Mi Campaña con el Che

\"inti\"
Comandante INTI, tu estrella sigue guiando nuestra lucha.
Seremos fieles a tu causa como tu lo fuiste a nuestro Comandante Che.
Eres el orgullo de los combatientes guerrilleros bolivianos que libraron el combate en Ñancahuazú y eres ejemplo para el resto de nuestros pueblos.
Nuestras banderas nunca serán arriadas!!!
Ni un paso atrás!!!
Con las masas y con las armas!!!
Hasta la Victoria Final !!!



I) El Ché en Ñancahuazú
int
El Ché estaba sentado en un tronco. Fumaba deleitándose con la fragancia del humo. Tenía la gorra puesta. Cuando nuestro grupo llegó, sus ojos relampaguearon de alegría.

El hombre más buscado por el imperialismo, el guerrillero legendario, estratega y teórico de proyecciones mundiales, bandera de lucha y esperanza, estaba allí, metido tranquilamente en el corazón de uno de los países más oprimidos y explotados del continente. Era la noche del 27 de noviembre de 1966. Su viaje a Bolivia había sido uno de los secretos más fascinantes de la historia. Pronto sus enemigos y el mundo entero serían testigos de su “resurrección”. Esta imagen se me ocurrió al recordar que los cables de las agencias imperialistas habían extendido su certificado de defunción ” victimado por el paredón castrista”. Me golpearon varias reacciones: turbación por el respeto que le tenía (y mantendré siempre), emoción profunda, orgullo de estrecharle la mano, y una satisfacción difícil de describir al saber con absoluta seguridad que en ese momento me convertía en uno de los soldados del ejército que dirigiría el más famoso Comandante Guerrillero.

El Ché, o Ramón, como lo presentaban a la tropa, saludó con afecto al grupo. Indicando con la mano me dijo:

-Tú eres Inti.

Me sentí más cohibido. Algunos compañeros le habían dado antecedentes míos y sabía que yo llegaba en ese grupo. Por mi parte también tenía conocimiento que el Ché estaba en el monte, esperándonos. Aun así no logré dominar mis sentimientos. Nos sentamos en unos troncos. Al poco rato Pombo me entregó una carabina M-2 (mi primera arma) y el equipo de combatiente. Todo sucedió en forma increíblemente sencilla. Sin embargo, esa noche comenzó mi vida de revolucionario. La conversación brotó fácil, animada en torno a temas generales. Yo hablé poco, porque aún estaba impactado por este encuentro. Momentos más tarde el grupo brindó por el éxito de la lucha guerrillera y por la confianza que existía en la victoria final. Avanzada la noche, Tuma, uno de los hombres que se convirtieron con el transcurso del tiempo en uno de los seres más queridos por nosotros, me ayudó a armar la hamaca. No tuvimos tiempo para dormir. Cerca de las dos de la mañana los que aún permanecíamos despiertos debutamos con la “góndola”, término que se haría popular mundialmente con el desarrollo de la guerra. La “góndola” consistía simplemente en ir desde nuestro campamento hasta la Casa de Calamina a cargar víveres, armas, municiones. Era una tarea dura, pero Tuma con ese carácter alegre que dinamizaba a nuestra columna, bautizó este trabajo con el nombre de “góndola”, comparándolo irónicamente con los autobuses destartalados que recorren las ciudades bolivianas y llevan ese nombre. La noche estaba muy oscura. En la casa de Calamina el Ché nos dio su primera lección práctica de lo que debía ser un jefe sencillo y capaz: eligió el saco más pesado y lo colocó en su espalda, iniciando el camino de regreso. En el trayecto se tropezó y se cayó porque se veía muy poco. Recogió nuevamente su carga y continuó al campamento. Nosotros seguimos su ejemplo. El ejército guerrillero empezaba a desarrollarse.

II) Bolivia: país de vanguardia

El último día que estuve en La Paz fue el 25 de noviembre de 1966. Cerca de la medianoche salimos en un jeep con Joaquín, Braulio y Ricardo. En otro vehículo más adelante iban Urbano, Miguel, Maimura y Coco. Doce horas después estábamos en Cochabamba. Allí me despedí de mi compañera, que estaba viviendo en casa de mi suegro. La conversación fue tranquila, desprovista de dramatismo. Ella ya estaba informada de que partía definitivamente al monte. Antes de salir besé a mis hijos.

Mi decisión de ingresar en el proceso de la lucha armada fue producto de una serie de consideraciones que estaban madurando desde hacía tiempo. Militante del Partido Comunista de Bolivia junto con Coco desde 1951, conocí la estrategia, táctica y mecánica de este partido. También por haber convivido con ellos, sabía perfectamente cuál era la mentalidad de la dirigencia. Pero también es justo dejar establecido que mientras no hubo perspectivas reales de lucha armada en Bolivia, nosotros participamos y estuvimos plenamente de acuerdo con las decisiones de esa dirección. Ésta es una experiencia qua estimamos puede ser recogida por otros militantes de partidos comunistas en alguna parte del continente que confunden la “incondicionalidad” con la fidelidad a los principios. Para nosotros sólo los principios tienen valor permanente.
La política de la mayoría de los PC latinoamericanos es llegar “al borde de la lucha armada”. Es una especie de juego peligroso en el que han adquirido gran maestría, en ese límite se detienen y vuelven a sus posiciones originales para reiniciar la conciliación o sumergirse en la institucionalidad. Cuando han llegado al “borde de la guerra”, comercian los principios, se olvidan de sus muertos y adecuan la teoría de su conducta reformista o traidora. El PCB no era ni es una excepción. Comprometido con muchos meses de anticipación en la lucha guerrillera de nuestro país, había escogido a un grupo de compañeros para este trabajo. Pero la dirección, manteniendo una conducta dual que nosotros captábamos sin esfuerzo, siempre estaba indecisa, a la expectativa. Nosotros perdimos la confianza en esos dirigentes y, personalmente, no creía que el PC fuera a ingresar a la guerra como partido, o que prestara toda su colaboración, esforzándose al máximo y con lealtad. El grupo asignado para el trabajo preparatorio, entre los que se encontraban el Ñato, el Loro, Rodolfo, Coco, etcétera, estaba claro, sin embargo, de cuál era nuestra única e irrenunciable estrategia, y nuestra decisión de luchar hasta el final se mantuvo siempre firme. Esto es natural y ha sucedido también en otros países. Muchos militantes situados “al borde de la guerra”, lejos de retroceder con sus direcciones conciliadoras dan un paso decisivo y se sitúan en la vanguardia. Se alza una nueva fuerza, dinámica, agresiva y valiente: es la guerrilla. Incluso remontándonos a antecedentes históricos, estábamos conscientes de que nos encontrábamos al borde de una oportunidad que podría marcar una nueva etapa en el destino de Bolivia.

Para nosotros la separación del Alto Perú del imperio español fue un proceso de emancipación interrumpido. Las bases sociales no se alteraron. El poder político y económico fue transferido a la aristocracia criolla y a los españoles ricos asentados en el país. El pueblo, principal actor de esa gesta del siglo pasado, no disfrutó ni siquiera de las migajas del poder, aunque a lo largo de casi siglo y medio de lucha ha pugnado por romper sus cadenas.

Oportunidad histórica

La oportunidad histórica de obtener la verdadera y definitiva independencia, se presentaba ahora, con el desarrollo de la guerrilla cuyo embrión estaba germinando en plena selva boliviana.

Por lo demás esta forma de lucha está enraizada en la tradición del pueblo. Durante quince años -desde 1810 a 1825- guerrilleros como Padilla, Moto Méndez, el cura Muñecas, Warnes, Juana Azurduy y otros, combatieron heroicamente contra los colonialistas españoles enarbolando las banderas de emancipación continental de Bolívar y Sucre.

