Posible Crisis Del Capitalismo A Principios De Siglo XXI

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crisssMiércoles 24 de Junio de 2009.

El c. Vladimir Gutiérrez nos proporciona un trabajo de análisis acerca de la crisis del capitalismo, que difundimos como un aporte del pensamiento político y económico de los integrantes de la Cátedra.

Posible Crisis Del Capitalismo A Principios De Siglo XXI

Por: Vladimir Gutiérrez

vladimirgutierrezl@hotmail.com


Posible Crisis Del Capitalismo A Principios De Siglo XXI

Por: Vladimir Gutiérrez

vladimirgutierrezl@hotmail.com

ÍNDICE

1 PRIMEROS INDICIOS: CRAC ASIÁTICO EN EL 97 Y CRAC RUSO EN EL 98.
2 CAUSAS DE ESTA POSIBLE CRISIS Y SUS CONSECUENCIAS.
Mal funcionamiento del Sistema Financiero. En muchos países es inestable y esto puede afectar a la permanencia de estos en la Mundialización.
Mal funcionamiento de los organismos internacionales destinados a velar por el capitalismo global.
Resumen de la interrelación de las dos causas anteriores y posibles consecuencias de su efecto conjunto.
3 SOLUCIONES O MÉTODOS DE PREVENCIÓN DE LA CRISIS.
Eliminación de la realidad de una sociedad cerrada y sus derivados.
Mala deslocalización y deficiente redistribución de la renta.
Desigualdad entre ciudadanos del primer mundo y entre países del tercer mundo.
4 REFORMA DEL FUNDAMENTALISMO DE MERCADO O CAPITALISMO.
Tiene una situación financiera inestable.
No tiene agentes estabilizadores del Siglo XIX.
Reforma de los factores del mercado, así como de los factores no mercado pero condicionantes de la economía.
Necesidad de lograr un equilibrio económico político. Una economía debe venir respaldada por una política adecuada y viceversa.
Globalizar la sociedad para globalizar la Economía.
5 ELIMINACIÓN DE LA DESIGUALDAD Y LA ESPECULACIÓN. PRINCIPALES ENEMIGOS DEL CAPITALISMO GLOBAL EN NUESTROS DÍAS.
Desigualdad.
Especulación.
6 ¿ESTAMOS DE VERDAD ANTE UNA CRISIS? OPINIONES PERSONALES ACERCA DEL TEMA.
BIBLIOGRAFÍA

1 PRIMEROS INDICIOS: CRAC ASIÁTICO EN EL 97 Y CRAC RUSO EN EL 98.

El sistema capitalista global, que ha sido responsable de la extraordinaria prosperidad en los países desarrollados y que ha ayudado a desarrollarse a otros países subdesarrollados hasta los 70 puede estarse viniendo abajo en esta última década. El actual declive del mercado bursátil de Estados Unidos es sólo un síntoma, y un síntoma tardío además, de los problemas más profundos que aquejan a la economía mundial. Algunos mercados bursátiles asiáticos han sufrido en el año 97 desplomes más graves que la crisis de Wall Street de 1929 en Estados Unidos. Por añadidura sus monedas han caído también hasta una fracción de su valor cuando estaban vinculadas al dólar estadounidense. Al desplome financiero en Asia le ha seguido un desplome económico. En Indonesia, uno de los países más afectados, la mayoría de las ganancias en el nivel de vida que se acumularon en los 30 años del régimen de Suharto, han desaparecido. Los modernos edificios, fábricas e infraestructuras permanecen, pero también una población que ha sido desarraigada de sus orígenes rurales. Rusia experimenta actualmente una crisis financiera total. Es un espectáculo espeluznante que tendrá incalculables consecuencias humanas y políticas. El contagio también se ha propagado a América Latina.

Sería lamentable dormirse en los laureles sólo porque la mayoría de los problemas suceden en países en desarrollo o potencias de segundo orden. Hay que tener en cuenta que todos formamos parte de la mundialización económica, que no sólo se caracteriza por la libre circulación de mercancías sino también de capitales. Este sistema es muy favorable al capital financiero que es muy libre de escoger y elegir donde ir y a conducido al rápido crecimiento de diversos mercados financieros globales. Puede concebirse como un gigantesco sistema circulatorio que aspira capital desde los mercados e instituciones centrales (países desarrollados) y lo bombea después a la periferia (economías emergentes sobre todo). Este bombeo puede realizarse en forma de créditos e inversiones en cartera o a través de multinacionales.

Hasta la crisis tailandesa de julio de 1997 todo fue bien. El centro aspiraba y bombeaba dinero vigorosamente, los mercados financieros crecían en tamaño e importancia y los países periféricos podían obtener un abundante suministro de capitales abriendo sus mercados de capital. Había una expansión global en la que los mercados emergentes obtenían resultados especialmente satisfactorios. En cierto momento del 94 más de la mitad de entradas en los fondos comunes de inversión de Estados Unidos, se destinaron a fondos de las economías emergentes.

Sin embargo, la crisis asiática ha invertido la dirección del movimiento. El capital ha comenzado a huir de la periferia. Al principio esto fue hasta beneficioso para los mercados del centro. La economía estadounidense, por ejemplo, estaba al borde del recalentamiento, y la Reserva Federal estudiaba la posibilidad de elevar la tasa de descuento. La crisis asiática desaconsejó la aplicación de esta medida y el mercado de valores se animó. La economía de EE.UU disfrutó de los mejores mundos posibles con importaciones baratas (gracias a la obligada devaluación de las monedas asiáticas al huir el capital de estos países) que a su vez sirvieron para mantener bajo control las presiones inflacionistas internas y gracias a ello el mercado bursátil alcanzó nuevos máximos. Esta tendencia alcista generó buenas expectativas de que la periferia podría acabar recuperándose también y entre febrero y abril del 98, la mayoría de los mercados asiáticos recuperaron aproximadamente la mitad de sus pérdidas anteriores medidas en monedas nacionales (lo cual no tiene tanto mérito si observamos que estas se habían devaluado una barbaridad; si lo miramos en dólares de 1997 y 1998 la recuperación era más floja).

Esto fue una clásica recuperación temporal de un mercado que tiende a la baja. Las expectativas para estas economías emergentes no son tan buenas como antes y llega un momento en que las dificultades en la periferia no pueden ser buenas para el centro. Es posible que hayamos llegado a este momento con la crisis de Rusia.

2 CAUSAS DE ESTA POSIBLE CRISIS Y SUS CONSECUENCIAS.

Mal funcionamiento del Sistema Financiero. En muchos países es inestable y esto puede afectar a la permanencia de estos en la Mundialización.

La crisis rusa ha sacado a la luz ciertas deficiencias del sistema bancario internacional en la que no se había reparado anteriormente. Además de su exposición en sus propios balances, los bancos realizan permutas (swaps, operaciones a plazo y transacciones con instrumentos financieros derivados) entre ellos mismos y con sus clientes. Estas transacciones no se reflejan en los balances de los bancos. Se ajustan constantemente al valor del mercado, es decir, se revalorizan constantemente y cualquier diferencia entre el coste y el mercado se compensa mediante transferencias en efectivo. Se supone que de este modo se elimina el riesgo de incumplimiento de pago. Los mercados de permutas, operaciones a plazo y derivados son muy amplios y los márgenes escasísimos; es decir, el valor de las cantidades subyacentes es un abundante múltiplo del capital empleado en el negocio. Las transacciones se realizan entre muchos intermediarios y cada intermediario tiene una obligación con sus homólogos sin saber quien más participa. La exposición a homólogos individuales se limita mediante la fijación de líneas de crédito.

