo, con la problemática que rodea al proceso de articulación de una nación. Bolivia, país semicolonial donde un capitalismo tardío, construido sobre bases latifundistas y sometido al sistema capitalista imperialista, expresa de manera paradigmática, las profundas dificultades que conlleva este proceso; no sólo la resurgencia terrateniente o la extensión del minifundio, sino la pervivencia de comunidades indígenas originarias hablan de la “convivencia” de este capitalismo deformado con relaciones socio-económicas pre-capitalistas.

A lo largo de este trabajo nos propusimos dar respuesta a dos interrogantes que constituyen, el eje alrededor del cual ha girado el debate en torno del concepto nación. ¿La articulación nacional se explica a partir de una identidad emergente de una identificación colectiva con una particularidad étnica, racial o cultural?, ¿Cuál es el soporte fundamental de la nación?



Análisis epistemológico del concepto nación; el punto de partida marxista e “indianista-katarista”

Por: Jorge Luís Soza Soruco

“Es un hecho indiscutible, para honra de la humanidad de todos los tiempos, que ni la opresión más inhumana de los intereses materiales puede suscitar una rebelión tan fanática y ardiente, un odio tan grande, como el que engendra la opresión de la vida espiritual: la opresión religiosa y nacional”.

Rosa Luxemburgo, Prefacio a “La Cuestión Polaca y el Movimiento Socialista”, 1905.

La década de los 90 y principios del s. XXI, se halla marcada en Bolivia, por la emergencia indígena y por una reactivación del problema nacional1; esta emergencia marca un hito que revela, no sólo lo lejano que está la tendencia a la unificación unidimensional de los pueblos y culturas en torno del modelo cultural de la civilización capitalista imperialista, sino que la vigencia de los Estados nación, es un estadio del desarrollo de la sociedad que aún persiste, porque las condiciones objetivas que han provocado su emergencia aún subsisten.

La Cuestión Nacional tiene que ver, ante todo, con la problemática que rodea al proceso de articulación de una nación. Bolivia, país semicolonial donde un capitalismo tardío, construido sobre bases latifundistas y sometido al sistema capitalista imperialista, expresa de manera paradigmática, las profundas dificultades que conlleva este proceso; no sólo la resurgencia terrateniente o la extensión del minifundio, sino la pervivencia de comunidades indígenas originarias hablan de la “convivencia” de este capitalismo deformado con relaciones socio-económicas pre-capitalistas.

A lo largo de este trabajo nos propusimos dar respuesta a dos interrogantes que constituyen, el eje alrededor del cual ha girado el debate en torno del concepto nación. ¿La articulación nacional se explica a partir de una identidad emergente de una identificación colectiva con una particularidad étnica, racial o cultural?, ¿Cuál es el soporte fundamental de la nación?

El concepto nación ciertamente está muy ligado a una búsqueda de identidad (étnica, cultural, regional, etc.), sin embargo, está también íntimamente ligado a un proyecto político que constituye en última instancia la consumación de la nación. ¿Qué define este proyecto político?

La nación para Marx no es una realidad abstraída de las circunstancias materiales imperantes en la sociedad. En sentido estricto, la nación es incomprensible al margen de la existencia de las clases sociales y las relaciones establecidas en la economía; la opresión nacional, étnico-cultural y política que sufren los aymarás, quechuas, guaraníes, chiriguanos, etc., no se comprende al margen de esta realidad social dominada, a pesar de sus deformaciones, por el sistema capitalista imperialista, cuyas relaciones (socio-económicas, ideológicas, jurídicas, culturales y políticas) han logrado penetrar a pesar del atraso del país hasta el último rincón del edificio social. Por lo tanto, la cuestión nacional y la cuestión social están indisolublemente ligadas; el problema de la opresión nacional de los pueblos indígenas es inseparable de su explotación económica; el punto de vista que explica esta situación es, en última instancia, la economía. La opresión que sufren las comunidades indígenas (opresión religiosa, cultural, étnica, etc.) y el pequeño campesino parcelario del altiplano o del campesino sin tierra del Oriente y el Chaco es, ante todo un problema socio-económico; el indígena migrante en las ciudades es, no sólo discriminado por ser aymará o quechua por el reaccionario Estado boliviano y sus instituciones excluyentes, sino que es sujeto de explotación.

En gran medida, nuestra investigación se ha guiado por la necesidad de superar un aspecto esencial a esta cuestión que tiene que ver con la dicotomía clase - nación impuesta, no sólo, por algunas organizaciones de izquierda en el pasado, sino por la mayoría de las emergentes corrientes “indianistas”; las mismas que rechazan todo análisis clasista de la realidad social por considerarlo “foráneo”. Tras esta posición está el interés de reducir el Problema Nacional a un colonialismo interno derivado, tan sólo de cuestiones étnico-raciales y culturales, haciendo abstracción de su determinación fundamental (las relaciones económicas emergentes del modo de producción imperante en la sociedad) que explican, en última instancia, no sólo el colonialismo interno dominante en el país, sino el sometimiento del Estado nación boliviano a los centros de poder externo, -principalmente al imperialismo yanqui-.

Las movilizaciones indígenas y populares producidas en el país -los últimos cinco años de lucha anti-neoliberal (2000-2005)-, tienen un origen que rebasa los límites de la identidad étnico-racial y cultural y confluyen con reivindicaciones de carácter social y clasista (lucha por el acceso a tierras productivas y al control del territorio, mejores condiciones de vida, acceso a servicios básicos como salud y educación, expropiación de la tierra a los grandes latifundistas, recuperación, vía expropiación, de los hidrocarburos de manos de los monopolios imperialistas). El problema indígena, más allá de explicarse como un “choque entre culturas” o “conflictos interétnicos” al interior del Estado boliviano, es el problema de la emancipación indígena de la miseria y la explotación económica, es el problema de su liberación de las estructuras semifeudales y de la opresión imperialista; el problema, en última instancia, es socio-económico, es decir, que son las relaciones que se establecen en la economía, el eslabón decisivo que lo determina, sin embargo, los otros elementos que tienen que ver con la Cuestión Nacional, como la opresión cultural, racial, idiomática, religiosa, etc. constituyen también factores que le imponen una fuerza inusitada, los mismos que impulsan la vitalidad emancipativa de estos pueblos; más aún cuando la existencia de la opresión nacional se manifiesta precisamente a través de estos aspectos y con mayor razón, cuando el campo de la reacción colonial interna esta constituido de manera predominante por criollos y extranjeros de origen europeo (penetrados profundamente por la cultura y la visión alienada del mundo capitalista de origen yanqui), a los que se suman fracciones burguesas y pequeño burguesas mestizas, cultural y socialmente asimiladas a la nación criolla dominante. Estos antecedentes reafirman que la Cuestión Nacional en Bolivia no se puede reducir a consideraciones de carácter étnico-racial o cultural, porque, en última instancia el problema es esencialmente socio-económico y político2.