Naturalmente entendíamos y estábamos plenamente conscientes de que las condiciones eran y son completamente diferentes. Los patriotas del siglo pasado enfrentaron a un imperialismo decadente, acosado por otras potencias imperialistas, que surgían con ambiciones de dominación mundial. Ahora nos enfrentamos al imperialismo norteamericano hegemónico, la potencia industrial - militar más poderosa del mundo, que ejerce su dominio con crueldad, sin escrúpulos, brutalizado, rapaz y genocida. Por otra parte también las motivaciones son distintas: ahora luchamos como vanguardia del pueblo por la conquista del poder, para construir el socialismo y formar el hombre nuevo, eliminando al imperialismo y sus lacayos. Es necesario advertir, además, que en el pueblo latinoamericano se ha desarrollado un gran sentimiento chauvinista, estimulado, fundamentalmente, por el imperialismo. Este nacionalismo deformado se ha empleado como instrumento para dividir a los pueblos y desatar entre ellos guerras fraticidas. Los partidos tradicionales de izquierda, lejos de combatir esta tendencia, la han fomentado e incluso defendido como principio elemental, contribuyendo con la táctica impuesta por el enemigo. Bolivia en esta etapa de lucha guerrillera no fue una excepción. Este planteamiento nos rondaba por la mente al conocer, cada vez con mayor certeza, que el PCB no se integraría a la guerrilla. De todas maneras, nosotros estábamos dispuestos a combatir hasta las últimas consecuencias, independientemente de la actitud que asumiera el PC. Cuando supimos que el Ché dirigiría la lucha tuvimos la absoluta seguridad de que el proceso revolucionario sería verdadero, sin claudicaciones. Por eso al ver esa noche de noviembre a Ramón, la emoción del encuentro fue tremenda.

Al día siguiente llamó a Coco, al Loro y a mí, para conversar sobre el carácter de la lucha. Fue la primera conversación política, interesante y profunda como todas las que tuvimos durante la guerra. El primer concepto que fluyó en forma categórica fue el de la continentalidad. El Ché nos explicó con su franqueza habitual que la lucha tendría estas características claras: dura, larga y cruel. Por lo tanto nadie debía acomodar su mentalidad a situaciones “corto-placistas”. Enseguida expuso por qué se había escogido a Bolivia como escenario de la guerra.

Por qué Bolivia

Su elección, afirmó, no es arbitraria, “está ubicada en el corazón del Cono Sur de nuestro continente, limitada con cinco países que tienen una situación político-económica cada vez más crítica, y su misma posición geográfica la convierte en una región estratégica para irradiar la lucha revolucionaria a naciones vecinas. Hay que tener presente que Bolivia no puede liberarse sola, o por lo menos es extremadamente difícil que ello ocurra. Aun derrotando al ejército y derrotando al poder, el triunfo de la revolución no está asegurado, puesto que los gobiernos lacayos dirigidos por el imperialismo o directamente el imperialismo con la colaboración de los gobiernos lacayos tratarán de aplastarnos. Sin embargo si en el desarrollo de la lucha se nos presenta la alternativa de tomar el poder, no vacilaremos en asumir esta responsabilidad histórica. Claro que ello encierra una gran cuota de sacrificio de los revolucionarios bolivianos. El Ché nos explicó luego lo que él entendía por “cuota de sacrificios” de los revolucionarios bolivianos. Nos dijo que había elaborado un documento para la reunión tricontinental de los pueblos que se realizaría en La Habana en julio de 1967. En ese documento, recalcó, expone lo siguiente:

“Solamente podremos triunfar sobre ese ejército en la medida que logremos minar su moral. Y ésta se mina infligiéndole derrotas, y ocasionándole sufrimientos repetidos.”

“Pero este pequeño esquema de victorias encierra dentro de sí sacrificios inmensos de los pueblos, sacrificios que deben exigirse desde hoy, a la luz del día, y quizás sean menos dolorosos de los que debieran soportar si rehuyéramos constantemente el combate, para tratar que otros sean los que nos saquen las castañas del fuego.”

“Claro que, el último país en liberarse, muy probablemente lo hará sin lucha armada, y los sufrimientos de leí guerra tan larga y tan cruel como la que hacen los imperialistas, se le ahorrará a ese pueblo. Pero tal vez sea imposible eludir esa lucha y sus efectos, en una contienda de carácter mundial, y se sufrirá igual o más aun. No podemos predecir el futuro, pero jamás debemos ceder a la tentación claudicante de ser los abanderados de un pueblo que anhela su libertad, pero reniega de la lucha que ésta conlleva, y la espera como UN mendrugo de victoria.”

Para el Ché la cuota de sacrificios significaba la participación del pueblo boliviano como abanderado de la lucha guerrillera, y de ninguna manera la postergación de la toma del poder. En otros términos, nosotros nos convertíamos en un pueblo de vanguardia que obtendría la liberación combatiendo y no como un “mendrugo de victoria”

III) Hacia un nuevo Vietnam

El Ché fue certero también al definirnos la relación que existe entre la lucha del heroico pueblo de Vietnam contra el imperialismo norteamericano y la guerra de guerrillas en nuestro continente. La guerra de Vietnam, afirmó, es una parte, pero la más importante, de la lucha mundial contra el imperialismo. La guerra de Vietnam es nuestra propia guerra, ese heroico país ha sido convertido en un laboratorio de experimentación imperialista para aplicar después las desarrolladas técnicas guerreras de destrucción contra el pueblo de todo nuestro continente. Allí se ha visto claramente cómo el imperialismo no solamente viola las fronteras, sino que las borra, reivindicando su “derecho” de perseguir a los patriotas de las FAPLN a través de Camboya o Laos, bombardea las aldeas de esos países y extiende impunemente su brutal genocidio.

Lo mismo pasará en América Latina, explicó el Ché. Las fronteras son conceptos artificialmente impuestos por el imperialismo para separar a los pueblos. Los pueblos que reconocen fronteras están condenados al aislamiento y su liberación será más lenta y dolorosa. El concepto de frontera será roto por la acción. Cuando nuestra guerrilla se desarrolle, los gobiernos vecinos enviarán primero armas, asesores, aprovisionamiento. Tratarán de cercarnos. Luego su lucha será coordinada. Los ejércitos se unirán en acción antiguerrillera. Cuando sean incapaces de vencernos intervendrán los “marines” y el imperialismo desencadenará todo sU poder mortífero. Entonces nuestra lucha será idéntica a la que libra el pueblo vietnamita. Los revolucionarios comprenderán, si es que todavía no sienten esa necesidad, que es preciso unirse para enfrentar coordinadamente y como una sola fuerza, a los opresores.

Muchas de las frases previstas por el Ché se cumplieron.

Indudablemente las restantes también se habrían puesto en práctica, ya que el imperialismo, en esa época, había concentrado sus estudios de inteligencia y análisis en los escritos de nuestro Comandante y, con mucha agudeza, había captado la dirección de su estrategia. El Ché también estaba consciente de este problema, como lo veremos más adelante. Por desgracia, sólo las fuerzas “progresistas” o las que se autodenominan “vanguardia” eran extremadamente miopes o cobardes. Por eso eludían, distorsionaban o no entendían el sentido de la lucha.

Durante el desarrollo de la guerra, los norteamericanos enviaron a Bolivia gran cantidad de armamento moderno, de inmenso poder mortífero, que ya había sido experimentado en Vietnam, y “asesores” con larga experiencia en contraguerrillas. Estos últimos estaban encargados de convertir a los soldados en autómatas, con una mentalidad sádica, en seres inhumanos e inescrupulosos, como lo demostraron más tarde.

Por otra parte la CIA instaló su cuartel general en el Palacio Quemado en forma grosera, mostrando a Barrientos como lo que es: una simple figura decorativa; luego ordenó a los gobiernos limítrofes que cerraran sus fronteras a los revolucionarios, e impidieran cualquier tipo de colaboración.
Las huellas digitales del imperialismo aparecían grotescas cuando después de cada batalla capturábamos fusiles SIG (una variación del FAL belga), granadas norteamericanas con inscripciones de la ÑATO o latas de alimentos enviadas como “fraternal” contribución por los ejércitos de Argentina, Brasil, Paraguay o Perú, transportadas impunemente por territorios de esos países.