Se supone que este sistema no podía fallar a causa del incumplimiento de los pagos, pero con la inestabilidad causada por la crisis inflacionista rusa del 98, este sistema recibió un duro golpe a causa del desplome del sistema bancario ruso. Los bancos rusos incumplieron sus obligaciones de pago (estaban arruinados por la crisis y además no podían cumplir con sus homólogos porque los activos financieros que manejaban se habían revalorizado mucho), pero los bancos occidentales pudieron mantener el tipo ante sus clientes. No se encontró manera de compensar las obligaciones de un banco con las del otro. Esto trajo el fin de muchos fondos de cobertura y otras cuentas especulativas que sufrieron pérdidas tan cuantiosas que debieron de ser liquidadas. Los diferenciales normales se vieron alterados y los profesionales que arbitraban entre diversos derivados, es decir, que cambiaban un derivado por otro, también sufrieron cuantiosas pérdidas. Fue un duro golpe para la especulación que se había creado en Rusia a causa de la inestabilidad de la economía.

Una situación semejante surgió poco después cuando Malasia cerró deliberadamente sus mercados financieros al extranjero. Sin embargo, la Autoridad Monetaria de Singapur en colaboración con otros bancos centrales actuó sin demora. Los contratos pendientes se registraron en cifras netas y las pérdidas se compartieron. Se evitó así, un posible colapso del sistema.

Estas dos crisis han traído dos efectos demoledores. El primero es el hecho de que estos acontecimientos han inducido a la mayoría de los actores del mercado a reducir su exposición en términos generales. Los bancos intentan frenéticamente limitar su exposición, disminuir la razón préstamos−fondos propios y reducir el riesgo. Esto a la vez que limita el riesgo en las inversiones, limita un buen crecimiento en los bancos. El resultado es que los valores bancarios han caído en picado. Se está gestando una comprensión global del crédito, que está restringiendo el movimiento de fondos a la periferia, pero que también ha comenzado a afectar a la disponibilidad de créditos en nuestras economías internas. Un ejemplo es que el llamado “mercado de bonos basura” estadounidense, ha cerrado ya.

El segundo efecto es el hecho de que muchos países de economías emergentes pueden estar comenzando a abandonar el sistema capitalista global debido al intenso dolor que puede haber producido en sus mercados financieros la especulación central. El primer afectado fue Indonesia, que junto a Rusia ha sufrido una crisis completa. Sin embargo, lo que puede ser más grave para el centro es lo sucedido en Malasia y en menor grado en Hong Kong. El desplome de Rusia e Indonesia no fue buscado pero Malasia abandonó deliberadamente. Este país logró infringir considerables prejuicios a inversores y especuladores extranjeros y pudo obtener algún alivio temporal sino para su economía, sí al menos para los gobernantes del país (recordemos que la economía y la situación política y social están siempre muy relacionadas). El alivio proviene de la capacidad de reducir los tipos de interés e inyectar al mercado de valores gracias a un aislamiento provisional del mercado exterior. El alivio no puede ser más que temporal porque las fronteras siempre son porosas y el dinero saldrá ilegalmente si hace falta (por más que lo intente el gobierno malayo no puede abrir y cerrar fronteras según le convenga y evitar así la inversión del flujo de capital centro−periferia). Los efectos para la economía malaya serán catastróficos, pero los economistas locales vinculados al régimen podrán salvar sus negocios al menos que el propio régimen sea derrotado. Las medidas adoptadas por Malasia perjudicarán a otros países que intentan mantener sus mercados financieros abiertos porque estarán fomentando sin quererlo una fuga de capitales de su país. En ese sentido, Malasia ha emprendido una política de empobrecer al vecino y esto supone un peligro para el centro, porque si gracias a esta medidas Malasia presenta un buen aspecto en comparación con otras economías emergentes; éstas tarde o temprano la imitarán y entraremos en una crisis fuerte del capitalismo global, donde muchas economías emergentes cerrarán sus fronteras a los mercados de capital.

Mal funcionamiento de los organismos internacionales destinados a velar por el capitalismo global.

Otro factor importante que favorece la desintegración del sistema capitalista global es la evidente incapacidad de las autoridades para mantenerlo unido. Los programas del Fondo Monetario Internacional (FMI) no parecen funcionar; además el FMI se ha quedado sin dinero. La respuesta del gobierno del G7 ante la crisis de Rusia ha sido deplorablemente insuficiente, y la pérdida de control ha sido absolutamente terrible. Los mercados financieros son muy peculiares en este sentido: les molesta cualquier tipo de injerencia gubernamental pero mantienen una profunda creencia en que si la situación se pone realmente fea, las autoridades intervendrán. Esta creencia se ha conmocionado ya.

Resumen de la interrelación de las dos causas anteriores y posibles consecuencias de su efecto conjunto.

El mal funcionamiento del sistema financiero en las economías emergentes y la inutilidad de los organismos internacionales para corregir los efectos de alguna crisis de la periferia funciona al unísono para reforzar el movimiento inverso de capital desde la periferia hasta el centro. Es probable que la conmoción inicial causada por la crisis de Rusia se pase, pero también es probable que la tensión sobre la periferia continúe. La fuga de capitales ya se ha extendido a Brasil, y si Brasil cae, Argentina está en peligro. Las previsiones de crecimiento económico−global se reajustan sin cesar a la baja. Lo más probable es que los principales afectados sean economías emergentes, pero en el caso de que el desplome se extienda hasta nuestras economías, se va a traducir en un aumento de las barreras arancelarias que son necesarias para alimentar el movimiento inverso de capital (periferia−centro). En el caso de que esto ocurra, el colapso del sistema financiero internacional vendría acompañado de una crisis del libre comercio internacional.

El replanteamiento debe comenzar reconociendo que los mercados financieros son intrínsecamente inestables. El sistema capitalista global se base en la creencia de que los mercados financieros, si se los abandona a sus propios recursos, tienden al equilibrio. Se supone que se mueven como un péndulo: pueden ser trastornados por fuerzas externas, las llamadas conmociones exógenas, pero intentarán volver a la posición de equilibrio. Esta creencia es falsa. Los mercados financieros son dados a excesos, y si una secuencia expansión/depresión avanza hasta más allá de ciento punto nunca volverá a su lugar de origen. En vez de actuar como un péndulo, les mercados financieros han actuado recientemente como una bola de demolición, golpeando sobre una economía tras otra.

Se habla mucho de imponer disciplina de mercado, pero si imponer disciplina de mercado significa imponer inestabilidad, ¿cuánta inestabilidad puede asumir la sociedad?. La disciplina de mercado debe ser complementada por otra disciplina: el mantenimiento de la estabilidad en los mercados financieros debería ser el objetivo de la política pública.

A pesar de la creencia dominante en los libres mercados, este principio ha sido aceptado ya y puesto en práctica a escala nacional. Disponemos del Sistema de Reserva Federal y otras autoridades financieras cuyo mandato consiste en impedir un colapso de nuestros mercados financieros internos y, si es necesario, actuar como prestamistas de último recurso. En teoría son capaces de llevar a cabo su mandato, pero lamentablemente carecemos de las autoridades financieras apropiadas en la escena internacional. Tenemos las instituciones de Bretton Woods, el FMI y el Banco Mundial, que han intentado valientemente adaptarse a unas circunstancias que cambian con rapidez. Hay que admitir que los programas del FMI no han tenido éxito en la actual crisis financiera global; su misión y sus métodos de funcionamiento deben ser reconsiderados. Tal vez sean necesarias otras instituciones.

