Zaratismo

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La rebelión indígena de 1899: Una mirada desde la historia y una propuesta alternativa

Este trabajo fue escrito fue escrito por Pilar Mendieta como una tesis doctoral que fue defendida en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en julio del año 2007. La investigación se propone analizar un hecho histórico concreto: la rebelión indígena de Pablo Zárate, más conocido como el Willka que fue, sin lugar a dudas, una de las más importante rebeliones de la historia de la República de Bolivia (En Bolivia se han dado muchas insurrecciones indígenas. En la actualidad el país esta viviendo uno de los momentos más interesantes en cuanto a las reivindicaciones indígenas con el ascenso de Evo Morales a la presidencia de la República. Con todo, no se ha logrado movilizar un número tan importante como sucedió en 1899.). Esta rebelión se produjo dentro del contexto más amplio de la guerra civil que sacudió a Bolivia en 1899 y que se conoce como la Guerra o la Revolución Federal. Se trata de un momento histórico de mucha importancia ya que el país entró en una profunda crisis política que desembocó en un conflicto armado de grandes proporciones siendo la primera guerra civil por la que atravesó Bolivia desde su fundación.



Zaratismo

La rebelión indígena de 1899: Una mirada desde la historia y una propuesta alternativa

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Este trabajo fue escrito fue escrito por Pilar Mendieta como una tesis doctoral que fue defendida en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en julio del año 2007. La investigación se propone analizar un hecho histórico concreto: la rebelión indígena de Pablo Zárate, más conocido como el Willka que fue, sin lugar a dudas, una de las más importante rebeliones de la historia de la República de Bolivia (En Bolivia se han dado muchas insurrecciones indígenas. En la actualidad el país esta viviendo uno de los momentos más interesantes en cuanto a las reivindicaciones indígenas con el ascenso de Evo Morales a la presidencia de la República. Con todo, no se ha logrado movilizar un número tan importante como sucedió en 1899.). Esta rebelión se produjo dentro del contexto más amplio de la guerra civil que sacudió a Bolivia en 1899 y que se conoce como la Guerra o la Revolución Federal. Se trata de un momento histórico de mucha importancia ya que el país entró en una profunda crisis política que desembocó en un conflicto armado de grandes proporciones siendo la primera guerra civil por la que atravesó Bolivia desde su fundación.

La guerra civil fue el resultado de una acumulación histórica de contradicciones políticas, regionales, económicas y étnicas en un país que todavía mantenía características coloniales no resueltas. Confluyeron en este contexto dos conflictos que se dieron de forma simultánea y entrelazada. De manera resumida, la llamada Guerra Federal tiene que ver con el estallido violento de las fricciones entre dos élites en pugna por el poder y a conflictos relacionados con las comunidades indígenas en la lucha por la recuperación de sus tierras usurpadas por causa de las políticas estatales que pretendían su desaparición.

La crisis de 1899 implicó la sustitución en el poder del partido conservador, cuyo poder se encontraba en el sur de la República, por el partido liberal. La consecuencia más inmediata, una vez terminado el enfrentamiento a favor de los liberales, fue el cambio de la sede de gobierno de la ciudad de Sucre a la de La Paz, trasladándose la hegemonía política del país al norte. Su peculiaridad consistió en la participación activa de las comunidades indígenas así como de los poderes locales sobre la base de una gran alianza popular que fue rota una vez que los indígenas radicalizaron su posición dentro del contexto de la contienda. Uno de los casos más complejos sucedió en el templo del pueblo de Mohoza, en donde 120 soldados de un escuadrón liberal murieron en manos de los indígenas supuestamente aliados. Otro de los casos de radicalidad indígena ocurrió en la zona de Peñas en el departamento de Oruro donde, al calor de los acontecimientos, sus líderes conformaron un gobierno propio.

Estos dos hechos tuvieron graves consecuencias para los indígenas que pasaron de incondicionales aliados a ser vistos como un colectivo peligroso para los objetivos de la élite norteña. A pesar de haber ganado la guerra gracias a la intervención indígena, una vez en el gobierno, los liberales llevaron a cabo una estrategia represiva expresada en la idea de que se había iniciado una “guerra de razas”. La pregunta de que “hacer con el indio” se convirtió en el tema central del debate nacional durante las primeras décadas del siglo XX. Por su parte, los indígenas inauguran un periodo de defensa de la comunidad recurriendo a nuevas y viejas estrategias para recuperar sus tierras más que nunca agredidas por las políticas liberales.

1. La guerra civil de 1899 vista desde la historiografía

A pesar de que existió una intima ligazón entre la llamada guerra federal y la rebelión indígena, estos acontecimientos han sido tratados por la historiografía como dos procesos separados lo cual ciertamente obedece a la dificultad de vincular ambos temas así como a la idea predominante de que el conflicto de 1899 encerró en realidad dos guerras: la guerra entre facciones de la élite por monopolizar el poder político y la guerra reivindicativa de los indígenas (Para esta reseña histórica se han tomado datos de los trabajos de Marta Irurozqui, historias bajo la lupa: La guerra Federal fascículos 6 y 7. Coordinadora de Historia-La Razón, 1999 y La armonía de las desigualdades. Elites y conflictos de poder en Bolivia 1880-1920. Cusco, Centro Bartolomé de Las Casas, 1994.). Por esta razón, en esta primera parte del trabajo se destacarán los distintos aportes sobre la guerra civil de 1899 a partir de dos perspectivas que son el resultado de las investigaciones y enfoques teóricos hasta el momento realizados. Unos han privilegiado la guerra federal tomando al conflicto indígena como secundario y otros han insistido, más bien, en tratar la participación de los indígenas como actores de primera importancia.

1.1 La Guerra Federal

Con relación a los motivos que provocaron el enfrentamiento entre liberales del norte y conservadores del sur existen interpretaciones que desde perspectivas influenciadas por el marxismo y la teoría de la dependencia, en boga durante los años sesenta y setenta, ven como el trasfondo de la guerra civil de 1899 el choque entre dos bloques rivales caracterizados tanto por sus actividades económicas como por sus conflictos regionales.

En la mayoría de los casos, los historiadores que defienden esta visión entremezclan ambos tipos de contraposiciones. Es decir, el modelo de una oligarquía tradicional con una economía basada en la minería de la plata y vinculada al capital chileno que se une a los intereses del sur liderizados por una oligarquía ubicada en la ciudad de Sucre. A su vez, la ciudad de La Paz es identificada con la imagen de un nuevo ascendente grupo de comerciantes, con intereses en la minería del estaño, la extracción de la goma elástica y una mayor conexión comercial con el Perú.

José Fellman Velarde (1970) desarrolla esta articulación dándole a su interpretación un tinte marxista con características de un naciente nacionalismo mestizo cuya consecuencia sería -a largo plazo- la revolución de 1952. (José Fellman Velarde. Historia de Bolivia. La bolivianidad semifeudal Vol II.Cochabamba, Editorial Los Amigos de Libro, 1970.) Este autor percibe el conflicto de 1899 como un enfrentamiento de clases, es decir, de las clases medias de La Paz identificadas con el partido liberal y las clases dominantes de terratenientes y mineros de Sucre. Por su parte, Alipio Valencia Vega (1973) atribuye el conflicto de 1899 a una rivalidad entre el capitalismo minero de La Paz con el auge de la minería del estaño y los hacendados feudales de Sucre. Lo mismo sostiene Sergio Almaraz (1987) para quien el enfrentamiento de 1899 se dio entre una nueva oligarquía formada en el norte por comerciantes burgueses y terratenientes de la vieja oligarquía feudal del sur asentada en la minería. (Alipio Valencia Vega. El pensamiento político en Bolivia.La Paz, Editorial Juventud, 1973 y Sergio Almaraz.El poder y la caída. El estaño en la historia de Bolivia. La-Paz-Cochabamba, Editorial Los Amigos del Libro, 1987.)