IV) La deserción del P. C.

El Ché era hombre de una sola palabra y con un sentido de lealtad extraordinariamente desarrollado. Si se examina su Diario en la fecha correspondiente al 27 de noviembre de 1966, aparecen dos problemas que a simple vista no tienen mayor importancia, pero que con el transcurso de los días cobrarían gran relieve. Dice: “Ricardo trajo una noticia incómoda: el Chino está en Bolivia y quiere mandar veinte hombres y verme. Esto trae inconvenientes porque internacionalizaremos la lucha antes de contar con Estanislao”.

Luego anota:

“En conversación preliminar con el Inti, éste opina que Estanislao no se alzará, pero parece decidido a cortar amarras”.

Estos breves apuntes del Ché, consignados sólo para su uso personal, tienen antecedentes más sólidos que los que pude conocer y apreciar, porque me dio una amplia información y luego porque fui testigo de muchos acontecimientos.
Ramón tenía esperanzas de que el Partido Comunista cumpliera fielmente su compromiso. “Los Partidos Comunistas latinoamericanos” -nos explica al día siguiente de nuestra llegada- tienen una estructura institucional inadecuada para las condiciones de la lucha actual. Tal como están constituidos son incapaces de tomar el poder, y derrotar al imperialismo. Incluso muchos de sus dirigentes, como Jesús Farías, Vittorio Codovilla, etc., se han anquilosado, son arcaicos.”

Luego de hacer este análisis hizo resaltar su fe de que en alguna parte de este continente alguno de estos partidos podría asumir una conducta revolucionaria. El Ché pensaba que ese papel lo podría jugar el PCB.

“Me da esa impresión, afirmó, porque el Partido es nuevo, sus dirigentes son jóvenes y, especialmente, por el inmenso peso moral de los compromisos que han adquirido, desde hace bastante tiempo, con la revolución continental”.

Este planteamiento refleja la pureza moral del Ché, su acendrada lealtad y firmeza para respetar los compromisos.

Pero el Partido y sus dirigentes, especialmente Monje, cuyo nombre clandestino era Estanislao, no tenían esa escala depurada de valores morales. Acostumbrados a pactar con partidos corrompidos, con dirigentes traidores y oportunistas, con políticos venales que comerciaban sus principios, habían adquirido esas mismas taras. Por eso le dije a Ramón que estaba seguro que el Partido no se alzaría y mucho menos lo haría Monje, a quien ya consideraba un cobarde.

Este juicio no era arbitrario. Monje había recibido entrenamiento militar junto con otros compañeros que más tarde murieron con el Ché. En esa oportunidad, por propia iniciativa, propuso un “pacto de sangre” que los ataba, defendiendo la lucha armada hasta la muerte.

Esta conducta había impresionado a muchos. Pero tal imagen se borraría pronto. Monje estaba informado de la preparación del foco, y nueve meses antes del primer combate, en julio de 1966, ya estaba en contacto directo en La Paz con Ricardo y Pombo. En esa época se había comprometido a designar a veinte hombres del PCB para que se incorporaran a la lucha armada. Un mes más tarde, cuando los compañeros le preguntaron por esos veinte guerrilleros en potencia, contestó -¿Qué veinte hombres?

Días después Monje amenazó con retirar a los cuatro compañeros bolivianos que trabajaban con los compañeros cubanos en la preparación del foco desde hacía meses. Tal conducta era no sólo la de un hombre vacilante, sino también la de un político extorsionador que quiere sacar el mejor provecho posible a situaciones conflictivas creadas por él mismo.

El 28 de setiembre en una reunión que tuvo con Ricardo y con Pombo en La Paz sugirió que se asignaran tareas a diversos núcleos del Partido para garantizar una “mejor organización” de la lucha.

En esa oportunidad fue desleal incluso con su organización, porque planteó “despistar al Secretariado del PCB” ya que hablan mucho. Incluso informó de que en el Congreso del Partido Comunista del Uruguay, Kolle había dado cuenta de los planes que existían sobre Bolivia, y Arismendi exigía que todos los Secretarios Generales de PC conocieran el problema. Según Monje el Secretario General del PC uruguayo había amenazado con informar personalmente si los bolivianos no se decidían a hacerlo. A principios de octubre Monje se reunió nuevamente con los compañeros anunciando que el CC del PCB “había dado un paso positivo al aceptar unánimemente la línea de la lucha armada como la vía correcta para llegar al poder”. Agregó despectivamente: “Muchos apoyan la lucha armada sólo verbalmente porque son físicamente incapaces de participar en ella.”

Pero días más tarde volvió a crear problemas exigiendo incluso dinero para financiar los sueldos de los funcionarios del partido, cuestión a la que los compañeros accedieron.

En esas condiciones llegamos al monte. Mi desconfianza en la dirección del PCB se había ahondado por otra serie de conversaciones que había sostenido con él. Sin vacilaciones saltaba de un extremo al otro. Sus dudas políticas las justificaba con el amor a la familia. Querer a la familia es un acto natural de un guerrillero porque la lucha, si bien es cierto, es dura, está motivada por un profundo sentimiento de amor. Por eso le dije en alguna oportunidad:

-Creo que amo a mi familia tanto o más que tú. Pero mi mundo no es sólo mi familia: es todo el pueblo. Porque yo no quiero que mis hijos vivan en una sociedad canibalesca, donde el más fuerte devora al más débil, y el más débil es siempre el hijo del pueblo. Debemos mejorar esta sociedad y ella no se mejora si tenemos actitudes escapistas o cobardes. Es necesario combatir.

De allí que en la primera conversación que tuve con el Ché le manifesté con franqueza mi desconfianza en la acción del partido y en la conducta de Monje. Incluso le propuse que, dado el cargo que aún ocupaba en el Comité Regional de La Paz, podía reclutar a la mejor gente para ingresarla a nuestro núcleo guerrillero.

El Ché me respondió que esta actitud era equivocada pues con el Partido las relaciones debían desarrollarse en un plano de mutua lealtad. En la misma oportunidad recalcó con firmeza: “Estoy siempre dispuesto a entregar toda mi experiencia guerrillera al PCB e incluso darles la dirección política de la guerra.”

Por eso en el Diario aparece como una frase en clave la referencia al Chino y a Estanislao, aunque como dos cuestiones separadas. Pero es evidente que tienen relación: el Ché no quería que se incorporaran combatientes de otros países sin definir la situación con Estanislao, a pesar de que la conducta de éste no había sido honesta. De todas maneras Monje conocía con anterioridad cuál iba a ser el alcance de la guerra y estaba de acuerdo. Pero el Ché quería reiterárselo personalmente.

Llegada al primer campamento

Así llegamos a la víspera del Año Nuevo. El 31 de diciembre llegaron a la Casa de Calamina Monje, Coco, Tania y Ricardo, que desde ese día se quedaría definitivamente con nosotros.

Con el Ché nos trasladamos al primer campamento.

Monje estaba muy nervioso. En el trayecto de la ciudad a la finca Coco le había dicho que Ramón estaba dispuesto a darle la dirección política de la guerrilla al partido, pero que no le entregaría la dirección militar, lo que él, Coco, consideraba justo. Luego presionó a Monje para que se decidiera a incorporarse pronto a nuestro núcleo. Monje nos dio la mano muy fríamente.

Mientras el Ché saludaba a los otros compañeros me preguntó:

-¿Y cómo esta aquí la cosa?. Le repliqué: -Está muy bien, ya lo verá. Además llegas oportunamente porque la guerra hay que empezaría pronto. Decídete a luchar con nosotros.