¿Es una supuesta inferioridad de la raza indígena el origen de su opresión, no sólo nacional-cultural, sino económica y social?, ¿La raza explica por sí sola la situación de los pueblos indígenas? De ninguna manera, no se puede hablar de una inferioridad racial de los indígenas, mucho menos la raza o la cultura se explican a si mismas; la raza es un factor económico-social (Engels); la tesis de que el problema indígena es un problema puramente étnico-racial, no es más que una idea reaccionaria que más allá de explicar la raíz del problema lo mistifica. El problema indígena es ante todo socio-económico (Mariátegui); los pueblos indígenas no fueron vencidos por su inferioridad étnica respecto de los conquistadores españoles, sino que fueron vencidos y esclavizados ante todo por la superioridad técnico científica de éstos3, es decir, por el mayor desarrollo de sus fuerzas productivas respecto del alcanzado por los indígenas americanos.

En las circunstancias dominantes en el país (mayoría de población indígena sometida a la explotación), el plantear reivindicaciones raciales al margen de las reivindicaciones económicas es un equívoco; la cuestión racial está involucrada con la cuestión social; la exclusión racial y la opresión indígena obedece a razones de interés económico-social y político; pese a que no existen razas puras, sin embargo, la mayoría de la población del país presenta rasgos predominantemente indígenas y están ligados cultural y nacionalmente a la nacionalidad Aymará, Quechua o Guaraní, lo que no impide que simultáneamente algunos grupos indígenas numerosos se asimilen a la nación criolla dominante.

A partir de su nacimiento en la CSUTCB se comenzó a hablar de la auto-determinación política de las ancestrales “Naciones Originarias”, sin embargo, este objetivo estratégico, uno de los pilares de la movilización de los indígenas en los últimos años del siglo XX, es impensable al margen de la eliminación de las condiciones materiales de vida imperantes, es decir, al margen de la solución del problema agrario que es lo principal; el mismo tiene que ver con el acceso a tierras productivas, la expropiación de la propiedad terrateniente y la propiedad imperialista; además de la eliminación de la lógica mercantil impulsado por el Estado boliviano; el mismo que a pesar de sus limitaciones y gracias al apoyo de ONGs y de organismos transnacionales (BM, CAF, USAID principalmente) no cesa de arremeter contra las comunidades indígenas y, para comprobarlo, basta acercarse a algunas de ellas en el occidente y oriente del país y constatar la subordinación de las relaciones de producción comunales a las relaciones de producción dominantes.

La fragmentación de las comunidades fue el objetivo histórico del Estado boliviano desde la emergencia de la república; la solución liberal del problema agrario basado en la ideología individualista de occidente y el despojo de las tierras comunales, se puso en práctica bajo el Gobierno de Melgarejo y prosiguió posteriormente con la Reforma Agraria del 53, - al sustituir las haciendas en el altiplano y los valles por la pequeña propiedad –, sin embargo, a más de 50 años de reforma agraria el área rural del occidente del país sigue tan miserable y pobre como antes del 52; a estas alturas es innegable el fracaso de la reforma liberal, pues, el hambre de tierras productivas nuevamente recorre los campos del país, reafirmando el carácter económico y social del problema. La reforma agraria, no sólo ha dado lugar a una fragmentación al extremo de la tierra en occidente, sino a la emergencia de una nueva propiedad latifundista, la misma que ha seguido un proceso distinto y se ha consolidado fundamentalmente en el oriente del país, merced al amparo estatal.

A pesar de décadas de ofensiva liberal, las comunidades originarias aún persisten en algunas regiones del país, pese al fuerte flujo migratorio que soportan. Las relaciones impuestas por el capitalismo deformado imperante en el país, desde la emergencia de la República han buscado socavar las bases económico-sociales de la comunidad; la presencia dominante desde el 52 de las relaciones mercantiles en el campo ha provocado efectos negativos en la producción de las unidades familiares campesinas que paulatinamente concluyen integrándose al sistema capitalista al producir mercancías. Sin embargo, a pesar de la presencia de las relaciones de producción e intercambio capitalista, la economía comunitaria se ha dado modos para resistir durante décadas en algunas remotas regiones del país; pese a la reforma liberal existen aún regiones donde la comunidad indígena mantiene algunas determinaciones propias del antiguo ayllu4.
Hoy, las comunidades originarias viven asediadas por las relaciones mercantiles; son numerosos los vínculos que atan a las comunidades indígenas con el sistema de relaciones capitalista: transportistas, maestros, comerciantes de artículos de consumo de primera necesidad, artesanos, medios de información, ONGs, iglesias, sistemas de tenencia de la tierra impuestos por el INRA, etc. etc. constituyen la punta de lanza de la penetración de la lógica productiva y mercantil burguesa en las comunidades. Si antropólogos y sociólogos “indigenistas” siguen viendo comunidades “puras” y relaciones de reciprocidad horizontales, allí donde hay relaciones deformadas que encubren formas encubiertas de origen mercantil es porque existe en estos investigadores un interés oculto que busca crear, un nacionalismo indígena deformado; el mismo puesto que niega el punto de vista de la lucha de clases niega, a su vez, el carácter socio-económico de las luchas nacionales en este país.

A esta realidad vigente en el agro del occidente del país, se suma el resurgimiento neo latifundista, fenómeno que implica la presencia de un gamonalismo5 remozado que, a pesar de la Reforma Agraria liberal no ha sido desterrado de vastas regiones del país (en el Beni, norte de La Paz, el Chaco o en Santa Cruz tiene preeminencia la propiedad terrateniente, en no pocos casos basada en relaciones servidumbrales), el mismo que en términos políticos se revela en el accionar organizado de estas elites que pugnan por imponer su proyecto hegemónico a todo el país, cuyo fin no es otro que ampliar sus privilegios en el Estado y en el control de los recursos naturales; esta situación no hace más que confirmar el carácter deformado de este capitalismo rentista marcado aún por resabios semifeudales. La existencia de cierta modernidad en el agro cruceño no evita este carácter, sólo refuerza la sobre explotación de los indígenas confirmando más bien esta realidad; no en vano el término “casta” aún mantiene vigencia y permite designar una estratificación social basada en criterios socio-raciales que, si bien no alcanza para definir a un grupo social que, en sentido estricto, es una clase social, sin embargo, en algunas regiones de Bolivia permite a su vez distinguir a las clases dominantes (extranjeros de origen europeo y criollos) de los explotados (indígenas y mestizos).

Un aspecto reciente que surge producto de las movilizaciones indígenas es la reivindicación del territorio para las comunidades indígenas originarias; se trata de una reivindicación indesligable del problema de la tierra (medio de producción esencial en el campo; para algunos investigadores del mundo indígena y para los ideólogos del indianismo se trata de una “condición de la producción”) que afecta a cientos de miles de campesinos, esta coincidencia permite unificar no sólo los intereses de las naciones originarias que reivindican el derecho al ejercicio pleno (no sólo jurídico, como se plantea bajo el actual orden de cosas) de la soberanía sobre el territorio (que comprende no sólo la superficie sino el subsuelo, el espacio aéreo y las aguas6); reivindicación revolucionaria que conlleva el control comunitario de los recursos naturales renovables y no renovables.