3 Soluciones o métodos de prevención de la crisis.

Eliminación de la realidad de una sociedad cerrada y sus derivados.

Vivimos en una economía global, pero la organización política en la que se desarrolla dicha economía mundializada es deplorablemente insuficiente. Mientras la economía global sigue adelante y sigue creciendo superando las diferentes y muy variadas crisis; la sociedad sigue siendo incapaz de mantener la paz o de contrarrestar los excesos de los mercados financieros en la periferia. Sin un control sobre la estabilidad política en algunas economías emergentes, es probable que la economía global tenga peligrosos vaivenes y pueda llegar a desplomarse.

En otras palabras, el desarrollo de una economía global, no ha coincidido con el desarrollo de una sociedad global. La unidad básica de la vida política y social sigue siendo el estado−nación. Esto degenera en un montón de problemas para muchas economías. Queda esto demostrado cuando nos fijamos en que el derecho internacional y otras instituciones internacionales no son capaces de impedir guerras o un abuso a gran escala de los Derechos Humanos en algunos países ya no tan subdesarrollados. Otros problemas muy descontrolados por las Organizaciones Internacionales en las economías emergentes son el menosprecio total que se hace a la ecología (como la contaminación de los ríos en Tailandia) o los ya citados y explicados abusos financieros periféricos.

Derivados de una sociedad cerrada en un capitalismo global.

Mala deslocalización y deficiente redistribución de la renta.

Uno de los inevitables efectos de la mundialización económica es una redistribución de la renta a nivel mundial y una deslocalización del tejido industrial mundial. Esto no quiere decir sino que los países tradicionalmente desarrollados (Centro) deberían dejar de crecer de forma tan abusiva como en los años posteriores a la SGM, y que los países en desarrollo (periferia) deberían empezar a desarrollarse y a crecer más deprisa que los países de la OCDE.

Este efecto se ha producido pero de una forma desigual y deficiente. Con la crisis de los años 70, se van a incorporar a los mercados internacionales países hasta entonces al margen, y van a nacer por ello Nuevos Países Industriales (NIC). Se puede decir que con esto habría empezado la deslocalización del tejido industrial; pero pasados treinta años de este fenómeno se observa que son muy escasos los países periféricos que se han aprovechado de este fenómeno. Pasado este tiempo solo unos pocos países de extremo oriente y América latina se han beneficiado de esto.

Una prueba de este fenómeno es una publicación del periódico Wall Street Journal en la que explicaba la siguiente noticia. `Una multinacional del sector manufacturero de un país industrial, harta de los elevados costes salariales y de la fuerza sindical de su país de origen, ha decidido desplazarse a un país lejano con mano de obra más barata y sindicatos más débiles’. Hasta aquí todo es habitual, pero prosigue: `En este caso el país de origen es Corea del Sur y la multinacional es Coreana, y el país de destino es el Reino Unido donde los costes laborales llevan tiempo estancados y los sindicatos son cada vez más flojos… en un futuro más bien cercano, Corea del sur tendrá unos salarios generales más caros que el Reino Unido. La insuficiente mano de obra en Corea y Taiwán ha producido un importante aumento de los salarios reales’ Quizás esta noticia esté un poco hinchada por parte del Wall Street Journal, pero deja bien claro que la deslocalización en sí no se produce como debería producirse. La redistribución de la renta no se produce y las diferencias entre primer y tercer mundo se mantienen o incluso crecen; y la única salvedad que puede hacer pensar en una cierta deslocalización es que muchos países subdesarrollados hasta los 70 han crecido de forma impresionante hasta el punto de que en 30 años se han convertido en economías de primer orden. Nada nos hace pensar que el efecto vaya a cambiar en los próximos años, y a lo más que podemos aspirar es a creer que este efecto de desarrollo tan intenso que se produjo en Corea, Taiwán, Hong Kong o Singapur y que les ha llevado a ser países similares a los europeos; se dé en otras economías que ya han empezado a emerger como puedan ser Tailandia, Malasia, Indonesia, Brasil, México, Argentina…

El causante de estos efectos no es otro que el hecho de que el concepto del estado−nación está presente incluso dentro de los agentes económicos causantes de la economía global. Prueba de ello es que todas las multinacionales céntricas que por cualquier razón deciden deslocalizarse para abaratar costes, se desplazan siempre hacia los mismos países; y por tanto la mundialización no se completa ya que más de la mitad del planeta queda totalmente marginada.

Otra consecuencia negativa de esta mala globalización es el hecho de que el Capitalismo Global también está amenazado por el hecho de que muchas economías emergentes tienen una organización política que no está a la altura de su economía. Es intolerable que en economías ya respetables como China, Indonesia o incluso Turquía no siempre se respeten los derechos humanos; y tampoco es normal que la economía global dependa de las conveniencias de los militantes de gobiernos autoritarios como ocurrió en Malasia.

La conclusión de todo esto es sencilla. El derecho internacional y otras instituciones multinacionales deberían corregir la mundialización y extenderla a un montón más de países; y además debería corregir y presionar a las economías emergentes para que modernizasen su organización política y la situasen a la altura de sus respectivas economías. Si esto se hiciese, nos curaríamos en salud y anularíamos muchos problemas que amenazan seriamente el capitalismo global.

Desigualdad entre ciudadanos del primer mundo y entre países del tercer mundo.

Una de las principales características del comienzo del siglo XXI para la gente del primer mundo es la sensación de que se ha acabado en dinero, o por lo menos el bienestar (de que se van a trabajar mas horas sin que aumenten los salarios reales) del que se gozó el último medio siglo. Se nos presenta una mala asignación de recursos que en los países desarrollados va a trazar un mapa en el que se combinan despilfarro, crecimiento económico y desempleo (Que ya no son incompatibles). Mientras tanto, la ya más conformista sociedad se intenta resistir a la pérdida de los derechos adquiridos (luchar por adquirir alguno más parece utópico).

Fríamente, podemos afirmar que la economía de los 90 responde en primer lugar a una conjunción de paro estructural y empleo cada vez menos estable e indefinido. En segundo lugar, responde a una dualización social en la que mientras aumentan el número de excluidos se produce un notable aumento del beneficio empresarial. Se produce también un desmantelamiento del estado del bienestar que es frecuentemente escaso pero al que aspiran todos los que no están integrados en él. En el primer mundo, mientras ocurre todo esto, se mantiene el gasto militar pese a haber terminado la guerra fría y la política de bloques (con lo que se despilfarra el dinero en algo que aparentemente no sirve para nada). Mientras, se da en general un empobrecimiento y desintegración en los países menos desarrollados (cuarto mundo) que siguen muy alejados de la mundialización económica.

Durante el fin del siglo XX se ha producido un intenso cambio de la economía mundial. Los países del este sufrieron un deterioro de sus economías, debido sobre todo a que no se adaptaron demasiado bien al cambio de sistema. No obstante, la transición a una economía de mercado es muy variada según el país, y ha habido algunos que no han digerido mal el cambio. En términos generales se puede decir que en el segundo mundo los ciudadanos han recuperado la libertad pero siguen siendo pobres, más pobres en algunos casos; se ha extendido una gran desigualdad al tiempo que de la noche a la mañana ha aparecido la extrema riqueza.