Monje contestó: -Ya lo veremos, ya lo veremos…

Ché y Monje partieron solos y conversaron durante unas horas. Tarde regresaron al campamento base. Cuando llegó vio a nuestra gente, la saludó y empezó a hablar con todos. Luego examinó la disposición del campamento y entonces hizo el siguiente comentario:

-Éste es un verdadero campamento. Cómo se nota que aquí hay dirección efectiva que sabe lo que quiere, aquí tiene experiencia. Luego alabó la defensa que el Ché había planificado y la división de nuestra columna en vanguardia, centro y retaguardia. Dijo otra frase que recuerdo bastante bien:

-Todo esto demuestra una preparación combativa eficaz.

Al poco rato Monje me pidió conversar con los compañeros bolivianos. Inmediatamente consulté con el Ché para preguntarle si esto era posible. Ché contestó afirmativamente. Se inició entonces una reunión dramática, tensa a veces persuasiva en otros momentos, dura en otros pasajes. Monje relató a rasgos generales su conversación con Ramón, y luego centró el problema a tres puntos fundamentales, que son los que aparecen en el Diario:

1) - Renunciaré a la Dirección del Partido, porque creo que el Partido como tal no entrará en la lucha, pero por lo menos trataré de lograr su neutralidad. También trataré de sacar de la organización algunos cuadros para la lucha.

2) - Le exigí al Ché que la dirección político-militar de la lucha debe corresponderme en forma exclusiva a mí por lo menos mientras ésta se desarrolle en Bolivia. Cuando se continentalice podemos hacer una reunión con todos los grupos guerrilleros y en esa oportunidad yo haré entrega del mando al Ché, delante de todos.

3) - Le propuse al Ché manejar las relaciones con otros partidos comunistas latinoamericanos y tratar de convencerlos para que apoyen a los movimientos de liberación. Enseguida explicó con más detalles estas cuestiones y agregó con firmeza:

-No hemos llegado a ningún acuerdo.

La actitud del representante del PCB

Las palabras de Monje no nos sorprendieron, pero causaron un impacto doloroso, sobre todo en compañeros que aún tenían esperanzas en él y el partido.

Surgieron preguntas exigiendo mayores antecedentes. Monje desarrolló de la siguiente manera sus planteamientos:

-Esta guerrilla debe dirigirla el Partido. Por eso como Primer Secretario debo tener la dirección total en lo militar y en lo político. Yo no puedo quedarme en un lugar secundario porque donde quiera que esté represento al Partido. El mando militar es una cuestión de principios para nosotros, tan de principios que el Ché no me lo quiere entregar. Por eso nuestro desacuerdo es absoluto aun cuando en otros aspectos coincidamos o él accede a nuestras peticiones. Sentenciosamente agregó: -Cuando el pueblo sepa que esta guerrilla está dirigida por un extranjero le volverá la espalda, le negará su apoyo. Estoy seguro que fracasará porque no la dirige un boliviano, sino un extranjero. Ustedes morirán muy heroicamente, pero no tienen perspectivas de triunfo. Las palabras de Monje nos indignaron sobre todo cuando calificó al Ché de “extranjero”, negándole estúpidamente su calidad de revolucionario continental. Pero su desvergüenza llegó a extremos cuando nos propuso desertar.

-Ustedes, dijo, tienen libertad y garantías para abandonar la lucha. Váyanse ahora conmigo. Nosotros sólo tenemos un compromiso: aportar cuatro compañeros para trabajar con el Ché en cualquier parte. El resto debe partir. El que quiera quedarse puede hacerlo. El Partido no tomará ninguna medida represiva. Pero como Primer Secretario les aconsejo que se vayan conmigo.

El solo hecho de que nos pidiera abandonar al Ché en el monte era una actitud traicionera. Tal vez pensó que alguno iba a aceptar su miserable proposición. Todos le replicamos con firmeza que no nos íbamos. Que él se quedara, que era un falso orgullo revolucionario negarse a estar bajo las órdenes de otro, sobre todo cuando ese “otro” era nada menos que el Ché, el revolucionario más completo y más querido, el hombre junto al cual querían luchar miles de latinoamericanos. Algunos compañeros, el Ñato Méndez entre ellos, le rogaron que se quedara. El Ñato, que quería mucho al Partido, pero que amaba más profundamente a la revolución, le dijo con palabras que denotaban emoción:

-Quédate, Mario. Tu permanencia con nosotros significará levantar el prestigio del PCB y de todos los partidos comunistas latinoamericanos, que han perdido toda autoridad por falta de acción, por su conciliación con el enemigo. Salva tu prestigio de comunista y quédate.

Luego intervino Carlos tres o cuatro veces insistiendo:

-Mario, no te vayas. Tú no debes asumir una posición tan claudicante. Es increíble que el partido se porte en forma tan vacilante. Nosotros estamos seguros que triunfaremos.

“Jamás hemos pensado en un fracaso. Estamos seguros de la victoria. Sin el Partido nos costará un poco más, pero tenemos al Ché. En él tenemos confianza y sabemos que nos llevará a la victoria. Nuestra revolución triunfará porque el pueblo comprenderá tarde o temprano que nuestro jefe no es un “extranjero”, como tú dices, sino un revolucionario, el mejor de todos, y la tarea tuya y la del Partido es, precisamente, esclarecer en el pueblo que el Ché es un revolucionario continental y no un extraño.

Otros compañeros le dijimos a Monje que el internacionalismo proletario no debe aprisionarse en un marco tan estrecho. La presencia del Ché entre nosotros, le recalcamos, es una verdadera muestra de internacionalismo proletario.
Más adelante nos aseguró que renunciaría a la Dirección del Partido, porque ya nada tenía que hacer dentro de la organización.

-Para mí, afirmó, es evidente que el único camino es la lucha armada, pero no ésta, sino una forma de sublevación general. Como este planteamiento no es posible hacerlo dentro del Partido, mi cargo no tiene mayor validez. Quedaré como un pobre diablo. Por eso es mejor que me vaya.

Le preguntamos: -¿Qué vas a hacer? ¿Te dedicarás a tu profesión de maestro o a otra actividad?

Respondió: -Posiblemente me tengan a su lado como un combatiente más. Yo no tengo otra salida que la revolución. Más tarde conversando con otros compañeros bolivianos les manifestó que él no quería convertirse en un traidor al Partido (sin embargo ya había traicionado a la revolución). Como broche de oro colocó a la conversación el siguiente final:

-Yo no estoy para convertirme en un Van Troi.

Con ello quería significar que Van Troi, el héroe vietnamita asesinado por los norteamericanos, joven que es ejemplo para todos los revolucionarios del mundo, se había convertido en un “mártir inútil”. Basta esa frase para sentir por Monje un profundo desprecio. Pero el tiempo lo mostraría enfangando aun más su conducta y la de su partido. La reunión fue penosa en sí, no tanto por el impacto emocional que había provocado entre los compañeros bolivianos, sino más bien por su actitud y sus conceptos que lo retrataron como cobarde, traidor y chauvinista. Esa noche se hizo un brindis. Yo no estuve, porque a esa hora, cuando en la ciudad estaban anunciando con cohetes y campanas al vuelo el advenimiento del año 1967, me tocaba hacer posta. Los compañeros me contaban que Monje, alzando su copa, afirmó que allí en Ñancahuazú se iniciaba una nueva gesta libertaria y deseó éxito a nuestra guerrilla. El Ché respondió que efectivamente se iniciaba una nueva gesta libertaria y que este grito de independencia era similar al que había iniciado Pedro Domínguez Murillo. Tal vez muchos, dijo Ramón, no lleguen a ver el triunfo final. Pero para triunfar hay que dar la primera batalla. Y ese momento ha llegado, agregó.

-Éste es un grupo decidido a combatir, no como soldados suicidas, sino como hombres que saben que obtendrán la victoria. Pero aun suponiendo que en esta etapa no se logre el triunfo definitivo, estamos seguros que este grito de rebeldía llegará al pueblo. A la mañana siguiente Monje se despidió abruptamente. El Ché lo invitó a quedarse hasta la tarde, hora en que regresaba el jeep a la ciudad.