En el fondo, es el capital (procedente de la economía terrateniente, la extracción de recursos naturales -minerales, gas, petróleo, etc.- y la intermediación subordinado a los monopolios imperialistas) como generador de la división de la sociedad entre ricos y pobres, el que coloca a la inmensa mayoría de los originarios de esta tierra en la base de la pirámide social. La lucha emancipadora desarrollada por los campesinos aymarás, quechuas, guaraníes etc. en estos últimos años constituye un momento de la lucha a muerte que se desarrolla entre el capitalismo, deformado por la preeminencia de la propiedad terrateniente e imperialista y los productores directos del campo y la ciudad. Tras las actuales movilizaciones de los campesinos indígenas se encuentra un problema de reivindicación nacional, ciertamente, pero cuyas raíces son fundamentalmente económicas; porque históricamente la lucha indígena desde la emergencia de la república ha estado ligada a la lucha contra el despojo de las tierras; es la lucha a muerte entre la propiedad indígena campesina y la propiedad terrateniente (ligado al problema de la recuperación de los hidrocarburos de manos de los monopolios imperialistas); pero también es la lucha por restituir lo que queda, de las formas de organizar la producción y reproducción de la vida, propio de las comunidades indígenas (relaciones de reciprocidad y redistribución), en contra de las formas de organizar la vida impuesto por las relaciones mercantiles, de ahí su carácter antagónico.

“Partir de la lucha de clases” (Marx), “No olvidar jamás la lucha de clases” (Mao), eh ahí la clave para comprender la coyuntura actual; sólo si tomamos como punto de partida el punto de vista de la lucha de clases se puede comprender la lucha nacional conjunta, de los obreros (fabriles y mineros) directamente sometidos a las relaciones de producción capitalistas y de los campesinos originarios (Aymaras, quechuas, guaraníes, guarayos, etc.) sometidos, por miles de vínculos al sistema capitalista imperialista; sólo si nos guiamos por una línea clasista se puede determinar los intereses económico sociales de algunos grupos que hablan del problema nacional, tanto desde el punto de vista de las naciones originarias, como desde el otro extremo, la oligarquía (en el polo de la reacción se destaca el impulso de la feudal burguesía cruceña de tomar la dirección de las clases dominantes7) y el imperialismo yanqui.
En síntesis, el problema nacional es, en última instancia, el problema campesino, es el problema de la lucha contra la propiedad latifundista y la propiedad imperialista – principalmente-, es el problema de la autodeterminación de las naciones originarias; fundamentalmente significa auto-determinación política de los obreros y campesinos pobres; es el problema del Poder Popular y Originario. Poder para las comunidades indígenas significa no sólo acceso a tierras productivas y al territorio, sino control de los recursos naturales a partir de su propia organización comunal; organización de la producción y apropiación colectiva de lo producido; en esencia significa destrucción del régimen latifundista y expulsión del imperialismo yanqui. Poder para los oprimidos y marginados de este país significa estallido de las viejas relaciones de producción y del Estado que las impulsa; construcción de una unidad multinacional sobre nuevos cimientos, bajo la dirección, no ya de criollos o extranjeros poseedores del capital (la anti-nación), sino de los productores inmediatos del campo, las minas y las ciudades (la nación).

Agosto de 2006.

1. ¿Qué se entiende por nación?

“El nacionalismo de las clases dominantes bolivianas es oblicuo, es decir, no sirve a los intereses de la nación boliviana, sino a los intereses extranjeros”

Jorge Alejandro Ovando Sanz
Sobre el problema nacional y colonial de Bolivia, 1960

En primera instancia, destacamos algunos aspectos que mistifican la comprensión de lo que constituye la construcción nacional. La Nación es irreductible a la formación de un “espíritu nacional” o una “voluntad nacional” abstraída de las circunstancias de la vida real. La “sustancia” definitoria de la nación no reside en una voluntad “libre”1desgajada de su base real; la voluntad nacional no es una “construcción política” artificial impulsada “desde arriba”, al margen de las relaciones establecidas en el sistema de relaciones imperante (= la economía), que constituye el eslabón decisivo que determina la constitución de la articulación nacional. En el fondo, las acciones políticas aparentemente inconexas obedecen, en última instancia, a causas de orden económico social, es decir, responden a intereses de clase. Los acontecimientos históricos como la revolución francesa, la revolución rusa y todos los grandes eventos históricos del siglo pasado han demostrado que la política no puede explicarse por si misma2.

La nación, (lejos de las concepciones metafísicas que construyen, retrospectivamente una historia nacionalista donde tal pueblo aparece como predeterminado a mantener una relación de nacionalidad constante durante siglos y siglos)3, no es un hecho atemporal ni ahistórico que depende ante todo de sentimientos o decisiones de conciencia; la nación es un hecho histórico resultado de circunstancias específicas; se trata de un producto en continua mutación; la moderna nación burguesa, por ejemplo es un producto histórico, resultado de condiciones materiales específicas como: el mercado, el comercio y la industria que constituyen la base material que impulsó la moderna articulación nacional burguesa a diferencia de las antiguas naciones y nacionalidades pre capitalistas; el modo de producción es, en último instancia, el eje que articulo la nación burguesa actual, al generar condiciones nuevas que marcaron una diferencia marcada respecto del localismo y la fragmentación imperante bajo el régimen feudal.

La idea de pensar la nación como un concepto válido, sin restricciones para todas las épocas, es un error idealista alejado del desarrollo alcanzado por la investigación científica en las ciencias sociales. Si nos remontamos al texto metodológico de Marx de 1857, la nación al igual que la población es una abstracción, si se deja de lado, las clases y relaciones que lo componen4. Bajo estos términos, la nación es una idea abstracta, sin embargo, esta categoría es una abstracción razonable que pone de relieve los rasgos, las determinaciones, los caracteres comunes de la nación en todas las épocas5. En términos precisos, la nación tiene una existencia real, concreta anterior a la categoría o la idea que se tenga de ella, la nación nace marcada por un determinado tipo de determinaciones y rasgos que no existen al margen del tiempo y el espacio, su existencia como realidad concreta se produce en una formación social específica y un momento determinado. En strictu sensu, no se puede hablar de nación sin más, es preciso distinguir el concepto nación en un sentido amplio, de su sentido estricto, concreto, específico; diferenciando, por ejemplo, “nación burguesa” de “nación general”.

Si bien, la nación se refiere a una comunidad de rasgos y relaciones que en algunos casos es apta para cualquier época, sin embargo, existen otro tipo de determinaciones históricas que sólo se generan bajo circunstancias específicas, por ejemplo las relaciones de producción generadas por el capital. La nación sólo encuentra su concreción plena bajo la determinación de las relaciones de producción capitalistas, porque en esta sociedad (burguesa) a diferencia de las formaciones sociales precedentes, el papel fundamental de la articulación nacional, que reside en la economía coincide con el modo de producción, esta coincidencia hace evidente dicha determinación; lo que no sucedía con las sociedades que le precedieron donde el papel dominante lo ejercía la ideología religiosa (feudalismo) o la política (esclavismo)6. Esta “dominancia”7 de las circunstancias económicas que, en estadios inferiores de la civilización humana aparecía velada, bajo el capitalismo se desmistifica y se hace “visible” a una lectura instruida de la realidad, revelando que son las relaciones emergentes de las condiciones socio-económicas imperantes en la sociedad las que determinan, en última instancia, todas las relaciones sociales (esto incluye a la ideología jurídica, política, religiosa o la conciencia nacional) imperantes en la sociedad.