Un planteamiento diferente le otorga un carácter dependentista a los acontecimientos. En esta corriente se sitúa Juan Albarracín Millán (1972) que atribuye a la revolución de 1899 causas externas, es decir, a la sustitución de las compañías inglesas por las norteamericanas. Según este autor, el derrocamiento de los conservadores tuvo el carácter de “una victoria de las fuerzas filo-norteamericanas que actuaban desde el partido liberal y como tal estuvo en consonancia con similares acontecimientos ocurridos en todo el continente”. Para James Dunkerley (1987) aunque el éxito militar del partido liberal fue el resultado del apoyo campesino, la fuerza política y económica de la revolución tuvo su origen en la caída de la plata en el mercado mundial. Para Dunkerley, la adopción generalizada del patrón oro en las naciones industrializadas dieron lugar a la reducción del precio de la plata en la década de 1890 con el consiguiente declive de la economía sureña. (Juan Albarracin Millán. El poder minero. La Paz, Editorial Urquizo Ltda. 1972 y James Dunkerley. orígenes del poder militar en Bolivia. Historia del ejército 1879-1935.La Paz, Editorial Quipus, 1987.)

Sin descartar el aporte que estas interpretaciones ofrecen sobre el conflicto que nos ocupa, una crítica que se les puede hacer es que los autores se acomodan a un modelo explicativo ajeno y alejado de una realidad andina mucho más compleja que la visión simplista que los esquemas marxistas y/o dependentistas nos ofrecen. Consideramos que estas tendencias resultan anacrónicas para el análisis de los hechos ya que pretenden entender el pasado a partir de las experiencias y los intereses del presente.

Ahora bien, las explicaciones históricas que le dan preponderancia a la problemática regional inciden en la convergencia de intereses de grupos económicos con la cuestión regionalista. Esta visión del conflicto es quizás la opción que tiene más aceptación dentro de las interpretaciones sobre la guerra federal (Esto se puede comprobar fácilmente a través de la lectura de las diferentes Historias Generales de Bolivia donde los autores reproducen el discurso de animadversión norte-sur así como las causas económicas del conflicto sin mencionar la participación de otras regiones y/o otros actores simplificando las causas de la guerra civil.). La mayoría de los estudiosos que destacan el aspecto regional consideran que el conflicto de 1899 constituye una línea divisoria entre pautas coloniales de ocupación del territorio (el sur) y las que empezarían a desarrollarse bajo el mandato norteño (La Paz). Uno de los historiadores que más se identifica con el aspecto regional es José Luis Roca (2001) quien cree que la guerra federal fue el resultado de conflictos económicos entre el norte y el sur en una pugna regional por el control político del país. (El autor propone que el regionalismo es un método de análisis. Ver: José Luis Roca “El regionalismo como método de análisis histórico en la Bolivia del siglo XX”. En: Cajias et al Visiones de fin de siglo. Bolivia y América Latina en el siglo XX. La Paz, IFEA, Coordinadora de Historia, Embajada de España, 2001.) Dentro de esta tendencia el trabajo de Gustavo Rodríguez Ostria (1993) resulta el más interesante puesto que nos habla de región pero también se aproxima a la problemática de las ideas federales y las propuestas regionales. Rodríguez explica los acontecimientos de 1899 como parte de las necesidades de las diferentes regiones de una reforma estatal que apelando al federalismo o a la descentralización exigían flexibilizar y democratizar el poder. (Gustavo Rodríguez Ostria. Poder central y proyecto regional.Cochabamba y Santa Cruz en los siglos XIX y XX.La Paz, ILDIS, 1993.)

Uno de los tópicos que deriva de la problemática regional es el del federalismo. A lo largo del siglo XIX regionalismo y federalismo fueron dos problemas entrelazados con los que los nuevos países tuvieron que enfrentarse. El tema del federalismo, con ciertas excepciones, ha sido descuidado por la historiografía boliviana en contraste con otros países como México, Brasil y Argentina. Aunque el sistema federal nunca prosperó en Bolivia no por ello dejaron de haber serias propuestas al respecto que están íntimamente relacionadas con lo acontecido en 1899. (Marcelo Carmagnani. Federalismos latino americanos. México, Fondo de Cultura Económica, 1993.) Un último trabajo sobre la guerra federal de Carlos Ponce Sanjines y Ana Maria Montaño (1999) da cuenta de la importancia de las ideas federales en el conflicto del mismo nombre y la frustración ideológica que sus promotores tuvieron con el desenlace centralizador de la misma. (Carlos Ponce Sanjines y Ana Maria Montaño. La revolución federal de 1898-99. Su cruento desenlace y frustración ideológica. La Paz, Librería Editorial Juventud, 1999.)

Una de las novedades sobre el tema pertenece a Marta Irurozqui (1994) quien desprendiéndose de las visiones anteriormente citadas se concentra en el análisis de las élites de poder en Bolivia. El trabajo ve en la guerra federal la oportunidad de una rearticulación de las élites a través de una remodelación oligárquica. Es decir, más que una lucha regional entre oligarquías del norte y del sur, se trataría más bien de un intento de analizar cómo se entretejen las relaciones de poder y los conflictos de clase como producto de intereses y rivalidades al interior de la élite para asegurar su supervivencia. (Marta Irurozqui. La armonía de las desigualdades.Elites y conflictos de poder en Bolivia 1880-1920.Cuzco, Centro Bartolomé de Las Casas, 1994.) Sin duda, es un trabajo muy novedoso ya que rompe con las anteriores visiones del conflicto y enriquece la interpretación de los hechos.

1.2. La Rebelión Indígena

Una segunda perspectiva sobre la crisis de 1899 nos las ofrecen los diversos trabajos sobre el tópico de la rebelión indígena. Las interpretaciones sobre la participación indígena en la guerra civil de 1899 coinciden con un periodo en el que predominan los estudios que provienen de la etnohistoria. Si bien el inicio de la etnohistoria andina lo podemos situar en la década de los años sesenta con los trabajos de Murra y de Condarco, la época más fructífera de esta corriente en Bolivia se encuentra a partir de los años ochenta. Esta tendencia esta relacionada en sus orígenes a las corrientes neomarxistas anglosajonas que abrieron el debate sobre la pertinencia de una historia “desde abajo”. (Entre los historiadores neomarxistas más conocidos se encuentran los británicos E.P. Thompsom y Eric Hobsbawn quienes han trabajado la historia de los campesinos y del movimiento obrero.) Es considerada una suerte de opción metodológica que, apelando tanto a la antropología como a la historia, estudia a los “otros” con el propósito de “descolonizar el conocimiento”. La etnohistoria, a diferencia de los autores neomarxistas, le concede más importancia a lo étnico que a la clase y sus opciones de estudio son más amplias ya que no solamente se refieren a lo indígena sino a lo mestizo y a todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y de género. Sin embargo, el excesivo énfasis en estudiar a los dominados hace que se pierdan los matices de una historia más compleja de interrelaciones sociales.