-¿Qué vas a hacer solo en el primer campamento? - le preguntó.

-Prefiero estar solo allá, respondió Monje.

Era evidente que estaba nervioso y no se atrevía a quedarse con nosotros porque se sentía incómodo. En la tarde el Ché nos reunió a todos y nos explicó la actitud de Monje, sus exigencias, y la forma en que había forzado la ruptura. Dirigiéndose a los combatientes bolivianos anunció:

-Especialmente para ustedes vendrán días difíciles, momentos de angustia moral, conflictos emocionales. Puede ser que en algún momento de la lucha recuerden este episodio, la falta de apoyo del Partido y piensen que a lo mejor el PC tiene razón. “Mediten mucho. Todavía es tiempo. Más tarde será imposible. A los que tengan problemas trataremos de solucionárselos mediante la discusión colectiva o a través de los comentarios”. En esa misma oportunidad nos comunicó que contactaría con todas las fuerzas que quisieran incorporarse a la revolución.

Le informé plenamente a Ramón la conversación que Monje había tenido con nosotros y las objeciones que hacía.

-Son las mismas que me hizo a mí, contestó.

Luego me dio a conocer otros detalles que no aparecen consignados en su Diario. El diálogo, tal como me lo contó Ramón, lo recuerdo claramente:

MONJE: Mientras la guerrilla se desarrolle en Bolivia exijo la dirección total. Si la lucha se efectuara en Argentina estoy dispuesto a ir contigo aunque nomás fuera para cargarte la mochila. Pero mientras estemos aquí en Bolivia el mando absoluto lo debo tener yo.

Ché: Esto es un criterio estrecho y absurdo respecto al internacionalismo proletario. El tipo de lucha que estamos planteando sobrepasa los marcos nacionales. Aun cuando estuviera dentro de ese esquema ¿crees tú que es una posición marxista exigir el mando como un derecho de nacionalidad? Tú estás equivocado. Eso no es internacionalismo proletario. Te voy a poner el siguiente ejemplo: si Fidel fuera a Argentina a iniciar la guerra, yo me pondría de nuevo incondicionalmente a las órdenes de Fidel, por la posición histórica que él tiene, y porque tú bien sabes que lo considero mi maestro. Por ese mismo cariño y respeto que yo tengo a Fidel aceptaría gustoso su mando. ¿O crees que haría cuestión de nacionalidad? Esa misma relación existe entre tú y yo. Las circunstancias históricas me han situado en determinado lugar. Tengo una experiencia militar que tú no tienes. Tú no has participado en ninguna. Ahora te pregunto: ¿tendrías la misma posición si en este momento no estuviera yo contigo aquí en Ñancahuazú sino Malinovski?

MONJE: Ni aun cuando viniera Lenin. Mi conducta sería la misma. Irónicamente el Ché replicó.

Ché: Si estuviera Malinovski aquí estarías hablando en otros términos.

En otro momento de la conversación Ramón le dijo con firmeza:
Ché: yo ya estoy aquí, y de aquí sólo me sacan muerto;

Este es nuestro territorio.

Cada vez que se le terminaban los armamentos, Monje volvía al círculo vicioso del mando total y a la categoría de “extranjero” de Ramón y enredando sus propias contradicciones e inseguridades que se aprecian claramente en sus diálogos. Más adelante la conversación continuó así:

Ché: Bien, el problema es de mando efectivo. Imagínate que tú seas el jefe de la guerrilla. Pero ¿qué pasará cuando se sepa que aquí están Ché Guevara y Mario Monje? Nadie va a creer que Mario Monje está dirigiendo la guerrilla y que Ché Guevara está a las órdenes de Monje. Independientemente de que eso fuera así, todo el mundo sabe que yo tengo mas capacidad que tú para dirigir esta columna. La falsa modestia no nos conduce a nada. Tú puedes aparecer como jefe, firmar todos los comunicados en nombre de nosotros, pero la dirección real y efectiva la tengo yo.

MONJE: La dirección tiene que ser real y desde el principio debe estar en mis manos. Por mi falta de experiencia te pediré consejo y asesoramiento hasta que yo adquiera capacidad de dirección y pueda hacerme cargo solo de Ia guerrilla. Tú puedes ser mi asesor más importante.

Ché: Aquí no soy asesor de nadie. No soy partidario de eludir las responsabilidades y un asesoramiento significa eso: eludir responsabilidades. Nunca me consideré asesor.

MONJE: Pero es ridículo que yo aparente ser jefe. Tú sabes que la CIA puede infiltrar esta guerrilla y el agente de la CIA se dará cuenta inmediatamente de que yo no soy el jefe efectivo. Esa noticia saldrá afuera y todo el mundo pensará que soy un “monigote”.

Ché: Sí de eso se trata estoy dispuesto a levantarme todas las mañanas, cuadrarme delante de ti en presencia de la tropa y pedirte las instrucciones para dejar satisfecho al agente de la CIA.

A pesar de la actitud a veces agresiva de Monje, Ché mantuvo siempre gran serenidad. Cuando Monje le planteó que renunciaría al Partido, le contestó que ése sería un problema personal, pero que lo consideraba un error, porque protegía el nombre de quienes debían ser condenados históricamente por su posición claudicante.

También aceptó que Monje solicitara ayuda a otros partidos comunistas latinoamericanos para la lucha guerrillera aunque le advirtió que era una gestión inútil, condenada al fracaso; le dijo:

-Pedirle a esos partidos que colaboren con la lucha armada es exigirles que renuncien a su razón de existir; solicitarle a Codovilla que apoye a Douglas Bravo es igual que exigirle que perdone un alzamiento dentro de su partido.
Otro aspecto conflictivo tratado en esa oportunidad fue la contactación con el grupo de Moisés Guevara. Monje se oponía tenazmente pero sólo daba razones de tipo partidario sin consistencia. Calificaba a Moisés como un “pro-chino”. Eso bastaba para estigmatizarlo. Ché le planteó a Monje:

-¿Por qué tienes esa posición tan sectaria? Nuestra guerrilla debe abrirles las puertas a todos los que quieran participar. Tenemos una concepción de la toma del poder revolucionario y si hay gente honesta que coincide con nosotros no debemos rechazarla. Es absurdo asustarnos porque el poder para el pueblo lo tome, en determinado momento, un grupo que se llame tal o cual cosa. Del seno de la lucha armada surgirán los nuevos dirigentes y no es justo tener prejuicios al respecto, pues la dirección la asumirán siempre los más consecuentes.

“La convivencia diaria, las batallas que se dan juntos, el permanente jugarse la vida, va desarrollando una hermandad de sangre, mejora a los hombres, los convierte en seres más honestos, más puros. Así como hay gente buena y mala dentro de lo que tú llamas “pro-chinos”, también hay gente buena y mala dentro del PC.

El tiempo daría la razón al Ché y reivindicaría a Moisés Guevara. En cambio condenaría como traidores y cobardes a Monje y los otros dirigentes claudicantes. Moisés Guevara era un hombre honesto. Dirigente minero combativo, querido por sus bases, amaba la revolución. Se incorporó al Partido Comunista Pro-Chino convencido de que Zamora y su dirección sinceramente se incorporarían a la lucha armada, con un contingente proletario numeroso. Pronto se dio cuenta de que Zamora era tan oportunista y falso como otros autodenominados “vanguardistas”. Sin embargo dentro del Partido peleó por el cumplimiento de las promesas que se hacían al pueblo: iniciar la lucha armada. En una conferencia partidaria realizada en Huanani, precisamente la zona donde Moisés tenía mayor ascendiente, el PC pro-chino lo expulsó, acusándolo de estar en “contubernio con la camarilla de Monje” para ingresar a la guerrilla.

Aunque la incorporación de Guevara y otros compañeros de ese grupo se produce mientras nosotros realizábamos la marcha de exploración con el Ché, es necesario examinar este problema en el presente capítulo.