Pese a que no existe una definición marxista precisa del concepto nación, históricamente la más divulgada es la definición stalinista, la misma que, sin embargo, presenta limitaciones, en términos de su profundidad teórica, pues, es descriptiva y respondía, ante todo, a la necesidad inmediata de desarrollar la lucha de clases en el terreno teórico; no obstante en base a ella un numeroso grupo de intelectuales de la izquierda marxista ha trabajado el concepto en el siglo pasado. En el presente trabajo, nos atenemos, en lo fundamental, a la comprensión que tiene Jorge Alejandro Ovando Sanz del concepto de nación como: una comunidad estable, históricamente formada a partir de la construcción de una identidad que distingue a una colectividad de otras. Sin embargo, la existencia de un “yo colectivo” (Zavaleta) basada en una visión común del mundo y de la vida no basta para constituir la nación, pues, la articulación nacional no existe sin una historia de luchas compartida, sin un idioma, una cultura, un territorio compartido y un vínculo económico organizado en torno a un mercado nacional que constituye, en última instancia, el eslabón decisivo que consolida la articulación nacional8; todo lo cual hace posible que se constituya en un Estado nacional autónomo.

Se puede argüir que existen naciones bilingües o algunas naciones donde la unidad económica o el control del territorio resulto posterior y “subordinado al acto articulatorio que es la esencia de la nación” como dice Zavaleta. Sin embargo, la consolidación de la unificación nacional es imposible sin estos componentes materiales que “son los que tienen un valor más concluyente”9; porque además “el acto articulatorio” no existe como una abstracción, sustantivada de las condiciones materiales. En términos filosóficos y científicos, no se puede hablar del “momento constitutivo” de la articulación como una sustancialidad o esencialidad, porque conlleva pensar la articulación nacional, como una realidad que existe por si misma, por encima y al margen de las circunstancias de la vida real.

La emergencia de reivindicaciones de autodeterminación nacional proveniente de las mayorías indígenas (aymara quechua principalmente) de nuestro país, plantea algunos problemas de definición conceptual. Los movimientos indígenas históricamente discriminados y excluidos de la “vida nacional” desde la emergencia de la república, en estos últimos años han identificado su problemática y su proyecto como un programa de articulación nacional; en algunos casos se identifican a si mismo como “nación originaria” o “nación aymara”, en otros postulan la necesidad de un Estado multinacional que agrupe a una confederación de naciones indígenas.

¿Se trata de naciones, son nacionalidades o etnias? ¿Qué es una nación originaria?

Respecto de esta definición nos atenemos, en lo esencial, al punto de vista de Manuel Morales que entiende que: “a nuestros pueblos quechua, guaraní, moseten, aymará, etc., no se los puede definir ni como nación ni como nacionalidad en el sentido estricto. Nuestros pueblos no son nacionalidades, porque además de identidad, población y territorio, antes de la llegada e imposición del colonialismo, existía una tecnología productiva propia y una economía con un mercado interno cohesionado, además de formas estatales propias. Desde 1492 lo que ha existido es una pérdida de sus formas estatales, del territorio y de los recursos naturales. Por ello el concepto de nacionalidades10 es estrecho. Nuestros pueblos por otra parte no son Naciones, porque en la actualidad son pueblos que viven oprimidos, no son soberanos de sus territorios, sufren la discriminación cultural, racial etc. El concepto de NACIONES ORIGINARIAS ratifica las particularidades nacionales de nuestros pueblos, al mismo tiempo de manifestar la situación de opresión que sufren, pero sin sugerir en ningún momento la existencia de inferioridades (como lo hace el término nacionalidad o grupo étnico11), por el contrario, reitera el carácter ancestral y de legitimidad de nuestros pueblos frente a la usurpación colonial y neocolonial”12.

Acerca de la emergencia nacional indígena “originaria” en nuestro país, volveremos más adelante, cuando de manera específica nos refiramos al problema todavía latente de la autodeterminación nacional aymara quechua.

1.1. El fundamento material de la nación en Marx y Engels

Marx no dejó escrita una teoría acabada de la nación, sin embargo, es posible encontrar en sus obras permanentes referencias al hecho nacional y su fundamento en las circunstancias de la vida real; si bien no existe una definición precisa de nación, si es posible a partir de los elementos presentes en su obra una reconstrucción del concepto marxista de nación.

La nación aparece en algunos textos de Marx y Engels como sinónimo de pueblo, patria o país13 e incluso en algunos pasajes de los textos clásicos, es posible encontrar referencias al concepto nacionalidad como pre capitalista14. A pesar de que no fue su preocupación fundamental, sin embargo, es indudable que Marx se ocupo permanentemente del problema nacional, incluso en sus obras tempranas; La Cuestión Judía obra escrita por el joven Marx constituye un modelo de explicación materialista de la cuestión nacional, en ella somete a dura crítica el punto de vista del hegeliano Bruno Bauer, el mismo que reduce esta cuestión a lo estrictamente religioso; lejos de este criterio, Marx explica el judaísmo religioso, es decir, el judaísmo real no a partir del sentimiento religioso, sino como un fenómeno constantemente producido por la vida burguesa moderna y su última expresión el sistema financiero15. En su concepto, se trata de un error idealista el pretender explicar la articulación nacional del pueblo judío por su “esencia religiosa”, sin considerar “la base secular, real de esta esencia religiosa”16(Marx); base secular real que no podía ser otra, que las relaciones emergentes de la estructura económica que constituye, en última instancia, el eslabón decisivo que explica la articulación nacional, aún en el caso específico judío.

La nación es para Marx y Engels, un hecho económico producto de circunstancias específicas; el modo de producción capitalista hizo la nación moderna. Es el desarrollo de la producción mercantil capitalista que, al superar el fraccionamiento feudal, crea las condiciones históricas (tanto materiales como ideológicas), para que surja una conciencia nacional y una teoría de la nación y el nacionalismo, correspondiente a las condiciones específicas generadas por esta sociedad. Por lo tanto, para los clásicos del marxismo el desarrollo industrial y el mercado nacional constituyen la base material de la unificación y la conciencia nacional moderna; la gran industria crea las condiciones para la unificación nacional burguesa al fortalecer los nexos económicos entre las regiones del país y unificar los mercados locales en un mercado nacional.

Marx destaca en el Manifiesto Comunista como la burguesía centraliza medios de producción y administración “para formar una nación”17; “la gran industria rompe por todas partes, en general, las mismas relaciones entre las clases de la sociedad, destruyendo con ello el carácter propio y peculiar de las distintas nacionalidades”18. Marx y Engels destacan la especificidad de la emergente nación burguesa, creada sobre la disolución y fusión de las viejas nacionalidades por el modo de producción capitalista, el mismo que al unificar la nación, crea las condiciones para la emergencia de una nueva unidad política:

“La burguesía… ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en manos de unos pocos. La consecuencia obligada de ello ha sido la centralización política. Las provincias independientes, ligadas entre sí casi únicamente por lazos federales, con intereses, leyes, gobiernos y tarifas aduaneras diferentes han sido consolidadas en una sola nación, bajo un solo gobierno, una sola ley, un solo interés nacional de clase, una sola línea aduanera”19.

Engels destacó en 1893, que bajo las nuevas circunstancias de dominio de la economía mercantil, “en ningún país es posible la dominación de la burguesía sin la independencia nacional”. Es decir, la burguesía mercantil primero y la burguesía manufacturera e industrial después, precisaron transformar las relaciones nacionales para establecer la hegemonía del modo producción capitalista, el mismo que genera relaciones de mutua dependencia entre todos los individuos de la sociedad burguesa; sólo como producto de la creación de esta base real se dan las condiciones políticas bajo las que puede reproducirse está unidad nacional; se trata de condiciones e intereses específicos de la nación moderna que son distintos de las condiciones nacionales anteriores, precapitalistas.