Uno de los temas más estudiados por la etnohistoria en Bolivia y en el Perú es el de las rebeliones indígenas. Escapa a nuestro propósito el citar los innumerables trabajos y visiones al respecto. Sin embargo, es importante decir que la rebelión mayormente estudiada es la de 1781 la cual comprometió a casi todo el mundo andino. (La preocupación de los historiadores bolivianos sobre el campesinado coincide con la relevancia que se ha dado a este tema especialmente desde los inicios de la etnohistoria a partir de los años sesenta. Es a partir de esta década que la cuestión agraria llega a ocupar un lugar cada vez más destacado en la comprensión de la historia moderna mundial. Autores que mostraron una visión más critica frente al occidente industrializado descubrieron que lo agrario o una historia desde abajó era fundamental para comprender el mundo occidental. Podemos citar a varios autores de importancia entre ellos Barrington Moore (1966) quien demostró que las culturas políticas contemporáneas reposan sobre cimientos históricos de violencia y transformación agraria. Por su parte Eric Wolf (1969) se concentro más específicamente en el tercer mundo y sostuvo que las grandes revoluciones del siglo XX fueron en gran medida guerras campesinas. A E. Hobsbawn (1959) también le pertenece una serie de estudios clásicos sobre los conflictos campesinos en el mundo y en Inglaterra su país de origen. Podemos nombrar a muchos otros estudiosos que actualmente se hallan en el debate como Scott (1976), Paige (1975), Tilly (1978) Popkin (1979) y Skocpol (1979) entre los mas importantes. En el caso de las historiografía andina y a partir de la etnohistoria el tema de las rebeliones ha sido ampliamente estudiado por autores como Scarlett O Phelan, León Campbell, Alberto Flores Galindo, Manuel Burga, Jurgen Golte, Florencia Mallon entre otros no menos importantes. En Bolivia, a partir de la obra pionera de Ramiro Condarco Morales el interés por el tema se ha incrementado. Entre los autores más destacados se encuentran Maria Eugenia del Valle de Siles con su obra magistral sobre Tupac Katari. También se encuentra la obra de Fernando Cajias de La Vega sobre la rebelión de Tupac Amaru en la región de Oruro y Roberto Choque sobre la masacre de Jesús de Machaca, los trabajos de Pilar Mendieta sobre la rebelión de 1899, Silvia Rivera, Xavier Albo y Esteban Ticona sobre los movimientos indígenas más contemporáneos así como la obra de estudiosos extranjeros.) Dentro de este contexto rescatamos el aporte del Taller de Historia Oral Andina cuyos miembros, casi todos intelectuales de origen aymara, han aportado notablemente al conocimiento de las rebeliones y de la historia indígena en base a los testimonios orales.( El THOA fue fundado a iniciativa de la socióloga Silvia Rivera Cusicanqui)

A partir de la década del 1990 empiezan a vislumbrarse nuevas tendencias que tienen como característica la incorporación de nuevas temáticas y problemáticas que intentan reevaluar la visión que había caracterizado a los etnohistoriadores. Marta Irurozqui (1994, 1999) abre la brecha en este sentido afirmando que, si bien el estudio relativo a los estratos subalternos de la sociedad es imprescindible porque les permite hacerse presentes en un proceso histórico del que solían estar excluidos, no basta para entender las relaciones de dominación puesto que su relevancia historiográfica reafirma una imagen sesgada de la problemática social por lo que se requieren análisis capaces de proporcionar una lógica interrelacionada del comportamiento de los distintos actores sociales. (Marta Irurozqui, 1994, pp. 11.) Según esta autora no es posible entender las acciones de los sectores populares sin comprender primeramente a las élites dominantes.

Una vez dicho esto lo que interesa destacar son los estudios realizados en relación a la rebelión indígena de Pablo Zárate Willka. El debate sobre la participación del indio en la guerra civil y la pregunta de que hacer con este fue uno de los temas claves en la primera década del siglo XX, sin embargo, la élite liberal se dedicó muy prontamente a esconder y borrar los medios utilizados para llegar al poder en 1899. La participación de los indígenas como parte fundamental de la alianza popular propiciada por los liberales es lentamente olvidada hasta el punto en que la persona de Pablo Zárate Willka no fue más que una figura desdibujada por el olvido. Olvido que se tradujo también en la indiferencia de una historiografía oficial que convirtió a los indígenas en una especie de sujetos ahistóricos sin ninguna relevancia para la historia del país. Este gran desconocimiento duró hasta la década de 1960 cuando se publica la obra pionera de Ramiro Condarco Morales (1963) sobre la rebelión indígena de 1899. Gracias a Condarco la figura excepcional de Pablo Zárate sale de las penumbras para hacerse visible por primera vez a los ojos de la historia boliviana. En la actualidad, debido a la importancia de los movimientos indígenas en Bolivia, figuras como las de Tupac Katari y Pablo Zárate Willka han sido resaltadas en el contexto de un discurso político radical de corte indianista. La utilización política de estos personajes ha provocado que su historia se ideologize y, por lo tanto, se preste a tergiversaciones históricas. (Ver por ejemplo los trabajos de Félix Patzi. “Rebelión indígena contra la colonialidad y la transanacionalización de la economía: triunfos y vicisitudes del movimiento indígena desde 2000 a 2003” En: Forrest Hylton et al. Ya es otro tiempo el presente. Cuatro momentos de insurgencia indígena. La Paz, Editorial Muela del Diablo, 2003.)

Se pueden señalar tres interpretaciones históricas claramente definidas interesadas en comprender las causas de la sublevación indígena de 1899 y el apoyo brindado a los liberales. La primera interpretación defiende la autonomía política del movimiento indígena. Esta interpretación asegura la existencia de un largo y exhaustivo proyecto de sublevación que vio en el conflicto entre partidos políticos la ocasión propicia para manifestarse. No se niega la campaña de proselitismo realizada por el partido liberal en el altiplano en los años previos a 1899, pero afirma que los indígenas instrumentalizaron ese esfuerzo para llevar a cabo un proyecto propio de remodelación de las relaciones sociales y étnicas demarcándose del orden republicano.

El segundo enfoque, si bien acepta la existencia de las peticiones indígenas para la mejora de sus condiciones de vida y la incitación de los liberales antes de la sublevación, esta en desacuerdo con que existiera un plan de rebelión preconcebido siendo su participación parte de los resultados no previstos de la contienda bélica. Los indígenas habrían actuado al calor de los acontecimientos enarbolando sus propias reivindicaciones.

La tercera línea de investigación considera que los autores que reivindican tanto la autonomía como la independencia de la sublevación consiguen con esto un efecto contrario. Es decir, los indígenas vistos como una masa política indiferenciada incapaz de tomar decisiones políticas invalidándose de esta manera medio siglo de estrategias indias en las que se encuentra una dinámica intensa de alianzas y propuestas en activa relación con el Estado.

La posición que propone la participación autónoma y premeditada de la población indígena parte de la influencia del trabajo de Ramiro Condarco Morales que -como se dijo- fue el pionero de la investigación sobre la rebelión de 1899. (Ramiro Condarco Morales. Zárate, el temible Willka. Historia de la rebelión indígena de 1899 en la República de Bolivia. La Paz, Editorial Renovación, 1982 (2da edición).) Este autor intenta demostrar que la actuación de las comunidades indígenas fue un factor decisivo para el triunfo liberal afirmando por primera vez el hecho de que la movilización indígena obedecía a instrucciones que eran parte de un programa cuidadosamente meditado por Pablo Zárate dando cabida a nuevos planteamientos que apoyan esta hipótesis. Según palabras de Condarco los indígenas fueron actores políticos que buscaban la “liberación social y política de las nacionalidades indígenas, es decir, la autodeterminación de su civilización”. Un ejemplo de esta corriente se encuentra en los estudios de Tristán Platt (1987) sobre las comunidades de Chayanta en el norte de Potosí. De acuerdo a Platt, los habitantes andinos entendían su propio bienestar reformulando su ubicación política en diálogo con las leyes y la justicia bajo los parámetros de lo que el autor ha denominado un pacto de reciprocidad con el Estado roto a raíz del proceso de invidualización de las tierras iniciado en 1874, lo que provocó una escalada de movimientos indígenas que habían empezado antes de la Guerra del Pacifico (1879-1883). (Tristan Platt.” La experiencia andina del liberalismo boliviano entre 1825 y 1900. Raíces de la rebelión de Chayanta (Potosí) durante el siglo XIX” En: Steve Stern Resistencia, rebelión y conciencia campesina en los Andes. Siglos XXII y XX. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1987.) Para Platt la guerra civil de 1899 constituyó, por lo tanto, la cúspide de una confrontación en la que el liberalismo ilustrado intento acabar con la herencia colonial-andina en Bolivia en nombre del progreso.