En el primer mundo la cosa cambia por momentos. Mientras que durante los años 85−92 Estados Unidos contrajo el déficit presupuestario más grande de su historia y se convirtió en la nación más endeudada del mundo, con lo que países más dinámicos como Alemania o Japón atacaron su competitividad y liderazgo; ahora va recuperando el terreno perdido y ha trasladado la crisis a los otros dos colosos a los que esta pérdida de terreno les está sumiendo en una importante crisis de identidad y confianza en su industria y en su sistema económico.

La desigualdad en el tercer mundo es cada vez más manifiesta. Mientras extremo oriente y algunos países de América latina crecen exponencialmente y ganan importancia dentro de la economía mundial; África entera se desintegra como economía y sociedad. Prueba de la marginación que sufre el continente africano es que muchas costuras de la descolonización se están rompiendo debido a que son los propios ex colonizadores los que prefieren romperlas. Lo más triste de todo es que ahora la relación entre países desarrollados y algunos países en desarrollo ya no son las materias primas y las manufacturas como en los 60 sino el narcotráfico, la inmigración o algunas enfermedades infecciosas que pueden llegar a los países desarrollados.

De seguir esta desigualdad entre los países, y entre ciudadanos de un mismo país, la amenaza de la economía global es una realidad. Fue Allan Sith quien una vez afirmaba que había que crear y distribuir riqueza. De seguir esto así (creando pero no distribuyendo) habrá un momento en que la economía global quedará paralizada debido a la conflictividad social que crearán los países y los grupos sociales que están siendo maltratados en esta mundialización. La economía global va a encontrar muchos problemas para su desarrollo si dentro de ella no paran de producirse desigualdades en el mundo desarrollado y a la vez queda marginado medio planeta (además es incorrecto hablar de capitalismo mundial si la mitad de los países no participan; se puede decir que mientras no participen, la mundialización no estará completa).

5 Reforma del fundamentalismo de mercado o Capitalismo.

Tiene una situación financiera inestable.

La economía global se caracteriza no sólo por el libre comercio de bienes y servicios, sino más aún por la libre circulación de capitales. Los tipos de interés, los tipos de cambio y las cotizaciones de las acciones en diversos países están estrechamente interrelacionados, y los mercados financieros globales ejercen una tremenda influencia sobre la situación económica. A tenor del decisivo papel que el capital financiero internacional desempeña en las fortunas de los distintos países, no está fuera de lugar hablar de un sistema capitalista global.

El capital financiero disfruta de una posición privilegiada. El capital tiene más movilidad que los otros factores de producción, y el capital financiero es más móvil aún que la inversión directa. El capital financiero se desplaza allí donde obtiene mejores recompensas; como es el heraldo de la prosperidad, los países compiten por atraerlo. Debido a estas ventajas, el capital se acumula cada vez más en las instituciones financieras y en compañías multinacionales que cotizan en bolsa; en este proceso, los mercados financieros actúan como intermediarios.

La situación actual es poco sólida e insostenible. Los mercados financieros son intrínsecamente inestables y existen necesidades sociales que no pueden satisfacerse dado carta blanca a las fuerzas del mercado. Lamentablemente, no se reconocen estos defectos. Existe, en cambio, el convencimiento general de que los mercados se autocorrigen y que una economía global puede prosperar sin necesidad de una sociedad global. SE afirma que la mejor manera de servir al interés común es permitir que cda cual defienda sus propios intereses y que los intentos de proteger el interés común mediante la toma de decisiones colectivas distorsionan el mecanismo del mercado. Esta idea recibió en el siglo XIX el nombre de laissez faire o liberalismo, pero puede que no sea hoy una denominación tan apropiada porque es un término francés y la mayoría de las personas que creen en la magia del mercado no hablan francés. Un mejor nombre para designarla sería: fundamentalismo del mercado.

El fundamentalismo del mercado es el responsable de que el sistema capitalista global carezca de solidez y sea insostenible. Esta situación es relativamente reciente. Al final de la segunda guerra mundial, la circulación internacional de capitales era restringida, y se crearon las instituciones de Bretton Woods para facilitar el comercio en ausencia de circulación de capitales. Las restricciones no se eliminaron sino gradualmente, y sólo con la llegada al poder de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, hacia 1980, el fundamentalismo del mercado ha entregado las riendas al capital financiero.

No tiene agentes estabilizadores del Siglo XIX.

En primer lugar, había potencias imperiales, Gran Bretaña la más importante de ellas, que obtenían beneficios lo bastante cuantiosos de su posición en el centro del sistema como para que considerasen que merecía la pena conservarlo. En segundo lugar, había una moneda internacional única en forma de oro; hoy hay tres monedas principales: el dólar, el marco alemán, que pronto se convertirá en el euro, y el yen. Estas monedas rozan entre sí y a menudo aplastan monedas menores. En tercer lugar, y lo más importante, había ciertas creencias y normas éticas compartidas, que no se ponían en práctica necesariamente pero que eran sin embargo aceptadas de forma ciertamente universal como deseable. Estos valores combinaban la fe en la razón y el respeto por la ciencia con la tradición ética judeocristiana, y en general proporcionaban una guía más fiable sobre el bien y el mal que los valores que dominan en nuestros días. Esto hacía que por ejemplo, la masificación del beneficio se supeditase a máximas éticas como invertir en tu país. Hoy esto ya no siempre se da. Los valores monetarios y los mercados transnacionales no ofrecen una base suficiente para la cohesión social.

La encarnación decimonónica del sistema capitalista global, a pesar de su relativa estabilidad, fue destruida por la primera guerra mundial. Al término de la contienda, se produjo un débil intento de reconstruirlo, que terminó mal en el descalabro de 1929 y la gran depresión ulterior. ¿Cuánto más probable es, pues, que la versión actual del capitalismo global termine también mal, dado que ahora faltan los elementos de estabilidad que estaban presentes en el siglo XIX?

Reforma de los factores del mercado, así como de los factores no mercado pero condicionantes de la economía.

El sistema capitalista global se desglosa en dos apartados principales. El primero se refiere a los defectos del mecanismo del mercado; esto se refiere principalmente a las inestabilidades incorporadas a los mercados financieros. El segundo afecta a las deficiencias del sector no mercado. Existe principalmente el fracaso de la política y la erosión de los valores morales tanto a nivel nacional como internacional.

Los fracasos de la política son más omnipresentes y debilitadores que los fracasos del mecanismo del mercado. La toma de decisiones individuales tal como se expresa a través del mecanismo del mercado, es mucho más eficiente que la toma de decisiones colectivas tal como se la practica en la política. Esto es cierto especialmente en la escena internacional. El desencanto con la política ha nutrido al fundamentalismo del mercado, y el ascenso del fundamentalismo del mercado ha contribuido, a su vez, al fracaso de la política. Uno de los grandes defectos del sistema capitalista global es que ha permitido que el mecanismo del mercado y el afán de lucro penetren en esferas de actividad que no les son propias.

Los fundamentalistas del mercado tienen una concepción radicalmente viciada del funcionamiento de los mercados financieros. Creen que los mercados financieros tienden al equilibrio. La teoría del equilibrio en la economía se basa en una falsa analogía con la física. Los objetos físicos se mueven como se mueven independientemente de lo que cualquiera piense. Pero los mercados financieros intentan predecir un futuro que está supeditado a las decisiones que las personas toman en el presente. En vez de limitarse a reflejar pasivamente la realidad, los mercados financieros crean activamente la realidad que, a su vez, reflejan. Hoy una conexión bidireccional entre las decisiones actuales y los acontecimientos futuros a lo que llamamos reflexividad.