En “Las guerras campesinas” al repasar la situación de Alemania en el siglo XVI, Engels argumenta como: “el incompleto desarrollo industrial, comercial y agrícola de Alemania hacía imposible toda centralización y unión de los alemanes en una nación, no permitiendo más que una centralización local o provincial”20.

“Mientras en Francia e Inglaterra el desarrollo del comercio y de la industria tuvo como consecuencia la creación de intereses generales en el país entero, y con esto la centralización política, Alemania no pasó de la agrupación de intereses por provincias, alrededor de centro puramente locales que llevo aneja la fragmentación política”21. El localismo y provincianismo alemán se explica a partir de su retardo socio económico y político respecto de Francia e Inglaterra que constituían, por entonces los modelos de la emergente nación burguesa transformados por el empuje capitalista. En resumen, el modo de producción crea las condiciones para la emergencia de un producto nacional distinto al existente bajo la sociedad feudal.

Esta determinación (del modo de producción) nos permite aseverar que la nación no es una instancia que se explica a si misma; la nación es, para los clásicos en principio, una comunidad política que expresa la necesidad de organizar la sociedad en función de los intereses reales que se tiene; intereses que surgen no precisamente de la “conciencia de si” de un pueblo, sino de las circunstancias socio económicas imperantes, las mismas que determinan en la conciencia de los pueblos, no sólo una visión de nación sino de Estado: “… el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués”22.

En sentido preciso, la nación es impensable como una realidad sociopolítica homogénea, porque en cada nación hay clases con intereses antagónicos, esto implica decir que el programa que consolida la articulación nacional es un producto específico, resultado de intereses de clase determinados; el proyecto nacional burgués, por ejemplo, no es el mismo proyecto de nación que enarbolan las clases oprimidas por el capital.

A tiempo de concluir este punto es preciso destacar que el concepto marxista de nación es irreductible a un economicismo, porque el marxismo habla de una determinación, en última instancia, es decir que deja espacio para la intervención de otro tipo de determinaciones en el resultado final de la articulación nacional, sin embargo, es el papel de las circunstancias materiales (lucha de clases al interior de la nación, mercado interno, organización y división del trabajo bajo el capitalismo, etc.) el eslabón decisivo que define y consolida la unidad nacional. Ahora si hablamos del caso específico de la nación actual, no se trata sólo del papel de la burguesía, aunque en último análisis sí, pues, es su papel dirigente en el proceso desarrollado a partir del siglo XVIII lo que le da su contenido final a la nación y los Estados nación actuales.

1.2. El concepto marxista de Estado

La nación es un hecho social y político que antecede a la existencia del Estado, como aparato político al servicio de los intereses dominantes en la sociedad, por lo tanto, no se puede confundir la nación con el estado, sin embargo, es preciso destacar que así como existen estados con varias naciones o nacionalidades (Bolivia por ejemplo, es un estado multinacional), puede existir una nación con varios estados (Corea del norte y Corea del Sur, por ejemplo).

¿Qué es el Estado?

El Estado no es una realidad que tenga algo que ver con “la realización de la razón” (Hegel); tampoco se trata de una “instancia independiente”, producto de un “pacto social” (Rosseau) que, se piensa, está ubicada por encima de la sociedad. La teoría del Estado situado por encima de los grupos humanos, o como un pacto entre clases y grupos sociales antagónicos no es más que un eufemismo que encubre la imposición de un aparato que responde a los intereses de clase dominantes en la sociedad. Lejos de este criterio, las ideas dominantes entre algunas elites intelectuales de nuestro medio dedicadas al “análisis de la coyuntura”, parten de explicar la realidad estatal como una instancia que representa el interés general de toda la nación, en el fondo, se piensa que esta realidad constituye, en esencia, la superación de las contradicciones sociales.

El problema central que plantea Marx respecto del Estado es su relación con la sociedad; para Hegel la superación de la contradicción existente entre Estado y sociedad civil se realiza en el Estado como expresión de la organización racional de la vida. Sin embargo, en Marx la contradicción entre Estado y sociedad es una realidad objetiva. “En último término, el Estado de Hegel, lejos de estar por encima de los intereses privados y de representar el interés general, se halla subordinado, de hecho a la propiedad privada”23.

En la Miseria de la Filosofía (1847) Marx declara que “las condiciones políticas son únicamente la expresión oficial de la sociedad civil”. Y prosigue “Los soberanos de todos los tiempos han estado sometidos a las condiciones económicas y nunca han podido legislar sobre ellas. La legislación, ya sea política o civil, no hace más que proclamar, y expresar en palabras, la voluntad de las relaciones económicas”24. En resumidas palabras, el Estado es el aparato del Estado. “En esta expresión cabe no sólo el aparato especializado (en sentido estricto) cuya existencia y necesidad hemos reconocido a partir de la práctica jurídica, es decir, la policía, tribunales y prisiones, sino también el ejército que (y el proletariado ha pagado con su sangre esta experiencia) interviene directamente como fuerza represiva de apoyo en última instancia cuando la policía y sus cuerpos auxiliares especializados ya han sido desbordados por los acontecimientos; caben en fin, por encima de este conjunto, el jefe del estado, el gobierno y la administración”25.

En Latinoamérica el proceso de creación del estado nacional ha sido un proceso artificial, una creación impulsada desde arriba por los interese de clase dominantes, al margen de los pueblos. En Bolivia el Estado es un proceso en formación, el mismo que ha sido entorpecido y deformado por la herencia colonial y la presencia del imperialismo; en nuestro país el Estado no está al margen de las características destacadas, se trata de un aparato que sirve a los intereses dominantes en la sociedad; si de manera concreta nos referimos a aquella semi forma estatal existente hasta Abril de 1952, vemos que era un aparato que estaba al servicio de la oligarquía minero feudal. La revolución significó no sólo la liquidación de las viejas clases dominantes, sino su reemplazo por una alianza de clases dirigida por la pequeña burguesía (intelectual principalmente); en el fondo, se trató de una reestructuración del aparato estatal burgués por otro que sea el fiel reflejo de las relaciones dominantes en la sociedad. El emergente Estado Nacionalista en un principio no era un poder colocado por encima de la sociedad, “el Estado era el pueblo en armas”, sin embargo, esta idea que podía dar lugar a pensar en una toma de decisiones en manos de las clases revolucionarias duro muy poco, lo evidente era que había emergido una forma estatal al servicio de los intereses de clase dominantes en la sociedad, (intereses ligados a la pequeña burguesía y su ideología burguesa) y sometida, como en el pasado inmediato, a los designios imperiales del norte: la reapertura del colegio militar (1953), la presencia de monopolios yanquis como la South American Placers y su intervención directa en la economía a través del Plan Eder así lo evidencian.

2. Puntos de vista leninistas acerca de la cuestión nacional

Lenin en el contexto de la primera guerra mundial adopto ante el problema nacional, una posición de apoyo a la demanda de autodeterminación nacional de los pueblos, pero como parte de la lucha contra el imperialismo. En su texto “Notas críticas sobre la Cuestión Nacional” se pronuncia en contra de ciertos privilegios que acompañan a todo nacionalismo liberal-burgués. Es claro a este respecto y opone a la “cultura nacional” de la burguesía la “cultura internacional” de la democracia y del movimiento obrero. En su criterio; “la consigna de cultura nacional es una superchería burguesa… Nuestra consigna es la cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial26.