La gente que trabajaba con nosotros en la ciudad había contactado a Moisés a mediados de 1966. Él se había comprometido a entrar al monte con veinte hombres. Después del regreso de Monje desde Ñancahuazú, Ramón decide hablar directamente con Guevara, y exigirle que su incorporación debe ser incondicional, incluyendo la disolución de su grupo. Existía un leve temor de que en algún instante pudieran producirse roces entre estos compañeros y los que ya estábamos dentro, por las discrepancias chino-soviéticas.

Moisés llegó a nuestro campamento y conversó con el Ché. Con una modestia y sinceridad extraordinarias, planteó: “Yo no vengo aquí a poner condiciones, sino a solicitar mi ingreso como un soldado más. Para mí es un honor combatir al lado del Ché, el revolucionario que más admiro.”

La conducta de Moisés fue magnífica. Nunca hubo problemas con él, y ese temor de que afloraran discrepancias políticas se disipó inmediatamente. Se produjo lo que el Ché había previsto: la lucha hermana a los hombres, desarrolla los sentimientos solidarios y fortalece la ideología. Murió meses más tarde, combatiendo heroicamente junto al grupo de Joaquín.

Distinto fue el destino de Zamora. El hombre que aparecía como ultrarrevolucionario condenó a los que ingresaban a la guerrilla. El Ché también tenía un juicio formado sobre Zamora. En La Habana, cuando aún desempeñaba su cargo de Ministro de Industrias, había conversado durante un tiempo con él. Zamora, militante del PC, le contó al Ché que volvería a La Paz a dividir el Partido y que formaría otro porque el PCB era incapaz de hacer la revolución.

Ramón le manifestó: “La división del Partido para formar otro no tiene objeto, es inútil, no contribuye en nada al desarrollo de la lucha armada. Muchas veces esos grupos son los más sectarios o los más obcecados enemigos de la guerrilla o de cualquier otro tipo de lucha que no se ajuste exactamente el pensamiento de Mao.

“Yo estoy de acuerdo que un grupo se separe del Partido si evidentemente va a ingresar a la lucha armada porque el Partido mantiene una posición claudicante. Pero la división porque sí se llama simplemente politiquería.

Zamora obtuvo el ofrecimiento de valiosa ayuda para desarrollar la lucha armada. Incluso si empezaba los trabajos se le asignaría, como un colaborador importante, un hombre que más tarde continuaría jugando un gran papel en el trabajo de preparación del foco guerrillero: Ricardo. Ché pensaba que las condiciones objetivas y subjetivas más ricas para iniciar la lucha de liberación en el cono sur del continente estaban en Bolivia. Allí iba a partir a mediados de 1965, luego de finalizar su gira por Asia y África.

Pero a pesar de tener gente de experiencia a su lado Zamora se preocupó más de dividir al PCB y a desatar rencillas de tipo personal, que en dedicarse honestamente a la preparación de un trabajo tan importante y delicado. Desaprovechó esta oportunidad histórica, postergó la apertura del foco y esterilizó la acción. Más tarde tuvo la osadía de condenar a los militantes de su fracción que, convirtiendo en realidad los planteamientos que formulaban, se incorporaron con nosotros a la guerrilla.

La vergonzosa deserción del Partido Comunista
nos provocó graves problemas. En la ciudad nos quedamos prácticamente sin organización. El trabajo de Coco, Loyola, Rodolfo y Tania era insuficiente para atender nuestras necesidades, cada vez más crecientes.

Estábamos en los umbrales de la guerra y era necesario armar una red clandestina que funcionara en La Paz, se ramificara a otras ciudades y pueblos hasta desembocar en nuestro centro militar. Éstas eran las tareas asignadas al PCB. Todavía teníamos que trasladar hasta el monte gran cantidad de provisiones, armas y hombres que se integrarían a nuestra columna. El trabajo de Coco y Rodolfo fue abrumador. Una serie de acontecimientos que ocurren más tarde, aparecen como “errores tácticos”. La verdad es que no los hubo. Si tal situación se produjo fue por efecto de la traición de Monje, que agravó su cobardía saboteando la labor de los compañeros que no acataron sus órdenes y se integraron lealmente a la lucha guerrillera. Un ejemplo: La finca donde estaba la Casa de Calamina debía protegerse con una buena “fachada legal”. Ché era partidario de que allí se llevara un ingeniero agrónomo para que hiciera producir, ya que era sospechoso que tan extensa propiedad sólo estuviera cultivada por cinco hectáreas de maíz. En cada viaje que venían compañeros de la ciudad, Ramón insistía en el ingeniero agrónomo. La finca no era para nosotros una zona de operaciones. Pero los compañeros no pudieron conseguir el agrónomo -problema que tenía que solucionar el Partido- -, porque se dedicaron a atender las necesidades más urgentes de la guerra.

El Ché decía: -Si la finca se “quema”, que no sea por culpa de nosotros. Que la descubra el ejército, pero nosotros no se la entregaremos porque sí.

Por las razones explicadas, nunca se pudo dar a esa propiedad una fachada legal.
Por otra parte, cuando Coco regresa a la ciudad, después de dejar a Monje nos informa de los primeros aprestos del Partido contra la guerrilla. El famoso Estanislao, hombre que en entrenamiento militar había hecho un “pacto de sangre” jurando no abandonar jamás la lucha armada, alertaba al Comité Central diciendo que en Ñancahuazú había un grupo armado que iniciaría la lucha guerrillera, formado por muchos extranjeros y un núcleo de bolivianos.

Algunos miembros del Comité Central decidieron apoyar activamente nuestra lucha, pero entonces Monje, esgrimiendo sus mejores recursos de politiquero corrompido, tocó las fibras sectarias de los dirigentes del PCB y nos acusó de ser “pro-chinos”, fraccionalistas y enemigos del Partido que se han aliado con la “camarilla de Zamora”. Zamora por su parte condenó a los guerrilleros por “fraccionalistas”, revisionistas, enemigos del Partido que se alían con la “camarilla de Monje”.

¡Los enemigos irreconciliables unidos por su odio a la lucha armada de liberación de Bolivia!

Pero la traición no tuvo límites. Monje y el PCB se movilizaron por todo el país alertando a las bases contra el “grupo fraccional”, impidiendo con engaños que algunos militantes honrados se incorporasen al trabajo en la ciudad e interceptaban a los hombres que regresaban al país con entrenamiento militar y los convencieron de que no ingresasen a la guerrilla. La conducta de los que estaban preparados para luchar y no lo hicieron por presión del Partido no debe calificarse de debilidad ideológica, realmente fue cobardía.

V) el monte: escuela para el
Hombre nuevo

Los problemas provocados por la deserción del Partido en el instante que más precisábamos de él no fue obstáculo para que nuestro grupo guerrillero elevara su moral y realizara trabajos preparatorios que tenían carácter educativo.
El Ché estimaba que el hombre, cuando esta metido en el monte, proscribe los hábitos de la ciudad, no sólo por la dureza con que se desarrolla la lucha y falta de contacto con algunas formas culturales o de “civilización”. La vestimenta andrajosa, la falta de higiene personal, la comida escasa y a veces primitiva, muchas veces la carencia de utensilios domésticos, obliga al guerrillero a adoptar ciertas actitudes semi-salvajes.

Ché combatía con energía esta conducta y orientaba el trabajo para estimular un espíritu constructivo y creador del guerrillero, la preocupación por la ropa, las mochilas, los libros y todo lo que constituía nuestros “bienes materiales”. Por eso dirigió con cariño las “obras públicas” del segundo campamento, ubicado a unos ocho kilómetros de la Casa de Calamina. Rápidamente se construyeron bancos, un horno para el pan, que estaba a cargo de Apolinar, y otro tipo de “comodidades”. Regularmente ordenaba lo que él bautizó como “guardia vieja”: una limpieza a fondo de todo el campamento. Algunos periodistas y críticos de nuestra guerra han considerado que ese campamento era la base de operaciones estables. Es una apreciación falsa. Ramón nunca pensó quedarse ahí definitivamente. Todo el trabajo realizado, con excepción de las cuevas estratégicas, tuvo el carácter ya descrito: para que el hombre estuviera en permanente actividad y no perdiera sus costumbres adquiridas.