Dentro de la misma línea se encuentran los trabajos de Marie Danielle Demélas (1985) quien sostiene que los indígenas participaron en la guerra civil con un papel político activo y autónomo. Demélas hace un buen seguimiento del movimiento indígena y su organización en los años previos a la guerra por lo que supone que estos habrían aprovechado las disidencias interelitarias para llevar a efecto planes elaborados con anticipación.( Marie Danielle Demélas “De jefes legítimos y vagos” En: Historia y Cultura Nro 8 La Paz, Sociedad Boliviana de la Historia, 1985.) Para Roberto Choque (2005) “la participación indígena en esa contienda tuvo el propósito de buscar un proyecto hacia una sociedad no excluyente que respetase las estructuras sociales propias en base al ayllu y la comunidad originaria y la instauración de un gobierno propio. (Roberto Choque Canqui. Historia de una lucha desigual. La Paz, Unidad de investigaciones históricas UNIH-PAKAXA, 2005.) Esteban Ticona (1989) desde una visión ideologizada, reivindica la total autonomía indígena y el deseo de estos de conformar un gobierno propio al margen del Estado boliviano. (Esteban Ticona Alejo. “Algunos antecedentes de la revolución federal” En: Revista de Sociología Nro 14 La Paz, UMSA, 1989.)

En este punto es necesario aclarar que si bien estos autores llegan a la misma conclusión, lo hacen a través de distintas interpretaciones. Por ejemplo, Platt (1987) sostiene, al estudiar las revueltas en el norte de Potosí, que los indígenas exigían una “moralización a través de la indianización que sería la misma en un Estado liberal y en un Estado inca. La diferencia, aclara Platt: “estriba en que, a través de un diálogo con el partido liberal, el proceso de indianización no podía proyectarse más allá del nivel de los recaudadores y corregidores, reservando los cargos más elevados para los mestizos y criollos. En cambio en la “República Inca” este proceso se extendería hasta la subprefectura y la cúpula misma”. Para el contexto rebelde en su conjunto el autor sostiene que a partir de lo sucedido en Mohoza en febrero de 1899, los indígenas al mando de Pablo Zárate, habrían demostrado claramente la autonomía de sus objetivos. (Tristán Platt, 1987, pp. 297-299.) Marie Danielle Demélas (1985) al referirse a la acción de los indígenas al mando de Pablo Zárate sostiene que, a pesar de los lazos con el partido liberal y las diferencias entre los indígenas en relación a su mayor o menor grado de participación en la rebelión, en las zonas de mayor radicalidad estos dieron pruebas de “independencia”( Marie Danielle, Demélas, 1985, pp. 66. La autora critica a Condarco el haber homogeneizado al movimiento indígena en el supuesto de que actuaron como un colectivo unificado desconociendo las diferencias internas pp. 65.). Según la misma autora los lideres indígenas se dividieron entre un proyecto de sociedad en la que habrían estado representadas las diversas castas que componían la nación y la voluntad de masacre racial, de reconquista de tierras usurpadas, después del exterminio de los blancos”. (Ibid, pp.68.)

En resumen, estos autores insisten en la autonomía política indígena defendiendo la idea de una conjura en contra de la reforma agraria que los habría dotado de una organización y objetivos propios. No niegan la presencia proselitista de los liberales en el altiplano (a excepción de Ticona y Choque) ni la alianza que estos forjaron con el partido liberal pero sostienen que los indígenas instrumentalizaron ese esfuerzo para llevar a cabo un proyecto de remodelación de las relaciones sociales y étnicas al margen de la República sin llegar a probar la autonomía de sus objetivos.

La segunda línea historiográfica explica la participación indígena en la crisis de 1899 como una acción forzada por los acontecimientos. Esta corriente que rechaza la idea de un proyecto planificado y organizado por medio de jefaturas disciplinadas enfatizando en el descontento indígena derivado del proceso de compra y venta de tierras y de los abusos de autoridad tanto del ejército como de los poderes locales. Se explica la contienda como esporádica y sin relación con los proyectos liberales. No cuestiona la injerencia de los liberales en el campo pero se la interpreta como abusiva. Así el partido liberal, mediante promesas de restitución de tierras, habría instrumentalizado a los indígenas para su participación en la lucha. Esto se desprende de textos como los de René Zavaleta Mercado (1986) para quien el motivo de los descontentos en el campo no obedeció a un proyecto planificado de sublevación sino que fue una respuesta directa a la apropiación de las tierras comunales y a las acciones arbitrarias del ejército durante el conflicto y de ahí que la rebelión sucediera precisamente en el área de expansión latifundista (René Zavaleta Mercado. Lo nacional popular en Bolivia México, Editorial siglo XXI, 1986.).

Por su parte, Andrew Pearse (1984) hace referencia a la acumulación de fricciones diarias entre los indios comunarios y los vecinos de los pueblos para entender contra que y contra quienes iba dirigido el ataque de los indígenas en 1899. La identificación de los rasgos blancos y mestizos de los funcionarios estatales responsables de la desestructuración de las comunidades implicó que se agrediese a los vecinos de los pueblos como los culpables inmediatos. De esta forma, el autor enfatiza el hecho de que la población indígena se sublevó en contra un conjunto de abusos haciendo responsables a sus ejecutores. (Andrew Pearse “Campesinado y revolución: El caso de Bolivia” En: Fernando Calderón y Jorge Dandler (comp) Bolivia: La fuerza histórica del campesinado. La Paz, CERES, 1984.) Luis Antezana Ergueta (1994) concibe a los indígenas como personas que buscaban tierra y libertad frente a una clase feudal semiesclavista. Según este autor los indígenas fueron hábilmente usados por los liberales gracias a las relaciones entabladas por estos con el jefe del partido liberal, José Manuel Pando, quien estaba casado con una descendiente de los caciques Guarachi. La participación indígena no sería tanto por la acción de Pablo Zárate sino por la admiración indígena por este y la obediencia ciega hacia el líder liberal. (Luis Antezana Ergueta. Masacre y levantamientos campesinos en Bolivia. La Paz, Editorial Juventud, 1994.)

La tercera corriente de investigación propone a los indígenas como sujetos activos en la política boliviana a lo largo del siglo XIX. De acuerdo a esta tendencia los indígenas se movilizaron y se involucraron en el juego de los poderes locales a través de las redes clientelares y de compadrazgos logrando de esta forma establecer alianzas con el Estado y los partidos políticos o promover revueltas en su contra. Se resalta así la capacidad política de los indígenas en una posición que rompe con las argumentaciones de un proyecto político autónomo poniendo énfasis en las interrelaciones sociales entre diversos estamentos sociales. Esta visión se desprende de los trabajos de Marta Irurozqui (1999) que, sin descartar la propuesta del pacto defendida por Platt, afirma que la idea de un proyecto político al margen del resto de la sociedad convierte al indígena en un ser incapaz de plantearse “alternativas” políticas dentro del marco del Estado boliviano. (Marta Irurozqui. “El sonido de los pututus. Politización y rebeliones indígenas en Bolivia” En Historia y Cultura Nro 26”. La Paz, Sociedad Boliviana de la Historia, 1999.) Según Irurozqui la idea de la autonomía indígena no hace más que apoyar los miedos interiorizados de la élite que después de la revolución lanza un discurso que sugiere la idea de que los indígenas habrían actuado de manera autónoma encabezando una guerra de razas. Los indígenas habrían buscado participar en la vida política nacional en una lucha que no sólo involucraba los conflictos por la tierra sino también el deseo de educación, entendido como un medio para lograr la ansiada ciudadanía.