En oposición a la cultura burguesa y al nacionalismo burgués de cada nación, propone luchar en función del internacionalismo revolucionario27. Sin embargo, la cultura internacionalista que propone no es pues “innacional”, sino que en cada cultura nacional existen elementos de cultura democrática y socialista que surgen de la situación de explotación de las masas trabajadoras por la burguesía nacional; esta es la contradicción entre una “cultura nacionalista” burguesa y la cultura democrática del proletariado.

Lenin aclara esta tesis: “Al lanzar la consigna de ‘cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial’, tomamos de cada cultura nacional sólo sus elementos democráticos y socialistas y los tomamos única y exclusivamente en oposición a la cultura burguesa y al nacionalismo burgués de cada nación”28.

Para el leninismo la única solución al problema nacional es la democracia más consecuente: “El programa nacional de la democracia obrera29 exige: ningún privilegio para cualquier nación o idioma; solución absolutamente libre y democrática del problema de la autodeterminación política de las naciones, es decir de su separación como Estado; promulgación de una ley general… declarando ilegal y sin efecto toda medida… que establezca cualquier privilegio para una de las naciones y menoscabe la igualdad de derechos de las naciones o los derechos de una minoría nacional…”30.

La autodeterminación es una aspiración de toda nación. La autodeterminación, en los términos leninistas, no tiene que ver sólo con una autodeterminación económica o cultural como entendían algunos marxistas en el pasado. En sentido estricto, “por autodeterminación de las naciones se entiende su separación estatal de las colectividades de nacionalidad extraña, es decir, la formación de un Estado nacional independiente”31.

Lenin está a favor de una unidad nacional, pero basada en la democracia más consecuente: en la democracia obrera; en este sentido rechaza los privilegios nacionales de la nación o naciones más grandes sobre las minorías nacionales, sin embargo, destaca que en la época del dominio capitalista, la aspiración mayor es construir un Estado basado en la unidad incondicional de todos los obreros de todas las naciones y nacionalidades. En su óptica, el gran Estado centralizado representa un enorme progreso histórico, desde el fraccionamiento medieval hacia la futura unidad socialista de todo el mundo y no hay ni puede haber – en su concepto - más camino al socialismo que aquél que pasa por ese Estado.

En el documento que analizamos “Notas críticas sobre la cuestión nacional” Lenin nos da luces para la comprensión de este problema. Desde el punto de vista del liberal burgués la Cuestión Nacional, que ante todo viene a ser “cultura nacional”, es un factor que tiende a dividir la lucha de la clase obrera o del proletariado mundial. La democracia proletaria a diferencia de la “democracia burguesa” quiere que todas las naciones o nacionalidades que viven o existen dentro de un Estado deben tener los mismos derechos, los mismos deberes y gozar de una elección democrática de su cultura nacional, viendo los aspectos comunes a las culturas democráticas, a todas, por cuyo origen democrático proletario alientan la unidad.

El trabajo, bajo el modo de producción capitalista, en concepto de Lenin unifica, engloba a obreros de raíces distintas, por tanto, no conoce de nacionalidades, por eso en contra de aquellos que critican la asimilación de obreros ucranianos en la nación burguesa rusa, destaca: “Quien no esté hundido en los prejuicios nacionalistas no podrá dejar de ver en este proceso de asimilación de las naciones por el capitalismo un grandioso progreso histórico, una destrucción del anquilosamiento nacional de los rincones perdidos, principalmente en los países atrasados como Rusia”32.

El leninismo valora el progreso que implica el surgimiento de nuevos proletarios en los países antes dominados por el feudalismo, producto de la expansión del modo de producción capitalista, se trata, en su concepto, de un progreso; todo lo destacado hasta aquí revela que subordina siempre los objetivos nacionales a los objetivos proletarios. Lo demuestra el hecho de que la crítica leninista está dirigida, no sólo contra el nacionalismo del “marxista” ruso que acepta los privilegios rusos de muy buena gana y rechaza, a su vez, la plena igualdad de derechos para las minorías nacionales, sino que su crítica se hace extensiva contra el “marxista” ucraniano que “se deja arrastrar por su odio, absolutamente legítimo y natural, a los opresores gran-rusos hasta el extremo de hacer extensiva… a la cultura proletaria y a la causa proletaria de los obreros gran-rusos, ese marxista se habrá deslizado (necesariamente) – dice Lenin - a la charca del nacionalismo burgués”33. En concreto, el leninismo propone que los obreros ucranianos y rusos defiendan juntos la más plena democracia proletaria y el internacionalismo, ésta defensa está por encima de intereses nacionales, liberal-burgueses.

3. La respuesta stalinista al problema de la cuestión nacional

Stalin34 en su texto “La cuestión nacional y el leninismo” define la nación como “una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de cuatro rasgos principales a saber: la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología”35.

Para Stalin, si bien estos elementos que definen la nación en el feudalismo fragmentado aún no existían como una realidad, fueron creándose en este y otros períodos pre-capitalistas; en su óptica estos elementos estaban en germen, pero sólo fue una realidad “hasta el período del capitalismo en ascenso, con su mercado nacional, con sus centros económicos y culturales”36.
Si bien el mercado es el elemento de articulación que, en última instancia, ha dado origen a las naciones Estado modernas (burguesas), sin embargo, los gérmenes que definen una nación que, en su concepto, aparecían fragmentados bajo el feudalismo, en la antigüedad existían con fuerza, al extremo de llegar a crear verdaderos Estados, basta mencionar el Estado-nación romano o el Estado ateniense.
En consecuencia, parece más correcto decir que es la vida económica común y no sólo el mercado capitalista el que crea las condiciones para la articulación nacional, junto a los otros elementos mencionados en su definición.
Stalin rechaza la determinación del concepto nación por un quinto elemento que vendría a ser la presencia del Estado nacional propio e independiente, tal inclusión no haría otra cosa que excluir del concepto nación a aquellas comunidades humanas que pugnan por su autodeterminación política y ciertamente, como muy bien sostiene, estas comunidades quedarían al margen de la designación de los conceptos de movimiento de liberación nacional.
Las llamadas naciones modernas no son otra cosa que las naciones burguesas emergentes del feudalismo; Stalin afirma que la clase obrera y su partido internacionalista constituyen la fuerza que funda los movimientos de liberación nacional al interior de estas formaciones nacionales burguesas a fin de lograr su autodeterminación política. Con respecto al surgimiento de nuevas naciones de tipo soviético el dirigente deja en claro lo siguiente:
“Alianza de la clase obrera y el campesinado trabajador en el interior de la nación, para eliminar los restos del capitalismo en aras de la edificación socialista triunfante; exterminio de los restos de la opresión nacional en aras de la igualdad de derechos y del libre desarrollo de las naciones y de las minorías nacionales; destrucción de los restos del nacionalismo en aras… del triunfo del internacionalismo”37.
La emergencia de las nuevas naciones socialistas no implica acabar de raíz de un golpe con las diferencias nacionales, de ninguna manera, lo que sí puede acabar el nuevo Estado obrero es con la opresión nacional, pero en sentido estricto, sólo con la instauración de la Dictadura Proletaria en el ámbito planetario se pondrá fin a las diferencias nacionales en un proceso gradual de extinción. Stalin siguiendo a Lenin sostiene que es absurdo pensar en una fusión nacional decretada desde arriba, esta no es más que una tesis reaccionaria que sirve a los intereses imperialistas.
El leninismo ha ampliado el concepto de la autodeterminación, interpretándolo como el derecho de los pueblos de los países independientes y de las colonias a la completa separación, como el derecho de las naciones a existir como Estados independientes. En base a estos criterios, Stalin plantea que la cuestión de los derechos de las naciones no es una cuestión aislada independiente, sino una parte de la cuestión general de la revolución proletaria, una parte supeditada al todo y que debe ser enfocada, desde el punto de vista del todo.
El carácter nacional
Stalin en su obra: “El marxismo y el problema nacional” se encarga de desvelar el carácter idealista y místico de aquella concepción de nación, que define la misma como una unión de personas independientes de todo territorio, idioma común y vida económica. Según esta tendencia de pensamiento, el «carácter nacional» no es uno de los rasgos distintivos, sino el único rasgo esencial de la nación, y todos los demás constituyen, propiamente hablando, condiciones para el desarrollo de la nación, pero no rasgos de ésta38. Este punto de vista, corresponde a los teóricos socialdemócratas de la cuestión nacional de origen austriaco R. Springer y Otto Bauer.