El mismo mecanismo de retroalimentación afecta a todas las demás actividades en las que intervienen factores humanos plenamente informados. El ser humano responde a las fuerzas económicas, sociales y políticas de su entorno, pero a diferencia de las partículas inanimadas de las ciencias físicas, tienen percepciones y actitudes que transforman simultáneamente las fuerzas que actúan sobre él. Esta interacción reflexiva bidireccional entre lo que los actores esperan y lo que sucede en realidad es fundamental para comprender todos los fenómenos económicos, políticos y sociales.

El concepto de reflexividad es más importante para los mercados financieros (y para muchos otros fenómenos económicos y sociales) que el concepto de equilibrio, en el que se basa la economía convencional. En vez del conocimiento, los actores del mercado comienzan con un sesgo. O bien la reflexividad actúa para corregir el sesgo, en cuyo caso se tiene una tendencia al equilibrio, o bien el sesgo puede verse reforzado por una retroalimentación reflexiva, en cuyo caso los mercados pueden alejarse mucho del equilibrio sin mostrar tendencia alguna a regresar al punto del que partieron. Los mercados financieros se caracterizan por ascensos y descalabros y es ciertamente sorprendente que la teoría económica continúe basándose en el concepto de equilibrio, que niega la posibilidad de estos fenómenos, ante la evidencia. La posibilidad de desequilibrio es inherente al sistema financiero; no es sólo el resultado de conmociones externa.

La segunda línea de argumentación principal es más compleja y más difícil de resumir. Los fracasos del mecanismo del mercado son insignificantes en comparación con el fracaso de lo que llamo el sector no mercado de la sociedad. Cuando se habla del sector no mercado, se refiere a los intereses colectivos de la sociedad, los valores sociales que no se expresan a través de los mercados. Hay personas que cuestionan la existencia misma de tales intereses colectivos. La sociedad está formada por individuos y sus interese se expresan mejor a través de sus decisiones como actores del mercado. Por ejemplo, si se sienten filántropos pueden expresarlo donando dinero. De este modo, todo puede reducirse a valores monetarios.

Ni decir tienen que esta visión es falsa. Hay cosas que podemos decidir individualmente; hay cosas que sólo se pueden abordar colectivamente. Como actor del mercado, se intenta maximizar los propios beneficios. Como ciudadano es preocupante los valores sociales: la paz, la justicia, la libertad, o lo que sea. No se puede dar expresión a estos valores como actor del mercado. Si cada uno se impusiera sus propias reglas, afectaría a la propia actuación de este individuo en el mercado pero no a los demás individuos, ya que ningún actor por sí solo es capaz de influir en el resultado.

Debemos distinguir entre elaborar las reglas y actuar conforme a esas reglas. La elaboración de reglas supone decisiones colectivas, o política. El acatamiento de las reglas supone decisiones individuales, o comportamiento del mercado. Lamentablemente, la distinción rara vez se observa. La gente parece votar en gran medida con el bolsillo y presiona para que se aprueben disposiciones legales que beneficien sus intereses personales. Y lo que es peor, los representantes elegidos también anteponen con frecuencia sus intereses personales al interés común. En ves de defender ciertos valores intrínsecos, los dirigentes políticos desean ser elegidos a toda costa; y en virtud de la ideología dominante del fundamentalismo del mercado o individualismo sin ataduras, esta forma de comportamiento se considera natural, racional e incluso quizá deseable para los políticos. Esta actitud hacia la política va en detrimento del postulado sobre el que se construyó el principio de la democracia representativa. La contradicción entre los intereses personales y públicos de los políticos siempre ha estado presente, naturalmente, pero se ha agravado sobremanera debido a las actitudes dominantes que anteponen el éxito medido en dinero a valores intrínsecos como la honestidad. El cierre de los mercados malayos, por ejemplo, responde a intereses de sus gobernantes. Así pues, la supremacía de afán de lucro y el ocaso de la eficacia del proceso de toma de decisiones colectivas se han reforzado mutuamente de manera reflexiva. La promoción del interés personal a la categoría de principio moral ha corrompido la política y el fracaso de la política se ha convertido en el argumento más poderoso a favor de conceder a los mercados más carta blanca si cabe.

Entre las funciones que no pueden ni deben ser gobernadas puramente por las fuerzas del mercado se cuentan muchas de las cosas más importantes de la vida humano, desde los valores morales hasta las relaciones familiares y los logros estéticos e intelectuales. Sin embargo, el fundamentalismo del mercado no ceja en su empeño de extender su dominio a estos campos, en forma de imperialismo ideológico. Según el fundamentalismo del mercado, todas las actividades sociales y las interacciones humanas deben considerarse relaciones transaccionales y contractuales y valorarse en función de un único común denominador, el dinero. Las actividades deben ser reguladas, en la medida de lo posible, por nada más intrusivo que la invisible mano de la competencia para maximizar beneficios. Las incursiones de la ideología tienen efectos sociales destructivos y desmoralizadores. Pero el fundamentalismo del mercado es tan poderoso hoy que cualquier fuerza política que ose resistirse es motejada de sentimental, ilógica e ingenua.

Lo cierto, sin embargo, es que el fundamentalismo del mercado es en sí mismo ingenuo e ilógico. Aún cuando dejásemos a un lado las cuestiones morales y éticas más grandes y nos concentrásemos exclusivamente en la escena económica, la ideología del fundamentalismo del mercado tienen deficiencias profundas e irreparables. En términos sencillos, si a las fuerzas del mercado, se les concede una autoridad completa incluso en los campos puramente económicos y financieros, producen caos y podrían desembocar en última instancia en el desmoronamiento del sistema capitalista global. Esta es la consecuencia práctica más importante en torno al capitalismo global.

Necesidad de lograr un equilibrio económico político. Una economía debe venir respaldada por una política adecuada y viceversa.

Esta muy extendida la suposición de que la democracia y el capitalismo van a de la mano. Lo cierto es que la relación es mucho más compleja. El capitalismo necesita a la democracia como contrapeso porque el sistema capitalista por sí solo no muestra tendencia alguna al equilibrio. Los duelos del capital intentan maximizar sus beneficios. Si se les dejase a su libre arbitrio, continuarían acumulando capital hasta que la situación quedase equilibrada. Marx y Engels hicieron un análisis muy bueno del sistema capitalista hace 150 años, mejor en algunos aspectos, debo decirlo, que la teoría del equilibrio de la economía clásica. El remedio que prescribieron, el comunismo, era pero que la enfermedad. Pero la razón principal por la que sus más que alarmantes pronósticos no se hicieron realidad fueron las intervenciones políticas compensatorias en los países democráticos.

Lamentablemente, nos hallamos una vez más en el peligro de extraer las conclusiones equivocadas de las lecciones de la historia. En esta ocasión el peligro no proviene del comunismo sino del fundamentalismo del mercado. El consumismo abolió el fundamentalismo del mercado e impuso el control colectivo sobre todas las actividades económicas. El fundamentalismo del mercado pretende abolir la toma de decisiones colectivas e imponer la supremacía de los valores del mercado sobre todos los valores políticos y sociales. Los dos extremos están equivocados. Lo que necesitamos es un equilibrio correcto entre la política y los mercados, entre la elaboración de las reglas y el acatamiento de las mismas.