Brooke Larson (2002) sostiene que los indígenas en el siglo XIX se enfrentaron al Estado por sus derechos tradicionales, es decir, por la persistencia del pacto tributario, como lo sugiere Platt, pero que esto no constriñó su capacidad de adaptarse o de alterar sus estrategias políticas a medida que las circunstancias políticas así lo requerían. Las comunidades hicieron de esta forma el uso de pactos y alianzas como una forma de táctica política que determinó lo que ella llama “una explosiva alianza entre los indígenas y el partido liberal en la que Zárate Willka era un militante aymara profundamente comprometido con los ideales de autonomía territorial y pluralismo cultural dentro del marco de un gobierno republicano. (Brooke Larson. Indígenas, Elites y Estado en la formación de las Repúblicas Andinas. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2002.)

Un trabajo que es pertinente rescatar es el de Gabriela Kuenzli (2003). La autora va más allá que Irurozqui y Larson puesto que considera a los indígenas como militantes comprometidos con el proyecto liberal por su activa participación como parte del ejército liberal y por las relaciones entabladas entre ambos. Kuenzli afirma que los indígenas luchaban por la ciudadanía y pone en entredicho el énfasis que casi todos los trabajos hacen con respecto al pacto de reciprocidad elaborado por Platt. La lucha de los indígenas sería el fruto de sus deseos de incorporación al Estado boliviano y a su necesidad de ciudadanía. (Gabriela Kuenzli “La evolución de la revolución liberal: de aymaras a ciudadanos” En: Historia y cultura Nro 28-29.La Paz, Sociedad Boliviana de la Historia, 2003.) Finalmente un artículo de Forrest Hylton (2004) que siguiendo esta misma línea, aunque con diferencias, defiende la idea de que en 1899 los indígenas habrían intentado construir un proyecto contra hegemónico que el autor lo denomina como un federalismo insurgente. (Esta hipótesis mía fue compartida con Forrest Hylton el año 2003. Más tarde también compartí esta idea con Marta Irurozqui. Ver: Forrest Hylton “El federalismo insurgente: una aproximación a Juan Lero, los comunarios y la guerra federal” En: Tinkazos Nro 16. La Paz, PIEB, 2004.)

Ahora bien, tanto los trabajos de Irurozqui (1994), Larson (2001) y Kuenzli (2003) tienen el mérito de no quedarse en el análisis de la participación indígena en la contienda sino que intentan analizar el discurso que, como resultado del conflicto, se inició en los albores del siglo XX en base a la pregunta de “qué hacer con el indio”. Irurozqui reflexiona sobre el discurso de la élite a partir del análisis de la producción intelectual de principios de siglo. Por su parte, a Larson le interesa, a través del análisis las mismas fuentes, cómo fueron construidas las nociones de nación y de raza por la élite criolla. En ambos casos, el problema era si el gobierno debería promover la integración, civilización y ciudadanía de los pueblos indígenas dentro de un Estado homogeneizador y de ser así como debían cumplirlo. Ambos trabajos destacan la construcción de un discurso elitista que abogaba por la futura incorporación del indio a la vida nacional bajo la premisa de una reforma educativa previa. Esta pretendía ser realizada por los miembros de la élite quienes se consideraban los únicos aptos para hacerlo, dado el estado de degradación y salvajismo de los indígena. La idea, según estas autoras, era convertir a los indígenas en una fuerza de trabajo dócil a partir de su incorporación como ciudadanos de segunda clase convertidos en trabajadores útiles y soldados patriotas. Por su parte Kuenzli (2003) se dedica a interpretar las repercusiones de la guerra civil dentro del contexto indígena.

2. Una propuesta alternativa

La presente investigación tiene su propia historia que se remonta a muchos años atrás cuando, a través de la lectura de la obra pionera de Ramiro Condarco, supe con certeza cuál sería el tema que motivaría la realización de mi tesis de licenciatura primero y posteriormente de la tesis de maestría (Pilar Mendieta. Resistencia y rebelión en Mohoza: La masacre de 1899. Tesis de licenciatura en Historia, La Paz, UMSA, 1994 y Entre el caudillismo y la modernidad. Poder local y política en la provincia de Inquisivi: El caso de Mohoza (1880-1899) La Paz, tesis de Maestría en Ciencias Políticas Universidad de San Simón, 1999.). Un episodio particular de los muchos que generó el conflicto armado de 1899 me causó una impresión profunda convirtiéndose desde entonces en el motivo de mis reflexiones y preocupaciones intelectuales. Este episodio no fue otro que el de la matanza que los indígenas de un pequeño pueblo de la provincia de Inquisivi, llamado Mohoza, cometiera contra los hombres de un escuadrón liberal aliado. Mi primer pensamiento estuvo dominado por el asombro ante un crimen colectivo de tal magnitud. Una vez superado el impacto inicial, me pregunte acerca de cuales habrían sido las causas para que aquellos hombres tomaran una actitud tan radical.

Mi primera aproximación al tema resulto algo superficial e ingenua aunque válida por tratarse de un primer esfuerzo por comprender lo ocurrido (Si bien Condarco (1963) e Irurozqui (1994) hablan de Mohoza, mis investigaciones son las únicas que se dedicaron a entender estos acontecimientos de manera detallada.). En aquel trabajo, la visión de lo que fuera la masacre de Mohoza estuvo centrada exclusivamente en las contradicciones acumuladas por la comunidad indígena contra el Estado, representado en los vecinos mestizos del pueblo, cayendo en una visión dicotómica de la realidad estudiada. Es decir, los “buenos” e “ingenuos” indígenas que reaccionaron por su situación de opresión secular en contra de los “malos” representados por los vecinos del pueblo y el escuadrón liberal. Ello impidió, en aquel momento, ver que se trataba de una trama mucho más compleja. En efecto, dentro de la problemática política de Mohoza y con estrecha relación a la masacre, se encontraban fuertemente implicados los propios vecinos del pueblo y de la provincia quienes, a raíz de sus contradicciones y rencillas políticas internas, se hallaban fuertemente enfrentados. En otros términos el conflicto de Mohoza iba más allá de la tradicional visión sobre el antagonismo indio/mestizo y/o indio/blanco. El conflicto, por lo tanto, involucraba a varios actores sociales estrechamente relacionados que, si bien fueron percibidos en este primer trabajo, no se los considero como parte determinante de la matanza.

La complejidad del violento enfrentamiento planteó, en un segundo trabajo, la necesidad de ahondar en el análisis del papel político jugado por los vecinos y los conflictos políticos interelitarios por el poder local en la provincia de Inquisivi. Tuve que ampliar mi análisis para poder entender el rol que jugaban los sectores intermedios en las relaciones de poder tomando las sugerencias de los trabajos de Marta Irurozqui (1994). Fue necesario además, ampliar el concepto de élite definido por esta autora como “élites intermedias o intermediarias que compartían residualmente el acceso al poder así como su usufructo”. (Marta Irurozqui, 1984.) Mi principal objeto de estudio fue entonces la élite mestiza del pueblo de Mohoza y la provincia de Inquisivi partiendo de la trama tejida por los compadrazgos, matrimonios y redes clientelares que, en última instancia, definieron sus opciones políticas en pro del partido conservador o del partido liberal. La finalidad era reconstruir una historia política regional y del poder local sin perder de vista el contexto político nacional y la participación de las comunidades, enfatizando las rencillas políticas internas que, entremezcladas con las reivindicaciones indígenas, tuvieron como efecto el nefasto desenlace de 1899.