En criterio de Bauer, la nación es ante todo una comunidad relativa de carácter… Pero ¿que es el carácter, y, en este caso el carácter nacional?, pregunta Stalin.

Según Bauer: “El carácter nacional es la suma de signos que distinguen a los hombres de una nacionalidad de los otra, el complejo de cualidades físicas y morales que distinguen a una nación de otra”39. En definitiva para este autor: “Nación es el conjunto de hombres unidos en una comunidad de carácter sobre la base de una comunidad de destinos”40.

Sin embargo, para Stalin, el “carácter nacional” no es algo que exista de una vez y para siempre, sino que el mismo existe en relación con las circunstancias de la vida real, por tanto, cambia con dichas condiciones; Bauer establece un límite infranqueable entre el “rasgo distintivo” de la nación (el carácter nacional) y las condiciones de su vida, separando el uno de las otras. Pero ¿qué es el carácter nacional sino el reflejo de las condiciones de vida, la cristalización de las impresiones derivadas del medio circundante? ¿Cómo es posible limitarse a no ver más que el carácter nacional, aislándolo y separándolo del terreno en que brota? -se pregunta Stalin- ¿En que se distingue entonces la nación, de Bauer, de ese “espíritu nacional” místico y que se basta a sí mismo de los espiritualistas?

El punto de vista de Bauer, al identificar la nación con el carácter nacional, separa la nación del terreno en que se asienta y la convierte en una especie de fuerza invisible que se basta a sí misma como una realidad sustancial propia de la metafísica. El resultado no es una nación viva y real sino algo místico, imperceptible y de ultratumba, como dice Stalin.

4. Mariátegui y la cuestión indígena en el Perú

Mariátegui dedicó el mayor de sus esfuerzos de intelectual comprometido con su pueblo, al análisis del problema indígena en El Perú y en otros países latinoamericanos como Bolivia, Ecuador, México y Guatemala, en vista de la elevada población indígena de estos países.

En su concepto, el Perú es una “nacionalidad” en formación, cuyas bases auténticas (indígenas) han sido, en gran medida, destruidas por la conquista:

“El Perú es todavía una nacionalidad en formación, lo están construyendo sobre los inertes estratos indígenas… la conquista española aniquiló la cultura incaica. Destruyó el Poder autóctono. Frustró la única peruanidad que ha existido…”41.

Esta “peruanidad” a la que alude Mariátegui, reside en los pueblos indígenas que constituyen la esencia de lo auténticamente nacional peruano, de ahí que sostenga que sin una solución del problema indígena no hay Perú posible.

El problema primario del Perú

En criterio de Mariátegui, sin el indígena no es posible construir la sociedad peruana, de ahí que éste sea el problema primario del Perú:

“Quienes desde el punto de vista socialista estudiamos y definimos el problema del indio, empezamos por declarar absolutamente superados los puntos de vista filantrópicos o humanitarios en que … se apoyaba la antigua campaña pro-indígena. Nuestro primer esfuerzo tiende a establecer su carácter de problema fundamentalmente económico. Insurgimos primeramente, contra la tendencia instintiva – y defensiva – del criollo a reducirlo a un problema exclusivamente administrativo, pedagógico, étnico o moral, para escapar a toda costa del plano de la economía”42. La solución del problema del indígena, en su criterio, tiene que ser una solución social irreductible a una cuestión étnica o de educación de las masas indígenas.

¡Convertir el factor racial en factor revolucionario!

La fuerte discriminación racial y cultural de las elites gobernantes criollas respecto de los indígenas ha motivado un profundo odio y resentimiento hacia las mismas, sin embargo, este resentimiento no tiene la misma importancia ni es común a todos los países latinoaméricanos, sino sólo a aquellos países que como Bolivia y Perú tienen una alta población indígena. Mariátegui destaca que existe una especificidad en Latinoamérica que la distingue del Asia o el África, y es que en el nuevo mundo: “Los elementos feudales o burgueses en nuestros países, sienten por los indios… el mismo desprecio que los imperialistas blancos. El sentimiento racial actúa en esta clase dominante en un sentido absolutamente favorable a la penetración imperialista. Entre el señor o el burgués criollo y sus peones de color no hay nada de común. La solidaridad de clase, se suma a la solidaridad de raza o de prejuicio, para hacer de las burguesías nacionales instrumentos dóciles del imperialismo…Y este sentimiento se extiende a gran parte de las clases medias, que imitan a la aristocracia y a la burguesía en el desdén por la plebe de color, aunque su propio mestizaje sea demasiado evidente”43.

En el fondo: “El problema no es racial, sino social y económico, pero la raza tiene su rol en él y en los medios de afrontarlo”4444. Los invasores desde su llegada al nuevo mundo “procedieron a esclavizar las conciencias, al mismo tiempo que esclavizaron los cuerpos”, los explotadores siempre han creado rivalidades entre grupos de una misma raza.

Mariátegui considera que la institución más característica del periodo pre colonial es la comunidad; destaca por ello que esta forma de organización socio económica se edifico en torno de un régimen de propiedad y usufructo colectivos de la tierra y que por ello no es un obstáculo hacia una real socialización de la tierra, por el contrario la facilita, en el sentido de la persistencia de formas de vida que facilitan la cooperación:
“Las ‘comunidades’ que han demostrado bajo la opresión más dura condiciones de resistencia y persistencia realmente asombrosas, representan en El Perú un factor natural de socialización de la tierra“45 y, desde luego en Bolivia.

En su concepto, la respuesta al problema indígena y nacional en el Perú y los países latinoamericanos reside sólo en la organización clasista de los indígenas junto al proletariado, sólo la difusión de ideas clasistas en el seno de las comunidades y pueblos permitirá la liberación indígena, como autodeterminación política, sin embargo, para alcanzar este objetivo es necesario: “conocer en todos sus detalles la vida del indio, las condiciones de su explotación, las posibilidades de lucha por su parte, los medios más prácticos para la penetración entre ellos de la vanguardia del proletariado, la forma más apta en que ellos puedan constituir su organización”.