Primera escuela de “cuadros”

Allí surgió también lo que podría denominarse la primera “escuela de cuadros”. Todos los días de 4 a 6 de la tarde los compañeros más instruidos, encabezados por el Ché, daban clases de gramática y aritmética, en tres niveles, historia y geografía de Bolivia y temas de cultura general, además de clases de lengua quechua. En la noche, a los que deseaban asistir voluntariamente (las clases de la tarde eran obligatorias). Ché les enseñaba francés. Otro tema al que le daba primerísima importancia era el estudio de la Economía Política.

Frecuentemente nos señalaba el papel de “vanguardia de la vanguardia” que tiene el guerrillero. Pero para hacer honor a esa denominación, afirmaba, es necesario que ustedes se conviertan en cuadros dirigentes.

-El guerrillero, recalcaba Ramón, no es un simple tira-tiros.

Es el gobernante en potencia, el hombre que en algún momento se convertirá en el conductor de su pueblo. Por eso debe estar preparado para cuando llegue ese momento. Siempre buscaba la oportunidad para ponernos de ejemplo a Fidel y la Revolución Cubana, especialmente cuando se refería a la necesidad urgente de consolidar y desarrollar la revolución después de la victoria.
-Cuando nosotros triunfamos y tomamos el poder en Cuba, nos decía, nos encontramos con un problema más difícil que el de la guerra: no teníamos gente capacitada para asumir responsabilidades. En un principio los cargos burocráticos se designaron prácticamente “a dedo”. La rápida ruptura con el imperialismo nos mostró la dramática realidad: nos faltaban expertos para dirigir la economía, las industrias, la agricultura. Especialmente doloroso resultó comprender que no teníamos gente preparada en niveles intermedios, para orientar y dirigir a la masa que en contacto con la revolución había adquirido una sensibilidad extraordinaria y estaba ansiosa de aprender. Nos faltaban cuadros, es decir, hombres con un adecuado desarrollo político para interpretar las directivas que emanaban del poder central, convertirlas en realidad, trasmitiéndolas sin distorsiones a ese conglomerado de hombres y mujeres que tenían fe en nosotros, y a la vez poseer la suficiente sensibilidad como para percibir las manifestaciones más íntimas de ese núcleo humano y, a su vez, darlas a conocer al poder central.

Para el Ché, el cuadro debía reunir, entre otras, las siguientes cualidades:

-Gran valor físico y moral, desarrollo ideológico que le permita defender con su vida los principios revolucionarios, capacidad de análisis para tomar decisiones rápidas y adecuadas, sentido de la creación, disciplina y fidelidad.

El Ché quería que nosotros nos desarrolláramos no tan sólo como cuadros, sino también como hombres nuevos dentro del proceso de la lucha guerrillera. Constantemente nos repetía que teníamos que ser los mejores, el núcleo que debía convertirse en maestro de los nuevos combatientes que se fueran incorporando.

Pero esa formación del ‘”hombre del futuro”, la toma definitiva de conciencia de clase que nos debía convertir en agente catalizador de las aspiraciones e inquietudes de la masa, teníamos que adquirirla en el transcurso de la guerra.

El Ché consideraba que el hombre es un ser fácilmente moldeable. Esta verdad la había descubierto la sociedad capitalista, por eso nos había educado en el respeto hacia el sistema. En las frecuentes conversaciones que teníamos durante las caminatas o en las exploraciones, nos instaba a eliminar las taras de la vieja sociedad decadente, “tomar conciencia”. La conciencia era para él un valor fundamental. Su definición era breve y certera:

-No puede verse el comunismo meramente como un resultado de contradicciones de clase en una sociedad de alto desarrollo, que fueran a resolverse en una etapa de transición para alcanzar la cumbre; el hombre es un actor consciente de la historia. Sin esta conciencia, que engloba la de su ser social, no puede haber comunismo.

La toma de conciencia que significa romper las cadenas que atan al hombre con la sociedad decadente, equivale a su realización plena como criatura humana.

Otro de los rasgos que estimulaba era el amor hacia sus semejantes.

A mi juicio uno de los trabajos que retrata mejor al Ché como hombre, como político revolucionario, como el hermano más generoso de los pueblos oprimidos, es “El Socialismo y el Hombre en Cuba” en el que plantea:

“Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esa cualidad. Quizás sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe reunir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se le contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible. No pueden descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita.”

Ché fue generoso siempre. Fuimos testigos de cómo trató sin rencor a los soldados enemigos, curó sus heridas aun restando medicamentos a nuestra propia gente, les dio trato digno y justo. Más tarde ellos, animalizados por el imperialismo, responderían a este gesto asesinándolo cobardemente.

Las lecciones del Ché estén vigentes y creemos que se plasmarán en los hombres del E.L.N., el ejército que él fundó.

VI) el nacimiento del ELN

En vísperas de la caminata que se inició el 1º de febrero, cuya duración estaba programada para aproximadamente 20 días, ya se podía hablar de un núcleo guerrillero vertebrado, que se dividía en vanguardia, centro y retaguardia. A mediados de diciembre Ché había hecho los primeros nombramientos, que recayeron en Joaquín como segundo jefe militar, y jefe de la retaguardia, Marcos jefe de la vanguardia, Alejandro como jefe de operaciones; Pombo de servicios; Ñato de abastecimientos y armamento y Rolando y yo como comisarios políticos. Además se me encargaron las tareas de finanzas. Moro fue designado jefe de los servicios médicos. De esta manera, al iniciar nuestra larga exploración, la columna ya estaba estructurada, para rendir su primera prueba de fuego. Los objetivos que el Ché había planteado para esta maniobra militar eran los siguientes.

-Dar un fuerte entrenamiento al núcleo guerrillero para que adquiriera experiencia, se endureciera, aprendiera a sobrevivir en las condiciones más difíciles, conociendo lo que es el hambre, la sed, la falta de sueño, las caminatas agotadoras de día y de noche, y al mismo tiempo aprender en el terreno nociones tácticas más profundas.

-Examinar las posibilidades de formación de núcleos campesinos, contactándonos con ellos para explicarles el objetivo de nuestra lucha. Ramón estaba plenamente consciente de que en el primer momento el campesinado tiene más bien una actitud de desconfianza, que en la segunda etapa mantiene una posición de neutralidad, y en la tercera, cuando la guerrilla se desarrolla, está francamente de parte de las fuerzas liberadoras. Por lo tanto debíamos pasar por la experiencia de la primera etapa y tratar de formar bases de apoyo en el campo, aun cuando fueran débiles. Estamos seguros que, de sobrepasar ese período, los campesinos habrían estado de parte nuestra, como indudablemente ocurrirá en el futuro.

-Por último, conocer en detalle el terreno en el cual íbamos a operar. Desde el momento en que el Ché ingresó al monte con otros dos compañeros las perspectivas de combatir eran inmediatas. En ningún instante se planteó la disyuntiva de que nos fueran a apresar mansamente, sin oponer resistencia.

Por eso destinó cuatro compañeros para la defensa del campamento principal, a pesar de que éste no tenía características de “base de operaciones”. Ellos fueron Arturo, Ñato, Camba y Antonio. Coco se quedó en la casa de Calamina, esperando a Moisés Guevara y sus hombres. Previniendo la posibilidad de una sorpresa dejó un plan de emergencia, una forma de alarma para advertir si había ocurrido algún ataque, instrucciones para la retirada, un esquema del recorrido que nosotros haríamos, y por último, recomendó que cada uno de los hombres llevara siempre dinero de reserva consigo.