Ambos trabajos son deudores de la presente tesis doctoral la cual partió de la idea de entender otro de los sucesos acaecidos en la revolución- a saber- la organización del gobierno indígena de Peñas en la provincia de Paria, en Oruro, hecho que aún no ha merecido la debida atención historiográfica (Ramiro Condarco es el único que narra los hechos de Peñas pero sin analizarlos.). Prontamente me di cuenta de que esta era una visión muy sesgada de la problemática y que a estas alturas era necesario hacer una reevaluación de la crisis de 1899 en toda su amplitud y con todo el bagaje de documentación que ya tenía sobre el caso de Mohoza. Además, si bien las investigaciones citadas se constituyen en valiosos aportes, a excepción del trabajo de Condarco, hasta la actualidad no se ha elaborado un estudio más amplio del conflicto así como un análisis más profundo del significado de Mohoza y de Peñas con sus similitudes y sus diferencias (Con respecto a Mohoza los únicos trabajos son los realizados por mi persona.). Sin bien no tengo la pretensión de superar la magistral obra de Ramiro Condarco que es y seguirá siendo la referencia básica, lo que me interesa es aportar con nuevos datos y sobre todo con una nueva interpretación y aproximación a los hechos, que como se verá difiere sustancialmente de las Condarco con el cual, sin embargo, me siento en deuda.

El presente estudio consiste en una historia política que pretende explicar y comprender “desde abajo” la participación de los indígenas en la guerra civil de 1899 a partir del análisis de sus pretensiones y estrategias políticas así como de las motivaciones que determinaron su derrota y sus consecuencias posteriores. Como se vio, esta perspectiva teórica y metodológica no es nueva ya que existen muchos trabajos sobre el campesinado o los hoy llamados sectores subalternos que intentan reconstruir una historia “desde abajo” sobre la base de una critica postcolonial que proviene tanto de los historiadores neomarxistas británicos y últimamente de los estudiosos de la subalternidad siendo, en los Andes, el aporte de la etnohistoria la más significativa en este sentido.

Partimos de la premisa de que los indígenas, a pesar de vivir en un contexto poco favorable, fueron sujetos activos de la política nacional siendo capaces de negociar su situación dentro de la República a partir de la legalidad, las alianzas con la élite y con el Estado sin descartar el uso de la violencia para lograr sus objetivos. (Precisamente la idea de sacar a flote las formas de hacer política de los subalternos es uno de los objetivos de los estudiosos de la subalternidad. Esto frente a corrientes históricas tradicionales que no toman en cuenta la importancia de estos sectores.) De esta forma, la investigación, de acuerdo a uno de los principales enunciados de los teóricos de la historia “desde abajo”, nos permite recuperar la centralidad de los sectores mayoritarios siendo la rebelión indígena de 1899 un claro ejemplo de que fue llevada a cabo por sujetos conscientes cuyas metas tuvieron una clara lógica y racionalidad. Todo ello sin descartar las posibles contradicciones y fisuras al interior del movimiento indígena evitando de esta forma su idealización.

Puesto que no se puede conocer bien la actuación indígena sin comprender su relación con el Estado y las élites, entre quienes existió una importante interrelación, el trabajo tratará a nivel metodológico descentrar el análisis a los ámbitos inferiores de la esfera estatal y de la sociedad para poder entender como las comunidades utilizaron diversas estrategias para negociar su situación dentro de la República (La idea es desarrollada por Florencia E. Mallon en su obra Campesino y Nación. La construcción de México y Perú postcolonial, México, CIESAS, El Colegio de Michoacán, El Colegio de San Luis, 2003.). Lo que nos interesa descubrir es la historia de la cultura política indígena autónoma pero sin desligarla de su relación con el Estado, con los niveles regional y local tomando en cuenta las relaciones de dominación a la que estaban sometidos. Así, el afirmar que los indígenas bolivianos, en el siglo XIX, fueron sujetos que tuvieron conciencia política actuando, entablando alianzas, y dialogando con el Estado no quiere decir que se desconozca el hecho de que estos fueron parte de las estrategias de dominación de parte del Estado y de las clases dominantes en un contexto en el que la mentalidad colonial todavía no había desaparecido. Al igual que Gramsci, en quien el grupo de los estudios subalternos se inspira, creemos que estos “están siempre sujetos a la actividad de los grupos que gobiernan, incluso cuando se rebelan y sublevan”. (Los estudios subalternos tienen su origen en la historia desde abajo propuesta hace varios años por historiadores neomarxistas británicos. También tienen clara influencia de las ideas de Gramsci. El término “subalterno” recogido de los trabajos de Gramsci se refiere a una subordinación en términos de clase, casta, genero, raza, lengua y cultura y se utiliza para poner en relieve la centralidad de la relacion dominantes/ dominados en la historia.)

Para Prakash (1997), las élites ejercen dominación pero no hegemonía sobre los sectores subalternos (caso de la India). (El termino hegemonía ha sido desarrollado por Gransci y entendido como el dominio a través de una combinación de coerción y consentimiento.) Mi investigación coincide con este autor en que, a pesar de las interacciones evidentes que existieron entre los indígenas, el Estado y los demás sectores sociales, éstas fueron parte de relaciones de dominación aunque no de hegemonía. (Gyan Prakash. “Los estudios de la subalternidad como critica postcolonial”. En: Silvia Rivera y Rossana Barragán (comp). Debates postcoloniales. Una introducción a los estudios de la subalternidad. La Paz, Ediciones Aruwiyiri, Shepis, Coordinadora de Historia, 1997.) ¿Cómo se explica esto? Sin desmerecer la importancia que la ideología liberal y los intentos de modernización del Estado tuvieron en el imaginario de la élite creemos que la ideología liberal no terminó de penetrar ni en la propia élite que la defendía y menos aún en las comunidades indígenas debido a que, en una suerte de esquizofrenia social, la élite y los habitantes urbanos deseaba emular las ideas y el comportamiento europeo pero sin renunciar a pautas de comportamiento de origen colonial, tanto en su vida cotidiana, como en las prácticas de dominación de los sectores subalternos. En este sentido concordamos con Silvia Rivera (1993) quien afirma que la sociedad boliviana reviste una singular complejidad ya que está definida por una difícil articulación entre horizontes diversos del pasado pre-hispánico, colonial y liberal. (Silvia Rivera Cusicanqui. “La raíz: Colonizadores y colonizados”. En Xavier Albo y Raúl Barrios (coordinadores) Violencias encubiertas en Bolivia. Cultura y Política Tomo I. La Paz, Ediciones CIPCA, Aruwiyiri, 1993. Al horizonte prehispánico, colonial y liberal la autora le añade el horizonte populista de 1952 para analizar la sociedad actual.)

Asimismo coincidimos con Seemin Qayum (2002) quien cree que el enfatizar en el análisis de la élite como determinante del comportamiento de los subalternos, se exagera “el poder del discurso liberal y la capacidad hegemónica del liberalismo de absorber y funcionalizar la expresión política indígena y popular, y se minimiza las estructuras duraderas y coloniales de la dominación y la subordinación racial y de clase”. La autora añade que: “tampoco se puede limitar la conceptualizacion de la agenda subalterna a un proceso de conquista de los derechos civiles en una esfera pública liberal. La apropiación indígena, por ejemplo, de las formas discursivas, como un medio para defender a la comunidad y el territorio, no necesariamente implicaba una retórica de la democracia y la ciudadanía, sino el empleo de nuevas armas en viejas batallas” (Esta crítica se aplica tanto a los trabajos de Irurozqui como de Kuenzli. Ver: Seemin Qayum Creople Imaginings: Race, Space, and the making of Republican Bolivia. 2002, Tesis doctoral inédita Goldsmiths College. University of London, Londres.)