En contra de la peregrina idea que considera el problema nacional como un problema puramente étnico o racial, Mariátegui destaca el trasfondo económico social de esta cuestión al identificar el problema indígena con el problema de la tierra; de ahí deviene la ignorancia, la discriminación y la miseria de las comunidades indígenas; producto de esta realidad surge su posición clasista como el elemento determinante: “La constitución de la raza india en un Estado autónomo, no conduciría en el momento actual a la Dictadura del Proletariado, ni mucho menos a la formación de un Estado indio sin clase, como alguien ha pretendido afirmar, sino a la constitución de un Estado indio burgués con todas las contradicciones internas y externas de los Estados burgueses ”46.

Eh ahí los efectos “emancipadores” a los que puede llevar la predica “indianista” de algunos ideólogos, los mismos que al ignorar la lucha de clases pugnan por incorporar un Estado burgués indio en el sistema de relaciones capitalista imperialista. Para Mariátegui, sólo el fortalecimiento del movimiento revolucionario clasista de las masas indígenas explotadas por el capital, podrá permitirles dar un sentido real a la liberación de su raza de la explotación, favoreciendo así las posibilidades de su autodeterminación política.

5. El campesinado en Bolivia: clase y nación

5.1. La contradicción entre nación y antinación en la óptica de René Zavaleta Mercado

Entre los muchos temas tratados por René Zavaleta ocupa sin duda, un lugar preferente su preocupación por la “Cuestión Nacional”; su análisis tiene como punto de partida al marxismo, su explicación de la historia no por los “héroes”, sino por la lucha de clases revela este punto de vista. Desde su óptica, en la historia nacional es preciso distinguir en el periodo previo a Abril del 52 un conglomerado de clases, que él llama clases nacionales, las mismas que representan a la nación, las que oprimidas ideológica, política y económicamente soportan el peso de la antinación representado por la oligarquía minero-feudal.

El superestado minero-feudal creo la “rosca” que constituía el real poder, en ese período toda la burguesía “nacional” se hizo antinacional desde los importadores hasta los “industriales”, los mineros chicos y medianos. Desde su punto de vista, la clase dominante no sólo era “una clase opresora sino también una clase extranjera. Por su origen por sus intereses, por sus supuestos mentales, la oligarquía boliviana fue siempre ajena en todo a la carne y el hueso de las referencias culturales de la nación. Los latifundistas y el gran capital minero, vinculado directamente con el imperialismo eran sus expresiones fundamentales”47.

En referencia al Estado oligárquico, Zavaleta entiende que éste no cumplía ni siquiera los requisitos mínimos de un Estado, no era más que una “semiforma” estatal pues no cumplía ni siquiera el ejercicio de la soberanía, a saber el control de la población y el territorio, su ejército era un ejército de casta, masacrador al servicio de los intereses de la antinación. En su concepto, la nación se concentra principalmente en torno de la emergencia de un pujante proletariado en las minas de estaño, no demasiado numeroso pero sí fuertemente politizado, a su lado las masas indígenas del campo y las clases medias de las ciudades y pueblos constituyen lo que Zavaleta llama las clases nacionales; es precisamente en estas masas indígenas del agro y en los mestizos donde están los puntos de referencia de un modo de ser de la nación. Ni duda cabe, es en la Guerra del Chaco donde las clases nacionales: proletariado, campesinado y capas medias entran en contacto, es ahí donde se produce, para Zavaleta, el tránsito de la “nación fáctica” a la “nación para sí misma”.

La Guerra del Chaco es el punto de encuentro de la nación dispersa que existía de hecho pero que aún no se conocía, allí surgieron los militares nacionalistas opuestos al ejército oligárquico, allí se tomo conciencia de la nación. A pesar de que la Bolivia de entonces se caracteriza como un país semifeudal y semicolonial, sin embargo, en esta sociedad atrasada un vigoroso proletariado minero es la punta de lanza de cambios revolucionarios. El proceso revolucionario que concluye en Abril del 52 se inicia en las minas y fue precisamente ese proletariado el que quebró el dominio territorial del Estado oligárquico, allí aparece -según Zavaleta Mercado- realmente un poder dual entre la nación y la antinación; en consecuencia si el Estado oligárquico quiere realmente controlar el territorio necesita el uso de la fuerza, es decir, necesita de masacres.

El proletariado minero (la nación) se mueve de forma orgánica, actúa como una masa organizada a diferencia de las clases medias donde sobresalen individuos, el hombre de clase media vive como individuo aislado, “cuando el proletariado se mueve se mueve la nación”; sin embargo, dice Zavaleta, cuando el individuo de clase media se incorpora a la lucha su incorporación es “más lúcida que la de los campesinos y proletarios”; esto porque se incorpora armado del conocimiento.

Si bien, el 52 representó la destrucción del viejo Estado minero feudal; el proletariado y las capas medias destruyen en tres días el ejército oligárquico pero, ¿toman el poder?, ¿Es la nación la que emerge? o por el contrario es la antinación la que persiste a pesar de todo.

Según Zavaleta, el proletariado significó una fuerza emergente, organizada pero poco experimentada para tomar y ejercer el poder político; el 52 emerge como la fuerza más organizada y en los hechos posee el poder (la fuerza de las armas). Sin embargo, el proletariado era caudillista y el caudillo Lechin incapaz de pensar en concentrar el poder en manos del proletariado como clase dirigente renunció a él y todo el proletariado como clase prefirió replegarse y a partir de ahí decidió sumirse en una lucha sindicalista, salarialista; en los hechos renunció al intento de organizar la nación al margen del imperialismo, renunció al objetivo estratégico de culminar el proceso de construcción de la nación a través del establecimiento del Estado Nacional.

Zavaleta entiende que el caudillismo es una forma de concentrar el poder, pero a su vez también es un índice, una señal de la forma de organización política de las masas atrasadas. De esta serie de limitaciones surgió el “nuevo” Estado patrón, dominado inicialmente por individuos de las clases medias a las que no tardó en inundar el mar de filisteos pequeño burgueses que dieron al traste con todo incluida la revolución y no tardo mucho la dirección pequeño burguesa con aspiraciones burguesas, en reconstruir bajo asesoramiento del Pentágono el ejército “nacionalista” y masacrador al servicio esta vez de los nuevos amos burgueses (la nueva anti-nación).

La lucha entre nación y anti nación se ha manifestado históricamente a lo largo de la vida republicana. Según Zavaleta, en la historia nacional es preciso distinguir en el periodo previo a Abril del 52 un conglomerado de clases que él llama clases nacionales, las mismas que representan a la nación, las que oprimidas ideológica, política y económicamente soportan el peso de la antinación representado por la oligarquía minero-feudal.

En la obra de René Zavaleta se encuentran ya los primeros elementos que hoy nos permiten realmente pensar con certeza en la superación de la dicotomía aparentemente insuperable para algunos anti marxistas entre clase y nación.

¿Qué entiende Zavaleta por nación?

En Latinoamérica casi todos los países están marcados por la solución del “problema nacional”; el caso boliviano es sin duda paradigmático, pues, éste se manifiesta como en la mayoría de estos países con alta población indígena como algo irresuelto, el mismo proceso de construcción del Estado nacional corre igual suerte. Son muchos los investigadores del problema nacional que consideran que Bolivia no acaba de constituirse en un verdadero Es