Pero aun cuando reconozcamos esta necesidad, ¿cómo podríamos lograrlo? El mundo ha iniciado un período de profundo desequilibrio en le que ningún Estado puede resistirse al poder de los mercados financieros globales y en el que no hay prácticamente instituciones que establezcan las reglas a escala internacional. Los mecanismos de toma de decisiones colectivas para la economía global simplemente no existen. Esta situación es aclamada ampliamente como el triunfo de la disciplina de mercado, pero si los mercados financieros so intrínsecamente inestables, imponer disciplina de mercado significa imponer inestabilidad, ¿y cuánta inestabilidad puede tolerar la sociedad?

Pero la situación no es ni mucho menos desesperada. Debemos aprender a distinguir entre la toma de decisiones individuales tal como se expresa en el comportamiento del mercado y la toma de decisiones colectivas tal como se expresa en el comportamiento social en general y en la política en particular. En ambos casos, nos guía el interés común a nuestro interés personal concreto aun cuando otros no lo hagan. Sólo así podrá prevalecer el interés común.

El sistema capitalista global está aún hoy en día cerca de la cúspide de su poder. Es cierto que la actual crisis global representa un peligro, pero su supremacía ideológica no conoce límites. La crisis asiática se ha llevado a los regímenes autocráticos que combinaban los beneficios personales con la ética confuciana y los ha sustituido por gobiernos más democráticos y de ideología reformista. (Era lógico y sensato que economías ya importantes de extremo oriente estuvieran regidas por sistemas políticos desarrollados y competentes) Pero la crisis ha socavado también la capacidad de las autoridades financieras internacionales para impedir y resolver las crisis financieras. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que la crisis comience a llevarse a los gobiernos reformistas? Me temo que los acontecimientos políticos desencadenados por la crisis financiera pueden llevarse finalmente al propio sistema capitalista global. No sería primera vez que sucede.

Globalizar la sociedad para globalizar la Economía.

A pesar las deficiencias del capitalismo, es mejor que las alternativas al mismo. Hay que impedir que el sistema capitalista global se destruya a sí mismo. Para evitar esto es más necesario que nunca el concepto de sociedad abierta.

El sistema capitalista global es una forma distorsionada de sociedad abierta. La sociedad abierta se basa en el reconocimiento de que nuestra comprensión es imperfecta y nuestras acciones tienen consecuencias no buscadas. Todos nuestros mecanismos internacionales pueden tener defectos, y precisamente porque tienen carencias no debemos abandonarlos, sino que debemos crear instituciones que incorporen mecanismos para corregir los errores. Entre esto mecanismos figuran los mercados y la democracia. Pero ni los unos ni la otra funcionarán a menos que seamos conscientes de nuestra falibilidad y estemos dispuestos a reconocer nuestros errores.

Existen actualmente un tremendo desequilibrio entre la toma de decisiones individuales tal como se expresa en los mercados y la toma de decisiones colectivas tal como se expresa en la política. Tenemos una economía global sin tener una sociedad global. La situación es insostenible.

Para estabilizar y regular una economía verdaderamente global, es necesario algún sistema global de toma de decisiones políticas. En una palabra, necesitamos una sociedad global. Una sociedad global no significa un Estado global. Abolir la existencia de los mercados no es viable ni deseable; pero en la medida en que hay intereses colectivos que trascienden las fronteras estatales, la soberanía de los estados debe subordinarse al derecho internacional y a las instituciones internacionales. Es interesante constatar que la mayor oposición a esta idea proviene de Estados Unidos, que, como única gran potencia que queda, no está dispuesto a subordinarse a autoridad internacional alguna. Estados Unidos se enfrenta a una crisis de identidad: ¿quiere ser una gran potencia solidaria o el líder del mundo? Los dos papeles podrían difuminase a medida que le mundo libre se enfrentase a un imperio del Mal, pero la elección se presenta ahora en términos mucho más descarnados. Lamentablemente, no hemos comenzado siquiera a considerarlo. En Estados Unidos, la inclinación popular es a ir por su cuenta, pero esto privaría al mundo del liderazgo que tanto necesita. El aislacionismo sólo podría estar justificado si los fundamentalistas del mercado tuvieran razón y la economía global pudiera sostenerse sin una sociedad global.

La alternativa es que Estados Unidos forje una alianza con países de ideología afín para establecer las leyes y las instituciones necesarias para mantener la paz, la libertar, la prosperidad y la estabilidad. Cuáles son estas leyes e instituciones que no pueden decidirse de una vez por todas; lo que necesitamos es poner en marcha un proceso cooperativo e iterativo que defina el ideal de la sociedad abierta; un proceso en el que admitamos abiertamente las imperfecciones del sistema capitalismo global e intentemos aprender de nuestros errores. Esto no es posible sin Estados Unidos. Pero, a la inversa, nunca ha habido una época en que un liderazgo fuerte de Estados Unidos y otros países de ideología afín haya podido alcanzar unos resultados tan poderosos y benignos. Con sentido de liderazgo y transparencia de objetivos, Estados Unidos y sus aliados podrían comenzar a crear una sociedad abierta global que ayudase a estabilizar el sistema económica global y a extender y hacer respetar los valores humanos universales. La oportunidad está esperando a ser aprovechada.

5 Eliminación de la desigualdad y la especulación. Principales enemigos del capitalismo global en nuestros días.

Desigualdad.

La extrema riqueza y la extrema pobreza son los símbolos por excelencia de la desigualdad. Una economía debe preocuparse tanto por crear riqueza como por distribuirla, ya que una riqueza mal distribuida va a crear conflictividad social y eso va a terminar perjudicando a la economía. Sólo una paz social va a conseguir que una economía goce de buena salud para desarrollarse.

La aversión a la desigualdad ocupa un lugar prominente en la cultura de muchos ciudadanos del mundo; sin embargo, en estas últimas décadas se observa como al contrario de lo que hacía predecir la afirmación anterior, la desigualdad ya no genera la conflictividad de antaño. Sin ir más lejos, podemos observar como en España, la eliminación de la desigualdad se sitúa en lo más alto de la lista de prioridades de los ciudadanos; situándose incluso por encima de la libertad individual. Podemos ver como los españoles somos los más igualitarios, los más sensibles a las diferencias sociales, y los más partidarios de una reducción del abanico salarial. Somos los que más desigual vemos a nuestra sociedad y los que en mayor proporción nos creemos pertenecer a los estratos más bajos, a la vez que somos los que observamos un futuro con menos confianza. También somos los que más obligaciones atribuimos al estado, a la vez que nos mostramos los menos partidarios de financiar una igualdad a través de impuestos. Así mismo, mientras nos creemos pobres e inseguros ante el futuro, somos los que más nos creemos haber prosperado con respecto a nuestros padres. De esta misma manera se observa muy poca rebeldía con respecto a la desigualdad existente en nuestro país.

La sociedad española es precisamente un ejemplo de lo más significativo acerca de la opinión que merece al mundo desarrollado la desigualdad; a todos nos parece mal, pero no hacemos nada por evitarlo; nos mostramos disconformes con la situación actual, pero no asumimos ni los riesgos ni las contrapartidas de posibles soluciones (como arreglar la desigualdad con un aumento de impuestos y de transferencias). El resto del mundo desarrollado sigue cauces parecidos. La desigualdad social carece de todo tipo de conflictividad social y merece condena; pero apenas da lugar a conflictividad. La ilegitimidad de las desigualdades no creemos que se resuelva a través del conflicto o de acciones colectivas radicales; confiamos en que la solución debe de venir del estado pese a que se confíe poco en la efectividad de éste para corregirlas. Lo cual resulta más extraño si cabe cuando tampoco simpatizamos demasiado con los impuestos que hacen un estado fuerte y capaz de corregir dichas desigualdades.