Ahora bien, estudiar a los sectores subalternos y su discurso requiere de cierta cautela puesto que las fuentes de las que dependen los historiadores son en su mayoría testimonios oficiales creados por el poder político y, por lo tanto, se mediatiza la voz de los indígenas a través del léxico oficial. Conscientes de la dificultad de entender lo que los indígenas pensaban y discutían en sus ámbitos privados creemos que, a pesar de ello, existe la posibilidad de leer entre líneas lo que estos pretendían a partir de estos documentos. A pesar de que la documentación oficial esta escrita en castellano, lo cual facilita las distorsiones, no hay que olvidar que estos fueron emitidos en su gran mayoría por jueces parroquiales de orden rural quienes compartían, de alguna manera, fuertes influencias del pensamiento andino y conocían muy bien el idioma y la idiosincrasia aymara. Por lo tanto, con un cuidadoso análisis, podemos desentrañar lo que querían decir los indígenas en el contexto profundamente aymarizado del medio rural y pueblerino boliviano.

Si bien la tesis pretende ser una historia desde abajo esto no quiere decir que se descuide un aspecto muy importante relacionado al discurso ideológico que “desde arriba” la élite construyó sobre los sectores subalternos. (Laclau (1979) establece una identificación total entre lo ideológico y lo discursivo de manera tal que la ideología no es otra cosa que la producción misma de sentido. El discurso sería entonces el vehículo de la ideología. Citado por René Antonio Mayorga: Teoría como reflexión crítica. La Paz, CEBEM-HISBOL, 1990. pp. 136.) Al no poder desligarse lo ideológico de lo discursivo consideramos de mucha importancia complementar nuestro análisis con los discursos que, a lo largo del tiempo, constituyeron la ideología de los grupos gobernantes con respecto al problema del indio y a como, dadas sus características, debían enfrentar el proceso de una posible inclusión ciudadana condicionada a la imagen y semejanza de los sectores dominantes. Es por ello que atravesando una trama que enfatiza en las actividades políticas de los indígenas, el trabajo intenta también analizar el pensamiento que la élite tenía con respecto a este sector antes y después de 1899.

Con respecto a las causas y factores que provocaron el desenlace trágico de 1899 el trabajo entiende que este acontecimiento fue parte de una gran “crisis” de Estado provocado por varios motivos interrelacionados. Según Zavaleta (1986) “es razonable concebir la crisis como un instante anómalo en la vida de una sociedad, y eso querría decir una hora en que las cosas no son presentes como son lo cotidiano sino como son de verdad” (René Zavaleta. Lo nacional popular en Bolivia. México, Editorial siglo XXI, 1986.). Con otras palabras, Luis Tapia (2002) afirma que en las crisis “se quiebra la superficie de homogeneización cognitiva y cultural dominante y aparece la diversidad social (Luis Tapia. La condición multisocietal: multicurturalidad, pluralismo, modernidad. La Paz, Ed. Muela del Diablo, 2002. pp. 71.). La crisis de 1899 sería, entonces, el momento de la verdad en la que una sumatoria de contradicciones económicas, políticas y étnicas no resueltas desde la creación de la República se hace visibles provocando fenómenos como los de Mohoza y Peñas.

Como vimos, entre los principales conflictos que generaron tensión se encuentra el problema regional determinado por la crisis de la plata en el sur y el auge del estaño en el norte. Esto tuvo como consecuencia el traslado del poder económico y político hacia el norte y producto de ello es que la élite paceña reivindique el poder detentado por los mineros de la plata por casi 20 años apelando a un cambio del modelo estatal centralista del sur. Sostenemos como hipótesis que, en momentos de crisis estatal, surgen discursos descentralizadores y federales como respuesta de las regiones. En casi todos los estudios sobre el tema, el federalismo ha sido tomado como algo subyacente al problema económico y regional y como una excusa de última hora propiciada por los paceños para reclamar el poder. Sin embargo, coincidimos con la idea de Gustavo Rodríguez (1993) en que los acontecimientos de 1899 responden también a la necesidad de las diferentes regiones de una reforma estatal que apelando al federalismo y a la descentralización, exigían la democratización del poder centrado en el sur.

En este sentido y orientando nuestro análisis hacia abajo, el trabajo sostiene que el federalismo no fue una excusa circunstancial sino un discurso vigoroso, no sólo en el seno de la élite intelectual residente en las ciudades. Se puede comprobar su asidero en las pretensiones de los poderes locales a partir de los municipios tanto urbanos como rurales donde el partido liberal tenía mucha influencia. El discurso federal fue, por lo tanto, el que articuló las demandas en torno a una posible reforma del Estado centralista.

Un segundo punto que se desprende de la crisis de 1899 es la lucha entre liberales y conservadores. Si bien en gran parte de los trabajos analizados se intuye las diferencias entre ambos partidos (aristócratas del sur contra burguesía mestiza ascendente etc.) todos llegan a la conclusión de que ambos eran básicamente lo mismo. Incluso Irurozqui (1994 al abordar el tema de la élite sustenta la idea de la remodelación de la élite llegando, por otras vías a la misma conclusión; es decir, los liberales y los conservadores son vistos como parte de una misma élite de poder que no hace sino reconfigurarse a partir de una lucha interpartidaria. En contraposición a estas posiciones el trabajo afirma que el partido liberal, no obstante de las convergencias ideológicas con el partido conservador, en cuanto a la ideología liberal se refiere, fue en los hechos un partido de corte populista que apelo a los distintos grupos sociales con un discurso inclusivo definiendo al partido contrario como un partido de aristócratas versus un partido identificado con el “pueblo”. Partiendo del federalismo los liberales lograron construir un amplio movimiento social y popular que integró a amplios sectores de la población, incluidos los indígenas. A ello se añade las denuncias de cohecho y fraude electoral, los permanentes exilios de los miembros del partido liberal, la crítica que se hizo sobre la chilenización de la élite sureña, los halagos a las clases artesanas y trabajadoras, y las promesas de restitución de tierras a los indígenas, entre otros aspectos que hicieron que el partido liberal tuviera el apoyo de grandes sectores de la población. La confluencia de varios sectores de la sociedad en la conformación del partido liberal hace que la lucha no sea interelitaria como postula Irurozqui (1994) sino una lucha entre élites de diversas características tanto culturales como programáticas. El hecho de que más tarde ambas élites se unieran en un pacto oligárquico es parte de la coyuntura política de 1899 y sus consecuencias.

Un tercer punto que interesa analizar dentro del contexto de la crisis de 1899, y que se halla ligado a lo anteriormente dicho, es el de cómo funcionaba la política de las calles tanto en el área urbana como rural. Aquí es importante resaltar que si bien después de la Guerra del Pacifico (1879-1881) y de la Convención Nacional (1880) se inicia un nuevo periodo en la política boliviana basado en la lucha partidaria y en las elecciones, la pautas caudillistas de hacer política no desaparecen. A pesar de la nueva institucionalidad sostenemos como hipótesis que debido a las constantes elecciones arranca una fase de intensa lucha entre partidos en la cual las pautas caudillistas, lejos de desaparecer, se institucionalizan. De esta manera, los partidos seguían poniendo énfasis en los lideres carismáticos y en las redes clientelares y de compadrazgo que funcionaron, al igual que en el periodo caudillista, en todos los niveles de la esfera pública. Importantes redes de clientelas basadas en una visión patrimonial de la política funcionaron en el ámbito urbano y rural fomentadas por los miembros de los municipios de los clubes partidarios haciendo posible la incorporación de la población indígena en la política, aunque de manera subordinada. Las luchas políticas dentro de los pueblos serán tomadas en cuenta en el análisis para ilustrar como se realizaba la política en el área rural.