Desde el principio la exploración fue durísima, un adelanto de lo que vendría más tarde. En los primeros días muchos compañeros quedaron prácticamente sin zapatos y la ropa se fue destrozando lentamente. La zona estaba prácticamente deshabitada, a pesar de que en los mapas oficiales estaban marcadas varias casas. El día 10 de febrero establecimos contacto con el primer campesino. Resultó ser Honorato Rojas, un hombre al que Ramón calificó inmediatamente de “potencialmente peligroso”. Más tarde Honorato Rojas se convertiría en un delator y principal colaborador del ejército en la emboscada en la que perdieron la vida Joaquín y el grupo de la retaguardia. Yo me presenté a Rojas como “cazador” y el Ché asistió en carácter de “ayudante” mío. Moro, nuestro médico, curó a los hijos del campesino que tenían gusanos en distintas partes del cuerpo. Incluso uno de ellos tenía varios hematomas, producto de una patada que le había dado una yegua. Después de pedirle datos sobre casas por la cercanía, ubicación de otros campesinos, posibilidades de comprar alimentos, etc., nos despedimos, comprometiéndose él a colaborar con nosotros. La idea del Ché era llegar hasta el río Masicurí, para que viéramos a los soldados, decisión sicológica importante, aunque no deberíamos entablar combate con ellos en esos momentos.

Casi al terminar el mes ocurren dos hechos dolorosos: el primero de carácter conflictivo y el segundo, la pérdida de uno de nuestros hombres antes de combatir. Dos compañeros, Marcos y Pacho, tuvieron un incidente de proporciones, motivado no solamente por el carácter de ambos, sino también por las condiciones en que íbamos marchando, con alguna gente enferma, sin comida, en condiciones que durante algunos días fueron infernales. Me tocó conocer el problema, pues en mi carácter de comisario político junto con Rolando debía intervenir en la solución de ellos. Un mes más tarde el Ché conocería de otras actitudes de Marcos y lo amenazó con expulsarlo deshonestamente de la guerrilla. Marcos contestó que antes prefería morir fusilado. Por desgracia el Diario del Ché es sólo la recopilación de apuntes para su uso personal donde consignaba fundamentalmente los errores que debían corregirse. Por eso no colocó algunos hechos que demuestran la firmeza ideológica y el coraje de los compañeros.

Después de estos incidentes en que Marcos fue sustituido de la vanguardia, mantuvo una conducta de absoluta disciplina, y se empeñó por ser el mejor de todos. Incluso se destacaba por cargar, en condiciones cada vez más difíciles, la mochila más pesada, y además de su fusil Garand, una ametralladora 30. Marcos y Pacho murieron combatiendo heroicamente, convirtiéndose en hombres ejemplares y queridos. El otro hecho penoso fue la muerte de Benjamín, un joven boliviano de físico muy débil; sin embargo tenía un carácter fuerte, una posición ideológica muy desarrollada, y una decisión inquebrantable de defender con su vida nuestros ideales. Ché quería mucho a Benjamín, y en los meses que permaneció con nosotros, siempre lo estimuló a seguir adelante. En el Río Grande Benjamín caminaba muy agotado y tenía dificultades con su mochila. Cuando marchábamos por una faralla hizo un movimiento brusco y cayó al río que iba muy crecido, y con fuerte corriente. No tuvo fuerzas para dar unas cuantas brazadas. Corrimos a salvarlo e incluso Rolando se tiró al agua y buceó tratando de rescatarlo. No lo pudimos ubicar. Estos problemas hicieron impacto en nosotros. Fue allí cuando afloró nuevamente el genio del Ché quien nos dio lecciones de solidaridad, disciplina y moral.

Las principales armas de un ejército revolucionario

En los momentos más angustiosos nos decía:

-Las principales armas de un ejército revolucionario son su moral y disciplina. La moral tiene dos sentidos: uno ético y otro heroico. En nuestros guerrilleros deben reunirse las dos condiciones. Ustedes, por ejemplo, no pueden saquear una población si ésta cae en poder de nosotros, ni maltratar a sus habitantes, ni faltarles el respeto a las mujeres. Esto en lo ético. En el sentido heroico es la decisión que debe tener cada uno de ustedes para vencer, para combatir hasta la muerte en defensa de la revolución. Ésa es la fuerza que nos llevará a realizar las más extraordinarias hazañas. A estas dos condiciones hay que agregar la disciplina, que no es la tradicional, la que ustedes han podido apreciar en los ejércitos represivos. Disciplina para nosotros no es cuadrarse ante un superior jerárquico. Ésta es una actitud extrema, formal, automática. Nuestra disciplina es consciente, motorizada por una ideología. Ustedes saben por qué luchan, por qué aspiran a tomar el poder. Los soldados de los ejércitos represivos son entes fríos, mecánicos, vacíos por dentro. Ésa es la diferencia entre ellos y nosotros. Y esa diferencia radica en que ellos no tienen conciencia de lucha. Nosotros sí la tenemos.

También estimulaba el desarrollo de la solidaridad entre nosotros. En una oportunidad nos dijo:

-Es nuestro deber rescatar a los guerrilleros muertos y darles sepultura. Pero si por esa acción se va a perder otra vida, nadie debe correr ese riesgo. Con nuestros heridos la sensibilidad debe ser mayor. Debemos jugamos por rescatarlos. El esfuerzo por salvarlos debe ser real. La solidaridad entre los combatientes es una muestra acabada de humanismo.

Estas conversaciones se realizaban cada vez que hacíamos un alto en la marcha o cuando nos reuníamos en tomo a una fogata a comer una alimentación pobre de proteínas.

Durante la exploración el Ché se enfermó. Sin embargo nos estimulaba con su ejemplo. Nosotros sabíamos que iba mal, pero él continuaba sin ceder un instante, con una voluntad férrea. Incluso se enojaba cuando tratábamos de atenderlo o aliviarlo o si el cocinero trataba de darle preferencia en la comida, o si veía que se le cambiaban las postas por horarios más cómodos.
Hombre sensible, la muerte de Benjamín también lo golpeó. Por eso habló nuevamente de la necesidad de recibir estos hechos con estoicismo como un riesgo de la guerra.

-No deben desmoralizarse recalcó. Hay ocasiones en que parece que las energías hubieran llegado al límite de nuestras fuerzas. Es entonces cuando ustedes deben apelar con energía a su voluntad y dar un paso más. Después de eso otro y otro, sin detenerse nunca.

Una anécdota de la que fui testigo muestra otra de las ricas facetas de su personalidad. Por desgracia ella tampoco aparece reflejada en su Diario. El 5 de febrero la vanguardia encontró dos animales: una yegua y un potrillo. Como no había casas a muchos kilómetros de distancia, entendíamos que esos animales no tenían dueño. Seguramente algún arriero pasó por aquí con su tropilla y los animales se extraviaron, quedándose en el monte. El hambre que pasamos en el período subsiguiente fue tan grande que muchos hicimos comentarios de que regresando, los mataríamos para comerlos. Ese comentario se convirtió luego en una actitud mental, una especie de obsesión que nos intranquilizaba. Ché había dicho que esos animales los llevaríamos a la finca para emplearlos en labores agrícolas, ya que veía los acontecimientos con perspectivas futuras. Faltando tres días para volver al campamento, hinchados por la carencia de proteínas, de grasas, hambrientos, cansados, el problema de los animales recrudeció. Hubo un instante en que el Ché amenazó a dos compañeros con dejarlos sin comer si volvían a insistir en el tema, sobre todo porque ya estábamos cerca de nuestro destino. Él deseaba que nos forjáramos un carácter tal que nos permitiera vencer todos los obstáculos, especialmente éste que podría presentarse más adelante.
Algunos compañeros salieron a cazar pero sólo mataron unos pocos pajaritos. En estas circunstancias Ché cambió de actitud y ordenó matar al potrillo para que toda nuestra gente repusiera sus energías. ¿Qué