Aún así tampoco es extraño que los ciudadanos sean grandes demandantes de grandes políticas sociales y fieles amantes de un estado del bienestar. De hecho, en países como España parece concebirse la igualdad más como una redistribución desde arriba que como una ayuda individual potenciada por la ampliación de las oportunidades sociales. (Más como una limosna del estado que como algo que es justo y que ayuda al desarrollo económico y social y que es una obligación lógica del estado darla).

Pese a ello, la desigualdad y la pobreza, no forman parte de modo habitual en el discurso hegemónico de la cultura económica. Se confunden deliberadamente los discursos y los fines de la economía. En el propio primer mundo hay una tendencia dominante a una oposición a proporcionar riqueza sin contrapartidas a los pobres. De hecho, no existe mayor unanimidad entre los poderosos que considerar que el dinero ejerce un efecto pernicioso sobre los pobres; la llamada cultura de la pobreza. Esta cultura consiste en la preferencia por parte de algunos menesterosos por obtener dinero por los fondos públicos en vez de trabajar, lo que genera un círculo vicioso de inactividad. Con lo cual, a la desidia de las clases populares por evitar la desigualdad, se une la obstinación y total desinterés de los poderosos por hacerlo. Quizá esto último sea más lógico que la falta de interés de los pobres y las clases medias.

Hay que decir que esto que se ha redactado antes, es posible que esté un poco exagerado; más si cabe porque últimamente parece haber aumentado un poco la preocupación por la desigualdad. De hecho The Economist, una importante revista económica americana, afirma que a partir de 1930, y durante casi cuarenta años, la diferencia entre ricos y pobres se estrechó en Estados Unidos; pero que desde finales de los 60 se ha ido ensanchando y que ahora, finalizando el siglo XX, esa diferencia es la mayor existente desde la creación del estado del bienestar. Esta publicación ha hecho crecer en Estados Unidos la inquietud por la desigualdad, sobre todo porque aparece relacionada con aspectos raciales (se ha ensanchado más entre blancos y negros y no tanto dentro de la población blanca). El estudio de The Economist sobre Estados Unidos no tardó en despertar otros sobre otros países desarrollados, observando tendencias similares; siendo la Gran Bretaña de los años 80 (con Tatcher en el gobierno) el ejemplo más fuerte. No obstante la creciente desigualdad no es un asunto exclusivo del primer mundo, en muchos países emergentes y ex comunistas se ha observado con la llegada de nueva riqueza una desigualdad creciente.

Todo esto nos sugiere una pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué ha aumentado la desigualdad? La respuesta se halla principalmente en las políticas económicas liberales adoptadas en muchos lugares del mundo durante los últimos quince años. Muchos gobiernos han recortado el tipo impositivo (han bajado los impuestos directos, beneficiando a las clases más pudientes), a la vez que han recortado los subsidios a los pobres. Sin embargo, más importante que el impacto directo de estas políticas ha sido la repercusión indirecta de la liberalización económica. En los últimos años la competencia internacional y la nueva tecnología han ganado importancia en la economía. Esto, entre sus muchas ventajas, también ha traído un aumento de la desigualdad; una gran competencia se puede decir que trae un importante incremento de los ingresos de los agentes más competitivos o ganadores y un importante descenso de los ingresos de los agentes menos competitivos o perdedores. Los gobiernos liberales alegan que este proceso es tan necesario como deseable; necesario porque es una consecuencia del progreso en marcha; deseable porque canaliza el esfuerzo y otros recursos hacia usos que hagan crecer más rápidamente a la economía global. A largo plazo, el crecimiento rápido beneficiaría a todos y no puede negarse el desarrollo económico analizado a lo largo de muchos años no se haya ajustado a esto (que no haya beneficiado a todos al final). Pese a todo esto, tampoco puede negarse que un crecimiento rápido no haya beneficiado mucho más a unos que a otros y no haya aumentado la desigualdad.

Especulación.

El segundo elemento al que atribuimos una amenaza en el seno del capitalismo es la especulación. La especulación empieza cuando el precio de un producto sube una burrada y los más listos esperan una subida aún mayor y compran más unidades de ese producto produciendo así una la subida esperada llegando a adquirir dicho producto un precio que no le corresponde ni merece. Las compras y la buena disposición hacia ellas terminan cuando se agotan las existencias de compradores vulnerables y económicamente viables. Entonces se produce un cambio de opinión acerca de las perspectivas, una fiebre por apartarse, la presión de los acreedores que solicitan el pago de los préstamos que han financiado la compra de ese producto que debido a su excesivamente alto valor anterior, pierde precio de forma galopante y por tanto deja tras de sí una obligación de vender y un montón de pérdidas.

Galbraight explicó como muchas de las crisis financieras (caídas de la bolsa) se deben muchas veces a aspectos como la especulación y la cultura del pelotazo; a la vez que terminó de explicar que ni la especulación ni la cultura del pelotazo no eran anormalidades del capitalismo sino que eran parte del corazón de sistema. Consistían en agentes acondicionadores de la marcha de una economía que eran permitidos y en algunas ocasiones hasta potenciados. Por ello, la economía de mercado lleva en su seno una semilla del deterioro recurrente.

La especulación nació en el siglo XVII en Holanda, con la Tulipomanía; donde en 1636 el bulbo de tulipán llegó a valer lo mismo que un carruaje nuevo o dos caballos tordos; mientras que al año siguiente, su precio se había reducido casi a cero; dejando mucha gente arruinada de por medio. Si analizamos el caso fríamente, veremos como no es normal que un bulbo de tulipán alcanzase un valor exorbitante cuando su abundancia, normalidad o utilidad hace que su precio normal sea pequeño.

Desde entonces, los incidentes especulativos se han sucedido con ciclo de distinta intensidad y frecuencia. En todos ellos se da una amnesia respecto a sus precedentes; la aparición de instrumentos de innovación financiera, con aire de novedosos pero siempre basados en el llamado apalancamiento (los bienes que respaldan al dinero son minúsculos y evanescentes); y la segura atribución de la catástrofe tras la euforia a elementos externos al propio mercado.

A partir de los años 80 asistimos a un nuevo ciclo especulativo casi constante en el mundo debido sobre todo a la creciente hegemonía de los mercados financieros. Tan sólo el 5% de los intercambios monetarios corresponden al comercio de bienes y servicios. Los mercados financieros se mueven con un único fin que es masificar el beneficio; y para ello la especulación les ofrece una opción tentadora; puesto que les trae un beneficio sin contrapartida alguna (sin casi trabajar y casi siempre sin demasiado riesgo).

La especulación es una gran enemiga en el desarrollo de una economía; puesto que la puede poner patas arribas y le coloca los precios de diferentes productos de forma incoherente; habiendo productos que por su facilidad de obtención, su escasez de innovación respecto a otros parecidos, o su escasa utilidad, o los beneficios que de ellos se pueden derivar en condiciones normales, deberían ser más baratos que otros y son más caros y viceversa.