Sin duda el elemento más importante dentro de la crisis de 1899 fue la participación de las comunidades indígenas logrando que el partido liberal alcanzara el poder. Con respecto a los fines y objetivos de la sublevación indígena, la propuesta de mi investigación considera que la lucha por la tierra y el territorio fue el motivo más importante para que los indígenas se vean involucrados en esta rebelión en alianza con el partido liberal con la finalidad de derrocar conjuntamente al gobierno conservador del sur. El conflicto por la tierra surge a raíz de dos visiones encontradas en torno al acceso indígena a la tierra. Una es la visión liberal de corte modernizante que, desde el Estado, pretendía la abolición de la comunidad y del tributo por ser considerados como resabios de la época colonial. La otra visión es la de las comunidades que defendían su status corporativo y el acceso a las tierras manteniendo la situación que les había asegurado el régimen colonial. Este status corporativo no sólo era defendido por las comunidades sino por las élites provinciales que dependían del tributo y de las formas de dominación coloniales. La hipótesis principal del trabajo plantea que los indígenas lucharon por la defensa de la comunidad como un ente corporativo de base territorial y por lo que Tristán Platt (1982) ha denominado un pacto de reciprocidad con el Estado a partir del cual el Estados garantizaría su acceso a la tierra a cambio de la cesión de una parte de su trabajo mediante el tributo y las prestaciones personales. Las investigaciones de Platt se limitan al norte de Potosí, sin embargo, el aporte de este trabajo se encuentra en el hecho de que se puede confirmar lo aseverado por este autor para el resto del altiplano boliviano y como el motivo principal de la rebelión de 1899.

En cuanto a los supuestos del pacto, historiadores como Heraclio Bonilla (1991) en el Perú sostienen que las evidencias que se ofrecen para su sustento resultan insuficientes ya que se trataría, más bien, de una elaboración académica que traduce la visión o la ilusión de los autores. Recientes trabajos realizados para el caso peruano en el siglo XIX consideran, con menor drasticidad que Bonilla, que las limitaciones en las evidencias empíricas sobre la hipótesis del pacto en el caso peruano son insuficientes. Tal es el caso de Cecilia Méndez (1994) quien en sus estudios sobre la zona de Ayacucho a principios de la República, argumenta que los indígenas hicieron de la resistencia al tributo uno de los mayores motivos de su lucha. Al respecto, Mark Thurner (1997) dice que la abolición del cacicazgo, entre otras razones que erosionaron el pacto colonial, impide hablar de su continuidad en el caso de Huaylas-Anchash. Dentro del contexto de la historiografía boliviana, aunque casi todos los estudiosos concuerdan en mayor o menor grado con la idea del pacto, Silvia Rivera así como investigadores con tendencias indigenistas no se refieren a un pacto de reciprocidad sino a una “tregua pactada” bajo la premisa de que no puede haber un pacto entre desiguales (Heraclio Bonilla. Los andes en la encrucijada. Indios, comunidades y Estado en el siglo XIX. Quito, Ediciones Librimundo, 1991; Cecilia Méndez, “Pactos sin tributo: caudillos y campesinos en el nacimiento de la República. Ayacucho 1825-1850”, En: Barragán et al. El siglo XIX. Bolivia y América Latina. La Paz, IFEA, Coordinadora de Historia, 1994; Mark Thurner From two republics to one divided, Duke University Press, 1997.Charla al respecto con el historiador aymara Roberto Choque, La Paz, 2005.). De todas formas, el pacto colonial, en el caso de Bolivia en el siglo XIX, parece ser real ya que por razones que están relacionadas a una mayor cohesión e integridad de las comunidades y a la necesidad de los gobiernos de los montos del tributo la importancia del pacto es evidente durante todo el siglo XIX, razón por la cual la vigencia de éste fue más duradera que en el caso del Perú.

Los indígenas pelearon por la defensa de sus tierras y, por ende, del pacto colonial de varias formas, desde la resistencia pacífica, la lucha legal, las alianzas hasta la conjura armada. Sin embargo, uno de los medios más utilizados tuvo que ver con una intensa y persistente lucha legal por la vía de los pleitos judiciales realizados en los juzgados y llevados a cabo por la sui-generis figura del apoderado indígena. En este contexto, planteamos como hipótesis que la aparición de un importante grupo de apoderados indígenas logró articular las demandas de las comunidades en torno a la reivindicación de la tierra a su vez que se transformaron en una especie de líderes bisagra entre las comunidades y el Estado convirtiéndose en gestores políticos que luchaban en los juzgados en contra de las leyes expoliatorias y por la recuperación de los títulos coloniales que demostraran su derecho a la tierra. El tema de los apoderados ha sido muy poco estudiado para el siglo XIX siendo este uno de los aportes más importantes de la investigación (El tema ha sido abordado por Marie Danielle Demélas en su articulo titulado: “Sobre jefes legítimos y vagos” Revista Historia y Cultura Nro 8. La Paz, Sociedad Boliviana de la Historia 1985 y Esteban Ticona Alejo “Algunos antecedentes de organización y participación india en la Revolución Federal. En: Temas sociales. Revista de Sociología Nro 14 . La Paz, UMSA, 1989. Maria Luisa Soux. Autoridad, Poder y Redes Sociales entre la colonia y la Republica. Laja 1800-1850. Universidad Intenacional de Andalucía, La Rábida, 1999. Inédita. Ninguno de estos trabajos logra visualizar la importancia de los apoderados a través del tiempo.).

Otra hipótesis que orienta mi análisis esta relacionada con el uso que hacen los apoderados del tema de la memoria histórica. A partir de la utilización de los documentos coloniales y el rescate de una memoria de larga duración los indígenas insistieron en una nostalgia por el “tiempo inmemorial” representado por el antiguo régimen y la antigua separación entre la República de Indios y la República de Españoles por la cual cada estamento de la sociedad se encontraba en “su lugar”. En este sentido, lo que hacen las leyes liberales es trastrocar el orden social al que estaban acostumbrados los indígenas profundizando las divisiones ya existentes en su seno y quebrando la relación pactada con el Estado en una suerte de dos tiempos que se hallaban en pugna. Además, el uso de la memoria, mediante la lucha legal en los juzgados no sólo les hizo consientes de su identidad grupal como indios sino que tenía como finalidad el mantenimiento de las comunidades como entes corporativos y autogestionarios dentro de una República liberal a la cual no desconocían.

La organización del movimiento de los apoderados provocó una intensa lucha jurídica por recuperar sus tierras y promovió su paulatina politización y participación en la política nacional Los apoderados aprovecharon las oportunidades que los quiebres en el seno de la élite les ofrecía para decidir a quienes o no apoyar para lograr sus fines. Al supeditar sus reinvidicaciones a los conflictos entre las élites, las comunidades pusieron en práctica una sagaz visión de oportunidad política considerando que como un colectivo que actúa en solitario tendrían pocas posibilidades de éxito.

Estas relaciones estaban mediatizadas por los miembros de los poderes locales, los vecinos de los pueblos y los partidos políticos que fueron los principales articuladores entre el mundo rural y urbano a través de relaciones de origen colonial como el compadrazgo, el clientelaje político y las relaciones de reciprocidad. Es por esta razón que no se puede entender la alianza entre los indígenas y el partido liberal sin la participación de los habitantes de los pueblos rurales; aspecto de suma importancia que ha sido sugerido por los trabajos de Irurozqui (1994), de Larson (2003) y Platt (1982) pero que no ha sido bien desarrollado por la historiográfica para el caso del conflicto de 1899. Dado el actual estado de la investigación mi trabajo pretende llenar el vació existente respecto a las interrelaciones entre indígenas, poder local y el partido liberal así como el comportamiento político de las provincias en las que el indígena fue un actor de suma importancia. Aportes como el de Florencia Mallon (2003), que analiza la participación indígena en el siglo XIX en una interesante investigación que compara los casos de México y el Perú, se refieren también a indígenas que entablan alianzas y son protagonistas de hechos históricos de importancia para la nación. Por consiguiente el caso boliviano, si bien tiene sus particularidades, no es el único. (Mallon, 2003, pp. 31