Actualmente, podemos citar como casos llamativos de especulación las acciones de empresas de telecomunicaciones que poseen un precio alarmante con respecto al que les debería corresponder. No es normal que portales de Internet que apenas tienen coste y no tienen tanto beneficio; hallan adquirido valores tan altos. Para J. Estefanía, el último capítulo de la vida del especulador combina un notorio rechazo social y una desaprobación pública de su acción con acciones penales. Quizá tenga razón, pero este capítulo parece muy lejano hoy en día.

6 ¿Estamos de verdad ante una crisis? Opiniones personales acerca del tema.

No cabe duda de que afirmar que el siglo XXI va a traer con él una crisis es quizá demasiado arriesgado por nuestra parte. Pero cuando varios consumados economistas como George Soros, A. Morita, o Joaquín Estefanía afirman que la leve expansión actual está trayendo pasivos que no hacen presagiar nada bueno; debemos hacerles un poco de caso.

Mi opinión al respecto es un poco escéptica sobre lo que se afirma en el trabajo. Creo que los problemas existen y nos van a traer más de un problema para el futuro, pero no estoy tan seguro de que la cosa se ponga tan fea para poder hablar de una futura crisis importante. De hecho, los libros en los que nos hemos basado están escritos entre 1996 y 1998; y pasados dos años, muchas de las previsiones no parecen todavía haberse cumplido. Sin embargo, no debemos olvidar que las previsiones que estos autores hacen son a largo plazo y él que todavía no se hayan producido las fatídicas consecuencias previstas, no quiere decir que no vayan a producirse.

No obstante, y pese al riesgo que entraña contradecir a importantes economistas, sigo pensando que en este caso los problemas vienen un poco inflados por los autores. Para Soros, por ejemplo, la crisis de las economías asiáticas en el 97 benefició a corto plazo al centro; pero a largo plazo esto iba a ser perjudicial ya que, debido a la deficiente organización política de estos países; una crisis económica en ellos podría suponer un abandono de la economía global por su parte. Esto que ha dicho, obviamente es cierto, y se ha demostrado con hechos como el progresivo abandono de la libre circulación de capitales en Malasia. Ahora bien, se puede formular una pregunta; ¿Es esto excesivamente perjudicial para Estados Unidos y la OCDE? Me explicaré mejor ¿Son tan importantes economías como Malasia, Indonesia, Singapur, Corea, Taiwán, Hong Kong o incluso Rusia como para poner en jaque la economía central? Yo, personalmente, creo que no. Las economías de extremo oriente, no tienen ni poder económico (PIB), ni una producción lo suficientemente importante ni insustituible como para que notemos en exceso si han cerrado sus fronteras o no. Quizá esta última afirmación pueda ser un poco exagerada, es posible que quienes lean esto no puedan evitar pensar si la economía mundial pueda prescindir de países como Corea o Taiwán. Pero es que además, las economías más fuertes de extremo oriente como los dos países antes citados, no han cerrado sus fronteras tras la crisis del 97. Solamente, algunas economías emergentes de menos importancia como Malasia y Hong Kong (pero en este último el cierre no ha sido total sino que se han puesto pequeñas restricciones a la salida de capital) han restringido su mercado financiero; con lo cual, la llamada amenaza del capitalismo global no es tan acusada como dice Soros. Este Autor, además, realiza una serie de afirmaciones un poco arriesgadas. Tanto en el nivel teórico como en el nivel práctico, ha quedado claro que es horrible para una economía quedar aislada; y que cuando un país se aparta del capitalismo global; el principal perjudicado es él mismo. No cabe duda de que la economía malaya va a quedar muy resentida en el largo plazo debido a la anterior decisión de su gobierno (un país no puede abrirse y cerrarse cada día según convenga, porque las multinacionales y el capital céntrico huiría de él asustado por su inestabilidad). Pensar que tan desafortunada decisión iba a ser imitada por los países vecinos por el mero hecho de que muy a corto plazo puede aliviar males mayores; es ser excesivamente pesimista y desconfiado con los diferentes gobiernos de estas economías emergentes.

De todas maneras, no quiero dar lugar a malas interpretaciones. No estoy diciendo que los razonamientos antes expuestos no sean ciertos y que la amenaza de la mundialización económica no exista. Simplemente digo que el problema puede quedar un poco hinchado. Pasados casi tres años desde la crisis asiática del 97, no se puede decir que el comercio internacional haya quedado resentido, es más, cada vez hay más pequeñas economías que poco a poco se van incorporando de forma muy leve al capitalismo global; pero también es cierto que el comercio con extremo oriente ha quedado un poco dañado, y que muchos de estos países han cerrado en parte sus fronteras. Esto también ha traído efectos negativos para las economías céntricas. Sin ir más lejos nuestra balanza de pagos (la balanza española) se ha visto afectada; y durante los años 98 y 99 nuestras exportaciones se han viso estancadas por la caída de las mismas a extremo oriente y América Latina.

En resumen, los que afirman que le capitalismo global está en crisis puede que exageren, pero tampoco mienten; prueba de ello es que en extremo oriente y América Latina se han cerrado puertas. Tampoco se miente cuando se afirma que una tensión en la periferia no puede acabar siendo buena para el centro. De hecho, la caída de las inversiones en Asia, ha traído una caída de las monedas de las economías emergentes. En Estados Unidos esto ha proporcionado un abaratamiento de las importaciones que ha ayudado a aliviar las tensiones inflacionistas internas; pero en otros países de la OCDE como España e Italia, la caída de las monedas asiáticas, unido a nuevas barreras consecuentes de la crisis, ha provocado una caída de las exportaciones (la caída de las monedas en Asia ha encarecido enormemente nuestros productos en esos países, si encima aparecen nuevas barreras, el aumento de precios es mayor) y ha hecho aumentar el déficit comercial que ha contraído su crecimiento. Con lo cual, aunque países como Estados Unidos se hayan beneficiado parcialmente; otros se han visto seriamente perjudicados, y eso que la crisis todavía no ha comenzado en serio, según se afirma anteriormente.

La primera parte de este apartado seis se ha dedicado a constatar como y de que manera nos podemos estar encontrando ante un problema. Nos hemos dedicado a deducir si los problemas de la inmensa inestabilidad financiera de economías emergentes (la inestabilidad financiera céntrica no es tan acusada) supone el comienzo de una crisis como se indica en el trabajo o simplemente unos pequeños estragos que no tardarán en pasarse. Esa es la tesis expuesta antes, a la que no se puede dar una respuesta segura. Pues bien, en la segunda parte de este apartado nos dedicaremos a descubrir las posibles causas del comercio internacional:

Para hacer el trabajo, se han usado una guía didáctica del Sistema Monetario Internacional, una serie de datos estadísticos sobre la evolución del comercio internacional de varios países y una leve explicación de Akio Morita acerca de las diferencias entre el capitalismo japonés y americano; pero la base de este ejercicio se basa en dos libros; uno de George Soros y otro de Joaquín Estefanía donde se señalan en ambos el problema de la crisis del capitalismo global en estos días. Sin embargo, a la hora de señalar culpables y soluciones, ambos autores disienten.

Según Soros, el principal culpable de la crisis es el hecho de que la globalización de la economía no ha traído una sociedad también global. Así, mientras los países tenemos economías abiertas y dependientes unas de las otras, las sociedades son cerradas y aisladas. Esto da lugar a que muchos países con economías emergentes tengan una sociedad mucho más atrasada de lo que está su economía. Se puede decir que Soros echa la mayor parte de la culpa a